Los “periódicos”…sólo dicen tres verdades…

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Un sabio conocedor de la prensa escrita, la cual llegó a ser tan poderosa en el siglo XX que fué llamada “El cuarto poder”…, deciá que los diarios sólo traían tres verdades:

el título, la fecha y el precio…!

Yo, por mi parte, añadiría que a veces ni siquiera dicen la verdad en cuanto al título o a la fecha, pues frecuentemente se autocalifican como “La Verdad”, “La Libertad”, “El Independiente”, etc….  En cuanto a mentiras y manipulaciones informativas -o mejor dicho, desinformativas las ha habido abrumadoramente numerosas. Una memorable es que el Heraldo de México, en el año 1970 publicó una fotografía de una manifestación multituidinaria en la Plaza de Oriente de Madrid… en cuyo pie se decía que miles de madrileños se manifestaban contra Franco frente al Palacio de El Pardo!.  La realidad era que la manifestación era a favor de Franco y enfrente del Palacio Real, que nada tiene en común con el pequeño palacete de El Pardo, una villa cercana a Madrid.

Pero… dado que el tema de este post es los periódicos y sus lectores, bien nos parece oportuno reproducir el siguiente post del blog titulado Mein Führer!:

Fragmento de Mein Kampf sobre los lectores de periódicos:

   Los lectores de periódicos pueden dividirse, tal vez, en tres grupos:
– Aquellos que creen todo lo que leen;
– Aquellos que no creen en nada;
– Aquellos que analizan críticamente lo que han leído
   Desde el punto de vista numérico, el primer grupo es, por un amplio margen, el más imponente. Comprende a la gran masa del pueblo, representa por lo tanto la parte espiritualmente más simple de la nación. Por tal motivo, éste no puede catalogarse según las profesiones sino según los grados de inteligencia. A él pertenecen todos aquellos que no piensan de manera independiente y creen en todo lo que ven impreso, tanto por necedad como por ignorancia. A éstos se pueden agregar los indolentes que sabrían pensar por sí mismos, pero que sin embargo prefieren digerir, perezosamente, lo que han pensado otros, con la excusa de que éstos ya han hecho el esfuerzo. La influencia de la prensa será, por tanto, enorme sobre este tipo de gente, que representa la gran mayoría. Estas personas no están en condiciones o no quieren analizar por si mismas las ofertas que se les hacen, de manera que su posición frente a todos los problemas diarios, está en función de influencias externas. Y esto también podría ser una ventaja, si la acción de esclarecimiento  fuera realizada por gente seria y amante de la verdad; pero es realmente una desgracia cuando esa acción la llevan a cabo mentirosos y sinvergüenzas.
   El segundo grupo es mucho menos numeroso. Está compuesto en parte por elementos que pertenecían al primero, para después pasarse a éste como consecuencia de amargas desilusiones; ahora ya no creen en nada de lo que ven impreso. Odian los periódicos, o no los leen, o se indignan por su contenido, que en su opinión no pude ser más que una mezcla de mentiras y falsedades. Esta gente es bastante difícil de tratar, ya que su desconfianza les hace reaccionar incluso contra la verdad; deben considerarse incluso contra la verdad; deben considerarse perdidos para cualquier propaganda positiva.
   El tercer grupo es, por un amplio margen, el más exiguo; está constituido por cerebros delicados que por disposición y educación han aprendido a pensar por cuenta propia, saben hacer un juicio personal sobre todas las cosas y someten lo que leen a un examen escrupuloso y atento. Si leen los periódicos, realizan un profundo análisis y, los redactores no tienen una tarea fácil. A los periodistas, en efecto, les gusta este tipo de lectores, pero con cierta prudencia.
   Pero estos componentes del tercer grupo, las tonterías que un periódico es capaz de publicar, no tienen importancia. Ellos están acostumbrados a ver en cada periodista a un granuja que raramente dice la verdad. Desgraciadamente, la importancia de esta buena gente está en su inteligencia, no en su número -una verdadera desgracia en una época en la cual no cuenta la calidad, sino la cantidad. Hoy cuando la papeleta electoral de la masa decide todo, el peso decisivo descansa sobre el grupo más numeroso, es decir, el primero: el grupo de los ingenuos y de los crédulos.

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