“Caso” Williamson: ¿Extorsión judía contra la IGLESIA?

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Estamos acostumbrados a llamar “antisemitismo” cualquier crítica a los judíos… pero nadie llama “anticristianismo” cualquier crítica a la Iglesia Católica.  Hay que desconfiar de cualquier “anti….”, pues lo que da sentido a la vida y a un ideal es una actitud positiva. Lo importante es lo que defendemos y esa defensa nos hará des¡cubrir quienes son  nuestros enemigos.

A fin de clarificar las declaraciones de  Monseñor Williamson que fueron objeto de graves críticas por parte de organizaciones judias es interesante conocer el análisis de un conocido pensador católico, Antonio Caponnetto, que sido publicado en el blog  Cabildo:

I. La defensa del Papa

No desconocemos los esfuerzos del Papa Benedicto XVI en orden a lo que podríamos llamar —algo simplificadamente— el afán restaurador de la Tradición. Desde sus tiempos de Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe que viene dando concretos testimonios de este anhelo, estampado incluso en algunos hechos relevantes de los que muy pocos tomaron debida nota, como los sendos y magníficos prólogos a las dos obras del liturgista alemán Monseñor Klaus Gamber, traducidas al castellano como ¡Vueltos hacia el Señor! y La reforma de la liturgia romana. Esto sin contar su propia obra como liturgo, reseñada en su notable libro El espíritu de la liturgia.

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II. La disolvente ambigüedad continúa

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En menguadísima síntesis, y con dolor filial, limitaremos a dos estas penosas dificultades del pontificado de Benedicto XVI.
Por un lado, es dable constatar la continuación de los errores y de las confusiones doctrinales que parecen haber ganado desgarradora carta de ciudadanía en la Iglesia de las últimas cuatro décadas.
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Pídasenos un ejemplo reciente de lo que decimos y mencionaremos (…)
la aceptación de una laicidad de los Estados, formalmente pregonada en Francia, en el año 2008. Avanzando así por la misma y desubicada línea que lo hiciera su antecesor Juan Pablo II, cuando en la Carta a los Obispos Franceses del 12 de febrero de 2005, ponderó la ley de 1905 de separación de la Iglesia y del Estado. La misma que había condenado San Pío X en la Vehementer nos.
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Todavía no entendemos a quienes ante la vista de estos desaciertos que inducen frecuentemente al error —sea que se determinen por afirmación expresa o por anfibología— deciden hacer de cuenta que no existen, mirar hacia otro rumbo, minimizar su gravedad, o lo que es más grave, denostar a quienes se atreven a protestarlos bajo el cargo de que escandalizan o desobedecen al Santo Padre. Como si atacar los errores fuera atacar la autoridad per se. Como si ya no rigiera la enseñanza de San Gregorio Magno, estampada en sus Homilías sobre la profecía de Ezequiel: “cuando alguien se escandaliza de la Verdad, más vale consentir el escándalo que no el abandonar la Verdad”.

III. La debilidad del mando

De dos inconvenientes penosos hablábamos arriba para caracterizar el pontificado de Benedicto XVI. Quede lacónicamente señalado el primero con lo antedicho. Pero al segundo llamaremos lisa y llanamente debilidad y cesión ante las injustísimas presiones de los enemigos de la Iglesia. Si en este terreno bastara también con un ejemplo, recordaríamos la serie de episodios y de reacciones que protagonizó después de su famoso discurso en la Universidad de Ratisbona, el 12 de septiembre de 2006.

El discurso, por cierto, tuvo la erudición y la lumbre a las que ya nos tiene acostumbrados el Pontífice. También, lamentablemente, tuvo sus sombras, como reprobar indistintamente toda defensa de la verdad por la espada o guerra justa al descalificar el concepto mahometano de yihad. Pero desatada sobreactuadamente la cólera de los mahometanos por aquella pieza académica, y alimentada dicha cólera por el aparato modernista internacional y la inquina multimediática, la reacción del Pontífice fue el repliegue, la explicación indebida, la rápida contemporización con el mundo islámico, los súbitos pedidos de disculpa, las increíbles majaderías dirigidas a gobernantes y teólogos de los países árabes, y un sinfín de salvedades lamentables que debieron haberse evitado. Mientras los mahometanos dieron señales de desproporcionado encono —sin que faltaran los asesinatos de inocentes— en la Santa Sede se prefirió la orfebrería del efugio y de la elipsis, del aplacamiento de los enunciados taxativos para diluir cuanto antes los efectos de aquella importante pieza académica leída en la Universidad de Ratisbona.
Cuando lo mismo sucede ante las presiones judaicas —todas ellas fabricadas insidiosamente y sin motivos— las debilidades suelen ser todavía más lamentables y estridentes. Más lamentables porque es la misma doctrina sobre el fariseísmo judaico y sobre el deicidio la que entonces resulta escamoteada. Más estridente porque si Israel moviliza a todo el mundo a su favor, monopolizando el carácter de víctima, a todo ese mundo mentiroso, obsecuente y abyecto se dirigen también los incesantes pedidos de perdón. No es imposible ver en estas conductas otras tantas manifestaciones del temor mundano o del temor servil, cifrado en los respetos humanos, y que Santo Tomás reprobara como encarnaduras posibles de cobardía (Cfr. S.Th, II, II, q.19,a.1).

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IV. El deber de los súbditos y la papolatría

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No somos tan temerarios como para andar diciendo —a secas y sin más— que el Papa es un pecador; y si eso se entendió y en eso hay ofensa estamos prontos a retirarla. Conocemos el principio “de internis non iudicat Ecclesia”, y en su cumplimiento, ninguna intención osaríamos juzgar. “De adentro del corazón salen las intenciones malas”, enseña el Señor (Mt. 15, 19-20). Y adentro del corazón de nadie estamos. Tanto menos en el del Vicario de Cristo.
Pero es posible distinguir con Santo Tomás (S. Th, III, q. 96, a. 4) entre el fuero interno y el fuero externo, siendo el primero aquel en el que habitan esas intenciones no sujetas a ningún juicio humano, y el segundo el de las acciones públicas, visibles, evidentes. Si el primero refugia las disposiciones interiores, la comúnmente llamada vida privada, y es el fuero de Dios (forum Dei), el otro expresa las acciones y las reacciones públicas, es el forum ecclesiæ y puede llegar a ser también, de existir dolo, el forum iudiciale. De allí que una acción o una reacción pontificia pública —como la que sucedió y sigue sucediendo respecto de la insolencia judía con ocasión del “caso Williamson”, por no mentar otros muchos casos— pueda ser descalificada por pusilánime e impregnada de temor servil y mundano, o de respetos humanos reñidos con la virtud de la fortaleza. De hecho, y si se repasan los titulares de los grandes medios, sin excluir L’Osservatore Romano, es común que de “movidas por el temor a irritar a los judíos” se tilden estas acciones y reacciones romanas. Aunque para el mundo que así ofrece las noticias, ese temor se les antoje sacro y ponderable. No lo es, porque remoza aquel miedo a los judíos que tenían los apóstoles antes de la llegada del Espíritu (Jn. 20, 19). Pero el Espíritu Santo ha llegado, y no nos es lícito vivir como si Pentecostés no hubiera sucedido.
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Bueno será recordar o saber, que Benedicto XVI, en la Audiencia General del miércoles 1º de octubre de 2008, y a propósito justamente de esta famosa Controversia de Antioquía, hizo el elogio de San Pablo y de su “libertad interior”, de sus “encendidas reacciones” con las que “llegó a acusar a Pedro y a los demás de hipocresía”, pues “este comportamiento [el de Pedro] “amenazaba realmente la unidad y la libertad de la Iglesia”.
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En su obra Las parábolas de Cristo, específicamente en el capítulo 52, analizando la “Parábola de las puertas de la polis”, el Padre Leonardo Castellani vuelve a decir lo que es justo sobre tan espinosa cuestión. “No es necesario para el gobierno de la Iglesia, y la guarda de la Revelación, que el hombre Pedro, o el hombre Pío, o el hombre Juan, sean puros e inmaculados, aunque sea deseable. Pedro representa a Cristo y está en lugar de Cristo; y cuando reconoce, confiesa, profesa y proclama a Cristo, habla con la voz de Dios; pero el mismo Pedro como persona privada, hablando por sus fuerzas naturales y con su entendimiento humano, puede decir y hacer cosas indignas, escandalosas e incluso satánicas. Existen entre nosotros fulanos que piensan es devoción al Sumo Pontificado decir que el Papa «gloriosamente reinante» en cualquier tiempo «es un santo y un sabio», «ese santazo que tenemos de Papa», aunque no sepan un comino de su persona. Eso es fetichismo africano, es mentir sencillamente a veces, es ridículo; y nos vuelve la irrisión de los infieles: lo que cumple es obedecer al Papa y respetarlo en cualquier caso, como Pontífice; y amarlo como persona, cuando merece ser amado. Los defectos y los pecados personales son pasajeros; la función social del Monarca Eclesiástico es permanente”.

Y en “San Agustín y nosotros”, publicada largos años tras su muerte, en Mendoza, hacia el 2000, sigue Castellani especificando el candente tema: “El Papa es infalible, pero no en todo. Cuando declara solemnemente las cosas de la Fe, cosa que hace pocas veces, por cierto. Pero pretender como hace muchísima gente aquí que todos los Papas o tal Papa particular son maravillas de inteligencia y de rectitud, hasta llegar a renunciar al propio sentido moral, cerrar los ojos ante un error y una iniquidad manifiesta, y dar como anticatólico, o poco católico, o no católico al que no puede cerrar los ojos así, al que no puede renunciar a su sentido moral, eso es inventar un nuevo dogma, eso es rendirse a una superstición, eso es morar en plena exterioridad […] En otros tiempos, cuando el Papa se equivocaba, los santos de aquel tiempo le decían tranquilamente: «Non lo sapevate un corno», y el Papa mismo rogaba que se lo dijeran. Había más caridad. Había comunión”.
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V. La mayor mentira de la mentira del Holocausto

A pesar de que lleva largo tiempo el alboroto inicuo armado ex profeso por el aparato judeo-modernista internacional contra las razonables declaraciones de Monseñor Richard Williamson, todavía no terminan de inteligir los católicos la verdadera gravedad de sostener la versión oficial del Holocausto. Incluso —y con pesar lo decimos— no terminan de entenderlo ciertos intelectuales católicos de orientación tradicionalista. A muchos de ellos el fastidio que les suscita la sola mención del Nacionalsocialismo, y la posibilidad siquiera indirecta de que puedan quedar defendiéndolo, les impide ver la profundidad del mal que se está consumando ante nuestra vista.

Porque esta versión oficial del Holocausto, que desde antes del pontificado de Benedicto XVI ya Roma se había decidido a sostener y a preservar, y que ahora ha cuasi dogmatizado, no contiene sólo una inadmisible fábula histórica sino una horrenda falsificación teológica. El mito de la Shoah no es principalmente inaudito porque se adulteren las cifras de los homicidios, las causas de las muertes o las condiciones edilicias de los campos de concentración. No radica su nocividad en hacer pasar por gases humanamente letales los desinfectantes del tifus, o en montar hornos crematorios después del triunfo aliado, o en trucar fotos, cifras, testimonios, juicios y acontecimientos. Ni siquiera es su peor culpa haber hecho un negocio multimillonario de esta mentira, como lo probó el judío Norman Finkelstein en su libro La industria del Holocausto. Todo esto y tantísimo más, describen la faz histórica, política y económica de este embuste basal del siglo XX, asegurado por los verdugos inmisericordes de Nüremberg y sellado en las tenidas torvas de Yalta y de Potsdam. Y todo esto, claro, estará bien que se dirima en el ámbito de los estudios historiográficos, distante si se quiere de las cuestiones de Fe.

Pero todavía hay algo mucho más tenebroso, y es la teología judaica sobre el Holocausto. Una teología dogmática que enseñan y hacen suya las más renombradas agrupaciones hebreas que suelen tener ahora libre acceso al Vaticano, o viceversa, que suelen dar hospedaje al Santo Padre. Según esta teología, Israel, no Cristo, es el Cordero Inmolado. Perseguido durante siglos y ofreciéndose en sacrificio permanentemente, alcanza el punto culminante de su ofrenda cuando muere masivamente bajo las tropelías del Tercer Reich. Tropelías antisemitas que, en esta cosmovisión mesiánica del Israel carnal, no tendrían sino como fundamento último las mismas enseñanzas católicas que durante siglos y siglos habrían predicado la culpabilidad hebrea en la muerte de Cristo. Al nazismo se llega por culpa del cristianismo; y bajo el nazismo la oblación mesiánica de Israel alcanza su punto culminante. Cristo es el gran destronado de su trono de Víctima, y acusados sus seguidores de instigación secular al antisemitismo, colócase en ese trono sangrante el mismo Israel. Del Gólgota ya no pende Aquel cuya sangre pidieron un día que cayera sobre sus testas impías y las de sus propios hijos. Pende sacrílegamente la mano y la mente, el puño y la inteligencia de aquellos que fraguaron la crucifixión del Redentor.

Parodia endemoniada de la economía de la salvación, caricatura infernal del genuino mesianismo, subversión radical del sentido de la Historia de clara inspiración cabalística, esta versión teológica del Holocausto es la que debe saber todo católico honrado que está adquiriendo cada vez que le hacen creer que “quien niega la Shoah no conoce el misterio de Dios ni de la Cruz de Cristo”. Palabras insensatas pronunciadas el 30 de enero por el Padre Federico Lombardi, Director de la Oficina de Información de la Santa Sede y que, lamentablemente, no fueron desmentidas ni enmendadas.

Es por este carácter paródico y endemoniado del mesianismo de Israel, que sus principales ideólogos monopolizan la denominación de holocausto para lo sucedido durante la Segunda Guerra Mundial, no permitiendo que el término se use para los cien millones de cristianos masacrados por el Comunismo a lo largo de la casi totalidad del siglo XX, porque es bien sabido que la dirigencia comunista responsable de este martirio colectivo ha sido y fue en su casi totalidad de origen hebreo.

Y es porque este carácter paródico del mesianismo debe quedar asegurado universalmente, que la teología dogmática judía elabora o promueve en abundancia obras como las de Yad Vashem (Jerusalém), M. Polakoff (Iom HaShoá VeHagvurá. Un manual para el recuerdo), Isajar Moshé Teijtel (Alegre madre de hijos), Pasión intacta, de George Steiner, Breviario del Odio, de León Poliakov —con su prólogo meaculpista del cristiano Francois Mauriac—, The destruction of the European Jews, de Raul Hilberg o la de Gustavo D. Perednik, Teología del holocausto, que con interés y provecho puede consultarse digitalmente (http://www.monografias.com/trabajos28/teologiaholocausto/teologia holocausto.shtm).

Precisamente en este ensayo dice Perednik, glosando a otros exégetas hebreos, que el capítulo 53 de Isaías, llamado Del Siervo del Eterno, no sería una prefiguración de la Crucifixión de Jesucristo, sino “que puede ser entendido perfectamente como una referencia al Holocausto”, pues en él “los sufrimientos son purificadores en dos sentidos: en lo personal y en un plano social” […] Aquí cabe evocar al filósofo que se basó precisamente en Isaías 53 para fundamentar su teología del Holocausto. Para Ignaz Maybaum, el judío sufre a fin de despertar la conciencia del mundo gentil que es su victimario. A partir del martirio judío, la humanidad entera, por reflejo, ahonda su búsqueda en la senda del bien […] “Mira:yo pongo hoy delante de ti la vida y la bendición, la muerte y la maldición”, concluye por decirnos la Torá. Berkovits, sostenedor de esta idea, agregará que en el tema del Holocausto, el contraste histórico es claro: “desde los humos de Treblinka, irrumpe el Estado de Israel. Lo que Berkovitz denominaría, después del horror, «la sonrisa suficiente». El retorno a Sión da el significado a la historia judía”.

Pero ni este texto representativo ni este artículo agotan lo que cabría saber al respecto. La nómina de expositores de este paródico mesianismo, se engrosaría si incluyéramos en ella a ciertos autores protestantes, como Robert McAfee Brown, o sedicentemente católicos como Harry James Cargas, mucho más entitativo, audaz y heterodoxo que el vocero vaticano Lombardi.

VI. La Iglesia debe pensar católicamente

Si se nos ha seguido benévolamente hasta aquí, con especial énfasis en la lectura del parágrafo anterior, un par de necesarias conclusiones podríamos ir elaborando.

La primera es que la Iglesia no puede asumir como propia la versión oficial sobre el Holocausto, ni mucho menos dotarla de la intangibilidad que se pretende.

Tiene esta versión un cúmulo inagotable de mentiras a designio, fruto principalmente de las llamadas “campañas de desnazificación”, con sus tribunales fiscalizadores, sus lavados de cerebro colectivos y sus programas de reeducación, cuya parcialidad antialemana y aliadófila jamás disimularon. Terminada la guerra, en el Bundesland de Baden-Württemberg se publicó sin rubores: “No debe ser dicho nada favorable sobre el Tercer Reich, y no debe ser dicho nada desfavorable sobre los aliados”. Y en 1960, el Presidente de Alemania Federal, Heinrich Lübke, hablando de “los textos escolares” referidos “al lapso histórico alemán de 1933 a 1945”, solicitó expresamente que trasmitieran “aborrecimiento por el Tercer Reich”.

Con sublevante patetismo se advierte que nadie pide estudiar la verdad histórica, investigar serenamente, escudriñar las fuentes, cotejar testimonios, fatigar archivos. Ningún rebelde librepensador se atreve al llegar aquí a pensar libremente. Lo que se pide es instalar de modo unánime y sacramental el pensamiento único elaborado por Israel. Ardid inmoral y escandaloso que viene siendo elaborado perseverantemente desde el infame juicio de Nüremberg, cuyas aberraciones de toda índole jamás se quieren mencionar. Empezando por la que señala Carlos Whitlock Porter en su Not guilty at Nuremberg: se desecharon sin escrúpulos las 312.022 declaraciones notariales presentadas por la defensa, se aceptaron como moneda de buena ley, en cambio, las 8 ó 9 declaraciones presentadas por la fiscalía. Mención aparte significaría recordar la nómina de atentados judíos —algunos de ellos mortales— contra autores e instituciones dedicadas a la revisión histórica. Por probar este aserto, el 3 de enero de 1996, el embajador de Israel en la Argentina, Israel Avirán, ordenó la captura y el secuestro de la revista “Memoria” que entonces editábamos con un puñado de amigos.

El Santo Padre, precisamente por su doble condición de patriota alemán y de intelectual destacadísimo, debe ser la persona indicada para advertir que esta versión ruinosa y ficta no puede ser asumida por la Iglesia. Entiéndase bien: no se trata de exigirle a Roma que avale una determinada escuela historiográfica en contra de otra, ni de que tome partido por el revisionismo u otorgue rango de definición ex cathedra a los asuntos meramente terrenos. Pero se trata sí, de rogarle con insistencia que busque celosamente la verdad del pasado, que promueva esa búsqueda con empeño y sabiduría, que apoye a los estudiosos serios y veraces, desdeñando interpretaciones facciosas, preñadas de adulteraciones y de embustes de grueso calibre. Se trata, en suma, de tener bien presente, que el último dogma fue el de la Asunción de María Santísima.

No podemos conformarnos cada vez con menos, que es una de las definiciones de la tibieza; ni podemos tampoco aceptar la necesidad del doble discurso como constitutivo ineludible de las relaciones diplomáticas. Cierto es que el grueso de las sociedades vive bajo las falacias de la virtualidad y bajo el sometimiento de esos ídolos que supo describir Bacon. Cierto que al amparo de esos ídolos, que entenebrecen la realidad, pocos y cada vez menos son los que distinguen lo que las cosas son, como gustaba decir Gilson. Y cierto al fin, si se quiere, que no le corresponde al Pontífice hacer de historiador, ni andar dirimiendo sobre el Zyklon B o los alambrados de púas en Auschwitz. Pero si ya no hemos de pedirle al Vicario de Cristo que combata a los hijos de las tinieblas, y bregue por la Verdad en la totalidad de sus manifestaciones, ¿a quién entonces deberíamos acudir los católicos?

En su confortadora encíclica Spe Salvi, Su Santidad Benedicto XVI memora un texto del Sermón 340 de San Agustín, que parece contener toda una respuesta al dilema que estamos planteando. Explica allí el de Hipona que una misión se ha impuesto: “corregir a los indisciplinados, confortar a los pusilánimes, sostener a los débiles, refutar a los adversarios, guardarse de los insidiosos, instruir a los ignorantes, estimular a los indolentes, aplacar a los soberbios, apaciguar a los pendencieros, ayudar a los pobres, liberar a los oprimidos, mostrar aprobación a los buenos”. Todo un programa para estas cruciales circunstancias.

Pero además, y como quedó dicho, existe otra razón superior para que la Iglesia rechace enfáticamente la versión oficial del Holocausto, y es que tras la misma asoma una teología dogmática judía groseramente anticristiana, burdamente paródica del genuino mesianismo, deliberada mueca hostil de inspiración talmúdica contra la misión salvífica de Nuestro Señor Jesucristo, y su Divina Majestad.

Llama poderosamente la atención que en estos agitados días alrededor del caso Williamson, haya pasado inadvertida toda voz eclesial, empezando por la de Benedicto XVI, que nos haya remitido a la Mit brennender sorge de Pío XI. Allí está todo lo que un católico debe saber para tomar distancias del Nacionalsocialismo, y de cuanto aquella ideología y su concreción política pudieron haber tenido de injusto y aún de ominoso. Pero está todo lúcida y corajudamente explicado en perspectiva católica, para que ningún bautizado confunda el rumbo y la finalidad. “La Cruz de Cristo” —dice Pío XI— “aunque su solo nombre haya llegado a ser para muchos locura y escándalo, sigue siendo para el cristiano la señal sacrosanta de la redención, la bandera de la grandeza y de la fuerza moral. A su sombra vivimos, besándola morimos; sobre nuestro sepulcro estará como pregonera de nuestra fe, testigo de nuestra esperanza, aspiración hacia la vida eterna” [nº 31].

Los argentinos, además, hemos tenido la gracia del magisterio del Padre Julio Meinvielle. En su opúsculo “Entre la Iglesia y el Reich”, publicado en el mismo año 1937 de la encíclica de Pío XI, abundan las razones por las que un católico no puede dar su adhesión al Nacionalsocialismo. Pero, insistimos, son las razones de la teología católica, no de la cábala hebrea; y de la historia veraz, no de la fábula del holocausto.

VII. El juramento antinegacionista

La segunda conclusión que debemos ir sacando es que Monseñor Williamson se quedó muy corto. Enbuenahora se haya atrevido a desenmascarar algunos aspectos de la faz histórica de la gran mentira pagando el alto precio de un linchamiento tan injusto cuanto deleznable, sin que las mismas autoridades de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X hayan atinado a algo más que a sacarlo de escena, al compás de las exigencias vaticanas, de las coacciones rabínicas y de las inmundas disposiciones kirchneristas. Pero lo más importante para un católico, y sobre todo si se trata de un Obispo, es la faz teológica de esta ficción hebrea. Y sobre eso nada se dijo.

Entiéndase que no es esto un reproche hacia un clérigo que, en este momento de su vida, antes necesita y reclama con equidad un homenaje público que un reto. Pero si le estamos reprochando amablemente todo lo contrario de lo que el mundo le espeta, es para protestar por vía de paradoja, la indignación que nos causa el que no haya prácticamente un solo analista católico y “bienpensante” de esta cuestión que no haya pagado su tributo a la corrección política, diciendo que Monseñor Williamson estuvo imprudente o inoportuno. No faltó tampoco quien le atribuyó la responsabilidad directa en la reacción blasfema de la judería propalada por la televisión del Estado de Israel. Caído el árbol, los incapaces de la altura se abajan dócilmente para fabricar su propia leña.

No hay nada de cierto en lo que se dice contra Monseñor Williamson; y seguir repitiéndolo agrega estulticia a la ofensiva mundana contra este digno Pastor. Bien y sobradamente se sabe hoy que si no hubiera pronunciado sus traídas y llevadas palabras, cualquiera hubiera sido la excusa para presionar a Benedicto XVI e inculpar al Tradicionalismo hasta impedir su formal inserción en la Iglesia. Bien y sobradamente conocemos también la capacidad del enemigo para instalar un tema, inventándolo, y torcer el rumbo de la realidad hasta sustituirla por la virtualidad. De hecho, no son pocos los informes que vienen circulando desde hace años, incluyendo a Monseñor Lefebvre como una de las cabezas de una supuesta Internacional Negra. ¿Qué hubiera costado cambiar de chivo expiatorio? Sin el reportaje de marras, el montaje judeo-modernista estaría igual en todo su rabioso esplendor. Monseñor Williamson fue la ocasión y la excusa, el pretexto y la coartada. El objetivo era y es mantener en permanente estado de sospecha, de culpa y de marginación a todo lo que represente al Tradicionalismo Católico.

Algunos, movidos por la más noble preocupación, han visto en las declaraciones de Monseñor Williamson un obstáculo para que el Papa pudiera seguir adelante con sus intenciones restauradoras, ya no de los cuatro obispos en apuros canónicos sino de lo que ellos representan desde el punto de vista del resguardo del magisterio tradicional. Pero por lo que llevamos dicho, no sólo es injusto convertir a Monseñor Williamson en un obstáculo —porque desde el instante en que así lo han presentado, artificial e insidiosamente, él no ha hecho otra cosa más que poner la otra mejilla— sino que clama al cielo escamotear a los verdaderos obstaculizadores que se muestran desfachatadamente en centenares de declaraciones judeo-modernistas. Que ante este obstáculo real y concreto —un verdadero montaje internacional contra la Tradición— nada se diga, intramuros o extramuros romanos, es lo verdaderamente preocupante e irritativo. Cambiando la premisa clásica de Tertuliano, se nos quiere hacer creer ahora, que ya no la Sinagoga sino Monseñor Williamson en un reportaje televisivo, es la causa de todos nuestros males.

Quienes en vez de defenderlo a capa y espada —no tanto por la literalidad de lo que dijo, sino por lo que representa y encarna el que haya osado, y el que por eso mismo quieran exterminarlo los honorables criminales de paz—, quienes en vez de sostenerlo, reiteramos, lo han llevado al convencimiento de que debe humillarse hasta el anonadamiento, removiéndolo de sus funciones, se confunden si creen que pueden hacerlo en nombre de la prudencia, de los arreglos temporales, o sencillamente porque lo que debería retractar no es una verdad de Fe. Lo que en el fondo está en debate aquí, encarnado en la figura de este Obispo, no es si existieron o no las cámaras de gas; es si a partir de ahora son los judíos o es la Jerarquía Católica la que manda en la Iglesia y decide la suerte de sus hijos, de su magisterio y de su teología dogmática. Si es el báculo recio del Vicario de Cristo el que tiene que resonar imperativamente entre los fieles, o el cotorreo pérfido de los que siguen vociferando: “¡No queremos que Éste reine sobre nosotros!”. Una vez más lo repetimos: es la integridad del Antiguo y del Nuevo Testamento lo que nos moviliza; no el Manifiesto del NSDAP.

Hemos escuchado y leído decenas de veces el fatídico reportaje que convirtió a Monseñor Williamson en un paria, y al caso que él encarna en un casus belli internacional en el que los litigantes y fiscales se amontonan para castigarlo, pero nunca para debatir académicamente lo que sostuvo. Es curioso. Se trata literalmente de un puñado de palabras racionales, mesuradas, matizadas, dichas sin el menor compromiso con una ideología y sin el mínimo asomo de odio racial o religioso. Sólo una hipocresía de inspiración satánica, y un plan maldito de idéntico origen, pudo convertir ese manojo de serenas, acotadas y eventuales reflexiones históricas en la piedra de escándalo para poner en entredicho la decisión pontificia a favor de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, por un lado, y el derecho del Tradicionalismo a pertenecer a la Iglesia, por otro.

La reacción de Roma fue la peor de todas. Con fecha 4 de febrero de 2009, la Secretaría de Estado del Vaticano hizo público un Comunicado que, en la parte que nos concierne dice: “Las posturas de monseñor Williamson sobre la Shoah son absolutamente inaceptables y firmemente rechazadas por el Santo Padre, como él mismo ha recordado el 28 de enero pasado, cuando, refiriéndose a aquel salvaje genocidio, reafirmó su plena e indiscutible solidaridad con nuestros hermanos destinatarios de la Primera Alianza, y afirmó que la memoria de aquel terrible genocidio debe inducir a «la humanidad a reflexionar sobre el poder imprevisible del mal cuando conquista el corazón del hombre», añadiendo que la Shoah permanece «para todos como advertencia contra el olvido, contra la negación o el reduccionismo, porque la violencia hecha contra un solo ser humano es violencia contra todos». El obispo Williamson, para ser admitido a las funciones episcopales en la Iglesia, deberá también tomar de modo absolutamente inequívoco y público distancias a sus posturas sobre la Shoah, desconocidas por el Santo Padre en el momento de la remisión de la excomunión”.

Es una declaración de pésima factura doctrinaria y prudencial, que en vano se podrá atemperar adjudicándosela al Secretario de Estado, mientras desde instancias más altas se la refrende, sea tácitamente, por omisión de rectificaciones, o con hechos concretos.

Se trata, en rigor, de la puesta en práctica de un nuevo juramento que sustituye al ya tristemente dado de baja en 1967, y que impusiera en 1910 San Pío X en el Motu Proprio Sacrorum Antistitum. A partir de ahora no es contra “el conglomerado de todas las herejías” que los religiosos deben jurar rechazo y animadversión, sino contra el “negacionismo”, ridículo efugio de la neoparla hebrea para calificar bajo tal mote a todo aquello que ose poner en discusión racional la amañada versión preponderante del “holocausto”, con su doble mitología, la histórica y la teológica. Y a partir de ahora, repetimos, Monseñor Williamson y todo aquel que quiera “ser admitido a las funciones episcopales en la Iglesia”, deberá hacer profesión pública de que admite y tiene por válida esta flamante dogmática, incorporada al Syllabus, en tiempos en que este glorioso vademécum de las heterodoxias condenables ha cedido su lugar a la libertad irrestricta de pensamiento.

Las nuevas y escandalosas declaraciones del Padre Federico Lombardi —director de la Oficina de Información de la Santa Sede, recordémoslo— no hacen sino ratificar hasta qué punto las autoridades romanas se han decidido a conferir carácter dogmático al antinegacionismo. En efecto, el viernes 27 de febrero de 2009, la precitada Oficina hace público un comunicado, en el cual —a la par que rechaza las disculpas ofrecidas por Monseñor Williamson, teniéndolas por insuficientes— le ordena que, de acuerdo “con las condiciones establecidas por la nota de la Secretaría de Estado del 4 de febrero de 2009, tendrá que tomar de modo absolutamente inequívoco y público distancias a sus posturas sobre la Shoah”. No encontramos palabras para calificar tamaña obsecuencia al poder judío, tamaña falta de caridad para con el derrumbado Monseñor Williamson, y tamaña osadía como para configurar de hecho este nuevo juramento antinegacionista, a todas luces contrario a la verdad histórica y teológica, y funcional en todo a la estrategia israelita de victimización perpetua.

Ni con el tema de la Inquisición se llegó tan lejos. Urgido Juan Pablo II tras la Memoriali Domini a que aquel Santo Tribunal fuera condenado enérgicamente, el Papa respondió creando una Conferencia Internacional de Estudios, en 1998, asesorada por tres Cardenales y presidida por el Profesor Agostino Borromeo. Seis años después, un enorme volumen titulado precisamente La Inquisición, recogía los resultados de aquellos académicos e investigadores, llegando a la conclusión de que la vilipendiada institución “está lejos de ser como opinan los enemigos de la Iglesia”. Al “Holocausto”, en cambio, no se le puede conceder este rango de objeto de estudio. Por eso, no nos equivocamos cuando llamamos “irreflexiva” a la decisión de incorporarlo, de facto, al Símbolo de los Apóstoles, con un status cuasi dogmático, que no se trepidó, por ejemplo, en rechazar para la creencia en el limbo.

Extraño caso el de la Santa Madre Iglesia. No se conoce otra religión con una legítima estructura jerárquica bimilenaria, en la cual, agentes externos, y tradicionalmente tenidos por impugnadores de la Fe que esa estructura jerárquica preserva, le indiquen imperativamente a quiénes se puede canonizar, qué oraciones se deben rezar en los oficios cuaresmales, cómo y bajo cuáles formas se han de aplicar sanciones y des excomuniones, y al fin, en qué nuevos dogmas habrá que depositar la certeza a priori e inconcusa como conditio sine qua non para pertenecer al rebaño, ser “admitido a las funciones episcopales” y, perseverando mansamente en esa línea, tal vez, algún día, alcanzar la salvación eterna.

Y extraño caso además, el de esta Iglesia, que asfixiada y coaccionada por estos agentes externos —repetimos: tradicionalmente tenidos, y con razón, por impugnadores de su doctrina— los convoca para darles satisfacciones, concesiones y aún perdones, pero no recibe de ellos gesto equivalente alguno sino mayores e insolentes destemplanzas. Cuando el 12 de febrero, el Santo Padre convocó humildemente a su sede a las autoridades de la Fundación Judía “Appeal of Conscience”, y —tal vez a los efectos de descongestionar tanto entredicho— llamó a los israelitas ya no “hermanos mayores” sino “padres en la Fe”, Arthur Schneier, presidente de la entidad invitada le dijo textualmente: “Las víctimas del Holocausto no nos han dado el derecho de perdonar a los culpables ni a los que niegan el Holocausto”. Y cuando Monseñor Williamson, acosado hasta el límite de sus fuerzas, en soledad absoluta y bajo la presión de quienes debieron respaldarlo, escribió el 26 de febrero, al llegar a Londres: “A todas las almas que quedaron honestamente escandalizadas por lo que dije, ante Dios, les pido perdón”, contestó inmediatamente el vicepresidente del Consejo Central de Judíos en Alemania, Dieter Graumann, diciendo que no aceptaba (la petición) del perdón. Otras cabezas rabínicas emularon su actitud.

¡Ellos, los deicidas, los criminalistas rituales, los responsables de homicidios innúmeros, los martirizadores de pueblos cristianos, los apedreadores de Esteban y los acuchilladores del Santo Niño de la Guardia, los cruentos despojadores de Palestina, los recientes invasores de Gaza a sangre y fuego…! ¡Ellos, los carceleros de los soviets, los instigadores de las chekas, los verdaderos dueños de los gulags, los sicarios de San Simón de Trento, los crucificadores de San Guillermo de Norwich, los que hace dos mil años gritaron crucíficale al Justo entre los justos… Ellos, los sepulcros blanqueados, los hijos del homicida desde el principio, los que por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre (Mt. 23, 27-24), no pueden perdonar ante quien se prosterna para pedirles un perdón que no merecen ni corresponde ni cabe! Qué razón tenía el Padre Castellani cuando decía que “si se hacen manteca los leales, se salen de la vaina los protervos”. Qué razón mayor tenían los honrosos hermanos Lémann, cuando ya conversos y sacerdotes ambos, se dirigían a los aún circuncisos de cuerpo y de alma para asegurarles que un día, en reparación de sus muchas ignominias, tendrán que acercar sus labios a las llagas de Cristo, y dejar caer sobre ellas torrentes de lágrimas.

(…/…)

Antonio Caponnetto

http://www.revistacabildo.blogspot.com/

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Una respuesta to ““Caso” Williamson: ¿Extorsión judía contra la IGLESIA?”

  1. Pulso a la Iglesia: Judea presiona al Vaticano « URANIA Says:

    […] } En el blog hurania hemos leído un interesante artículo del que reproducimos una parte en la que su autor, Antonio […]

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