Archive for the ‘Tradición’ Category

ANTONIO MEDRANO: LA LUCHA CON EL DRAGÓN

9 mayo, 2017

ANTONIO MEDRANO:

 

LA LUCHA CON EL DRAGÓN

 

 

 

 

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https://www.youtube.com/watch?v=pXERdj0RUJM

https://youtu.be/pXERdj0RUJM

Gandalf está vivo y lucha con nosotros

3 enero, 2017
 tolkien

Tolkien no concibe la fantasía como una simple evasión. Para él, el mito es una vía de descubrimiento siempre en relación con la verdad, que es insoslayable, y la fantasía literaria no es una ficción, sino una “segunda creación”.

Tolkien es uno de los autores más sugestivos del siglo XX. Hoy, gracias al cine, se ha convertido en uno de los más influyentes del siglo XXI. Su trilogía El Señor de los Anillos ha entrado en la cultura popular. Con ella, el mundo ha encontrado una voz que nos recuerda el valor del sacrificio y del heroísmo, y la importancia de salvar las cosas que dan un sentido profundo a la vida.

John Ronald Reuel Tolkien tuvo una infancia difícil. Vale la pena contarla, porque en ella aparecen muchos rasgos que después serán determinantes en su obra. Había nacido en Bloemfontein, Sudáfrica, en 1892, en una familia inglesa. Su padre se dedicaba a vender diamantes para el Banco de Inglaterra. En aquel país desgajado entre bóers y británicos creció Tolkien hasta que una serpiente le mordió; los sucesivos problemas de salud del pequeño Ronald (así le llamaban) llevaron a la familia a volver a Inglaterra. Su padre permaneció en Sudáfrica con la idea de reunirse después con ellos, pero murió al año siguiente. Y así la familia Tolkien, madre y dos hijos, se encontró en el más absoluto desamparo.

Un maravilloso mundo interior

Este niño Tolkien descubre dos cosas muy importantes. Una: la fe católica de su madre, Mabel, una auténtica heroína que se mata a trabajar para sacar a sus hijos adelante. Dos: los idiomas, que el pequeño Ronald estudia con pasión de coleccionista. Ronald es un buen estudiante. Su madre le ha enseñado el valor del esfuerzo. También le ha enseñado latín. Con cinco años lee y escribe fluidamente. El sacrificio de su madre y la aplicación del propio Ronald le permiten estudiar en buenos colegios. Pero Mabel muere a su vez en 1904, víctima de una diabetes. Los dos niños, Ronald y Hillary, quedan al cuidado de un sacerdote católico amigo de la familia, Francis Xavier Morgan. El padre Morgan, que era jerezano, enseñó a Tolkien unas nociones de español. Gracias a este cura encuentran los dos huérfanos un lugar donde vivir y un colegio donde estudiar. Ronald escoge la carrera de Filología Inglesa en Oxford.

¿Cuándo empieza Tolkien a concebir su obra? Desde muy pronto. Quizá porque no la concibe como una obra propiamente dicha, sino cómo un auténtico mundo interior. Tolkien está fascinado por lo medieval: lee las sagas escandinavas y el Kalevala finés, estudia las lenguas nórdicas y célticas, la filología griega y el anglosajón, frecuenta la compañía de hadas y caballeros. Con sus compañeros de Oxford crea un club (el “Tea Club of the Barrovian Society”) que reivindica la belleza medieval frente a la fealdad moderna.

Todas esas referencias eruditas, de tipo histórico y literario, se mezclan en el interior de Tolkien, como en un proceso alquímico, con los materiales de su vida cotidiana. Paisajes, edificios y personas adquieren un valor legendario. La granja de su tía es Bag End, Bolsón Cerrado. Las torres del orfanato de su infancia serán las torres oscuras de sus relatos. Viaja a Suiza en 1911 y descubre las montañas nevadas por donde viajará Bilbo Bolsón. Pasea por Cornualles y adivina acantilados poblados por elfos. Cuando su novia baile para él, surgirá la escena de amor entre Beren y Luthien. Todas y cada una de sus experiencias vitales se transforman en elementos de un relato que aún no tiene forma, pero que pronto la encontrará; Tolkien lo llamaba su “legendarium”. De momento, ese mundo imaginario de Tolkien está naciendo. Años más tarde, el propio Tolkien describirá así ese comienzo del mundo, entre la música aérea de los Ainur:

“Entonces les dijo Ilúvatar:
-Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música. Y como os he inflamado con la Llama Imperecedera, mostraréis vuestros poderes en el adorno de este tema mismo, cada cual con sus propios pensamientos y recursos, si así le place. Pero yo me sentaré y escucharé, y será de mi agrado que por medio de vosotros una gran belleza despierte en canción.
Entonces las voces de los Ainur, como de arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos, y como de coros incontables que cantan con palabras, empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en una gran música; y un sonido se elevó de innumerables melodías alternadas, entretejidas en una armonía que iba más allá del oído hasta las profundidades y las alturas, rebosando los espacios de la morada de Ilúvatar; y al fin la música y el eco de la música desbordaron volcándose en el Vacío, y ya no hubo vacío.
Nunca desde entonces hicieron los Ainur una música como ésta, aunque se ha dicho que los coros de los Ainur y los Hijos de Ilúvatar harán ante él una música todavía más grande, después del fin de los días. Entonces los temas de Ilúvatar se tocarán correctamente y tendrán Ser en el momento en que aparezcan, pues todos entenderán entonces plenamente la intención del Único para cada una de las partes, y conocerán la comprensión de los demás, e Ilúvatar pondrá en los pensamientos de ellos el fuego secreto”.

Mencionábamos antes a la novia de Tolkien. Hay que contar la historia, porque es muy reveladora sobre el carácter de nuestro autor. Era 1908 cuando Tolkien, dieciséis años, pupilo del orfanato, se enamoró de Edith Mari Bratt, tres años mayor que ella. ¡Y ella le correspondía! Pero el padre Morgan, el cura jerezano, temiendo que Ronald abandonara sus estudios, le prohibió tener ningún tipo de relación con ella, ni siquiera epistolar, hasta que cumpliera la mayoría de edad. Tolkien obedeció al pie de la letra: el mismo día que cumplió 21 años, escribió a Edith declarándole su amor y proponiéndole matrimonio. Ella ya estaba comprometida –creía que Tolkien la había olvidado-, pero devolvió su anillo. Se casarán tres años más tarde, en 1916, en plena guerra mundial, después de que Edith, por insistencia de Tolkien, se convirtiera al catolicismo. Tendrán cuatro hijos; el mayor se ordenará sacerdote.

Tolkien era un hombre leal, tanto a Edith como al padre Morgan… y a Inglaterra. Se graduó, en efecto, en Filología Inglesa, y con honores, tal y como el buen cura pretendía. Era 1915. Acto seguido, Ronald ha de atender sus deberes militares: Europa está en guerra y él se enrola como alférez en los fusileros de Lancashire. Antes de partir para Francia, al frente, se casa con Edith. Estará en la batalla del Somme, donde contrae la fiebre de las trincheras. Durante su convalecencia, de nuevo en Inglaterra, comienza a trabajar en El libro de los cuentos perdidos, la base de El Silmarillion, que es la guía, el plano general del “legendarium” de Tolkien. También termina de elaborar los alfabetos imaginarios de los elfos y los gnomos. El mundo de Tolkien empieza a tomar forma.

El valor eterno del mito

Con la guerra concluida, la vida de nuestro autor pasa a ser la de un típico profesor universitario: trabaja en Oxford, enseña en Leeds, vuelve a Oxford… Aquí constituye otro grupo de aficionados a la literatura, los Inklings, en el que traba amistad con C.S. Lewis, el autor de Crónicas de Narnia. Tolkien comienza a escribir El hobbit: es sólo un libro para sus hijos, pero empieza a circular entre sus alumnos, de mano en mano. Lewis le insiste en que debe publicarlo. El hobbit aparece en 1937; será un best-seller inmediato. La editorial, Allen & Unwin, quiere más. Tolkien envía El Silmarillion, pero los editores lo consideran demasiado complicado. Comienza entonces a escribir la fantasía épica El Señor de los Anillos, a partir del mismo mundo retratado en El Hobbit. Le llevará diez años.

Tolkien no concibe la fantasía como una simple evasión. Para él, el mito es una vía de descubrimiento siempre en relación con la verdad, que es insoslayable, y la fantasía literaria no es una ficción, sino una “segunda creación”. Tampoco se trata de una alegoría, sino que hay que verla como un camino para encontrar los arquetipos de la existencia, también y sobre todo en lo moral. Eso es lo que Tolkien llama mythopoeia.

Mientras tanto, el tiempo pasa y la guerra vuelve. Las ideas políticas de Tolkien son claras: católico, conservador, anticomunista. Ama la tradición, la tierra, la naturaleza. Como muchos ingleses de su tiempo, temía más a Stalin que a Hitler. Los acontecimientos, sin embargo, se desatarán por sí solos. Estalla la segunda guerra mundial y uno de los hijos de Tolkien, Christopher, parte como piloto al frente de batalla. A la mente de Tolkien vuelven los años de la Gran Guerra, los compañeros muertos. Así escribía el padre al hijo:

“A veces me siento aterrado al pensar en la suma total de miseria humana que hay en este momento en el mundo entero: los millones separados los unos de los otros, estremecidos, prodigándose en días sin provecho… aparte de la tortura, el dolor, la muerte, la desgracia, la injusticia. Si la angustia fuera visible, casi la totalidad de este planeta anochecido estaría envuelto en una oscura nube de vapor, oculto de la mirada asombrada de los cielos. (…) Todo lo que sabemos, y en gran medida por experiencia directa, es que el mal se afana con amplio poder y perpetuo éxito… en vano: siempre preparando tan sólo el terreno para que el bien brote de él. Así es en general, y así es también en nuestras propias vidas. Pero aún hay alguna esperanza de que las cosas mejoren para nosotros, incluso en el plano temporal, por la clemencia de Dios. Y aunque necesitamos todo nuestro coraje y nuestras agallas (la vastedad del coraje y la resistencia humanos es estupenda, ¿no te parece?) y toda nuestra fe religiosa para enfrentar el mal que pueda acontecernos (como les acaece a otros si Dios lo quiere), aún podemos rezar y tener esperanzas. Yo lo hago.”

Tolkien escribe constantemente a su hijo y, en la distancia, le implica en la creación de El Señor de los Anillos. Es impresionante leer esta correspondencia porque, una vez más, el mundo interior de Tolkien y el mundo exterior se anudan y entrelazan hasta constituir una sola realidad. ¿Cuál es esa realidad? La del triunfo del mal y el ocultamiento del bien. En el bien entendido de que, aquí, bien y mal no son conceptos políticos, que uno pueda atribuir a ninguno de los bandos en liza, sino que se trata de conceptos interiores, de carácter espiritual. En plata: los aliados no serán mejores que Alemania. Esto escribe Tolkien a su hijo:

“Estamos intentando conquistar a Sauron con el Anillo. Y (según parece) lo lograremos. Pero el precio es criar nuevos Sauron y lentamente ir convirtiendo a Hombres y Elfos en Orcos. Esto no quiere decir que en la vida real las cosas resulten tan claras como en una historia, y empezamos con un vasto número de Orcos de nuestro lado (…) No se puede luchar con el Enemigo con su propio Anillo, sin convertirse uno a su vez en Enemigo; pero desdichadamente la sabiduría de Gandalf parece haber desaparecido con él hace mucho en el Verdadero Oeste”.

El Señor de los Anillos apareció en tres volúmenes entre 1954 y 1955. Fue un éxito mundial inmediato. El tranquilo profesor de Oxford se vio convertido en una celebridad. Era demasiado oropel para un hobbit de gustos sencillos, como Tolkien: nuestro autor se mudó a una casa de campo, dejó su trabajo como profesor y se dedicó a cuidar de su mujer, Edith, aquejada de una parálisis progresiva. Mientras tanto, los personajes del mundo tolkieniano pasaban aceleradamente a la cultura popular, también al activismo político. Una célebre pintada en una calle italiana, en los años setenta, proclamaba: “Gandalf está vivo y lucha con nosotros”.

A Tolkien siguieron lloviéndole los reconocimientos: fue nombrado doctor honoris causa en Cambridge y Edimburgo, la reina le hizo comandante del imperio británico… Pero nada de esto tenía ya demasiada importancia para el hobbit, entregado a su mujer hasta el último suspiro. Edith Mary murió en 1971, con 82 años. Tolkien sólo le sobrevivió dos años: murió en 1973. Sus hijos escribieron en sus tumbas los nombres de Luthien y Beren, los dos amantes del “legendarium” tolkieniano.

El anciano profesor de Oxford, el niño huérfano acogido a la caridad de un cura jerezano, legaba al mundo otro mundo: la Tierra Media. El Silmarillion es la guía que permite entrar en ella. Mil avatares, desgracias y venturas se suceden en la Tierra Media, hoy destruida, mañana reconstruida. En esa historia de destrucción y resurrección se insertan las dos obras mayores de Tolkien: El Hobbit y El Señor de los Anillos. Y en esa fantasía épica que es toda la obra de Tolkien, el lector encuentra una clara imagen de la vida: sacrificio frente a hedonismo, familia y comunidad frente a individualismo, fidelidad e integridad frente al vértigo moderno, tradición y respeto frente a maquinismo, ecología y ley natural frente a la explotación de la Tierra… todo un programa.

¿Por qué, hoy, Tolkien? Porque nos ha devuelto la fe en nosotros mismos. Porque nos ha enseñado que podemos volver a ser héroes. Porque nos ha enseñado de nuevo el camino del bien, la verdad y la belleza, en un mundo que quería reducir todo eso a la nada. Lo que Tolkien viene a decirnos específicamente a nosotros, europeos y cristianos –queramos o no-, atribulados por el peso desconcertante de la Historia, es que el heroísmo siempre es posible, porque siempre será necesario conquistar anillos para ponerlos a buen recaudo. Por eso hay que leer a Tolkien.

 

JOSE JAVIER ESPARZA,  3 enero 2017

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FUENTE:

http://gaceta.es/noticias/gandalf-vivo-lucha-03012017-2025

 

Crónicas… de Bernal Diaz del Castillo

27 junio, 2016

  http://pictures.abebooks.com/LAPALMA40/md/md19444493536.jpg Este volumen es la primera parte de la gran obra literaria sobre la conquista de Nueva España, de cuyo autor, Bernal Diaz del Castillo,  todos los elogios son pocos… Ahora estoy buscando la segunda parte , pues es necesario leer la obra completa…   … Oviedo, 27 de Junio de 2016, Anno Domini    

 

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NOTA: Se puede leer una verswión en PDF de “La  historia verdadera…”

en 

http://biblioteca-electronica.blogspot.com

 

http://www.historiadelnuevomundo.com/docs/Conquista-Nueva-Espana-Bernal-Diaz-del-Castillo.pdf

Los dos pilares de la vida noble y feliz, por Antonio Medrano

20 octubre, 2015

martes, 20 de octubre de 2015

Los dos pilares de la vida noble y feliz, por A.M.

Los dos pilares de la vida noble y feliz

Antonio Medrano

Para vivir de forma realmente humana, para que nuestra vida discurra de manera correcta, plena, satisfactoria, sana, libre y feliz, estamos obligados a proyectarla, a construirla y cincelarla con el mayor esmero, poniendo nuestra mejor voluntad en ello. Tenemos que construir doblemente nuestra vida y nuestra persona, y hacerlo de forma paciente, continua y tenaz. No podemos desertar de esta tarea. Cada cual debe tomarse muy en serio esta labor, que sólo él o ella puede llevar a cabo. Es su responsabilidad ineludible. Nadie puede hacerla por nosotros. En nadie podemos delegar a la hora de vivir, de recorrer nuestro camino y de hacer nuestra vida. ¿De qué medios o instrumentos disponemos para construir nuestra vida y nuestra persona como es debido, con garantías de que lo estamos haciendo bien y no nos vamos a equivocar ni perder en el empeño? ¿Cuáles son las armas que hemos de emplear para salir victoriosos de tan ardua empresa? ¿En qué elementos podemos poner nuestra confianza y sobre qué pilares podemos edificar de forma segura nuestra obra? 1. Los dos pilares de la vida humana Dos son los pilares, columnas o fuerzas sobre los que podemos y debemos asentar nuestra vida. Dos pilares fundamentales, inconmovibles e invencibles, con los que tendremos garantizada la correcta ordenación o edificación de nuestro existir personal. Dos pilares con un poder tan formidable e irresistible que, mediante su eficaz ayuda, seremos capaces de vencer todos los retos, problemas y dificultades que encontremos a lo largo del camino que vamos a emprender. Son los dos pilares que constituyen el eje de coordenadas de la vida noble, la vida personal plenamente lograda y feliz: la inteligencia y la bondad. O, también la razón y la voluntad, y, en una perspectiva más profunda y elevada, al menos en lo que respecta al primer término del binomio, la sabiduría y el amor. Dicho con otras palabras: el Intelecto y la Voluntad, la coherencia lúcida y la sana afectividad, el entendimiento y el impulso enérgico, la claridad mental y la cordialidad, la agudeza lógica y la sensibilidad o emotividad (por supuesto, una sensibilidad o emotividad vigorosa y rectamente encauzada). Es decir: por un lado, un logos implacable e insobornable en la aplicación de su luz intelectual (con toda la lógica y la metalógica que se deba), una mente clara, abierta a la verdad y a la realidad, dispuesta a ver las cosas tal como son, sin engaños, deformaciones ni subterfugios; y, por otro lado, una buena voluntad, una voluntad capaz de querer y decidir no sólo con energía sino además en la buen dirección, un corazón inclinado a amar, un alma sensible capaz de vibrar con la armonía y belleza del Cosmos, una voluntad fuerte dispuesta a abrazar el bien y a obrar en consecuencia, actuando en todo momento de manera responsable y haciendo el bien sin mirar a quién. Desde una perspectiva superior, donde decimos “inteligencia” podemos decir sabiduría y donde decimos “bondad” podemos decir amor. La inteligencia, cuando se utiliza y cultiva correctamente, a medida que se va ejercitando y poniendo en práctica en la vida cotidiana, va creciendo y desarrollando sus mejores posibilidades, convirtiéndose finalmente en sabiduría. Al funcionar como es debido, dentro de su orden y con arreglo a las normas a las que debe atenerse, se abre a una facultad superior, que es el Intelecto, la Razón trascendente, la Supra-Mente o Mente suprarracional, el Nous de la doctrina platónica, la Buddhi de las doctrinas orientales, que es justamente la sede de la Sabiduría, el saber que está por encima de todos los saberes. Lo mismo ocurre con la bondad, la cual, conforme se va expandiendo, al conectar con sus raíces más hondas, se abre al Amor divino, el Eros de la filosofía helénica, que es la fuente de todo amor. He aquí los dos pilares, pivotes o columnas que nos permitirán hacer bien nuestra vida, construirla y edificarla sobre sólidos cimientos. Dos pilares firmes y potentes, de la mayor eficacia y contundencia, que van inseparablemente unidos, que se exigen y apoyan recíprocamente. El uno no puede existir ni funcionar bien sin el otro. Si uno desapareciera, se desmoronara, se debilitara o viniera a menos, el otro quedaría dañado de forma irremediable, degenerando, deformándose y dejando de ser lo que es o debiera ser. 2. Significado y función de estos dos pilares La inteligencia significa visión penetrante en el mundo de lo real, capaz de desentrañar sus conexiones y las leyes que lo rigen, siendo apta posteriormente para aplicarlas de modo práctico y aprovecharlas así con vistas al dominio de las circunstancias y al propio crecimiento personal. La inteligencia se manifiesta como lucidez, sensatez, buen juicio, sagacidad, clarividencia, cordura, apertura mental, imaginación creativa, capacidad para aprender, aptitud para conocer y entender las cosas, racionalidad o racionabilidad (habilidad para razonar, criterio para dar razón de las cosas y disposición para adoptar una actitud razonable), destreza para captar la verdad y acertar en los asuntos, habilidad para dar o encontrar sentido, facilidad o prontitud para reflexionar, idear y pensar con rigor, teniendo su cima o expresión culminante en la sabiduría, la sapiencia, el saber contemplar sabiamente la realidad. La bondad significa dulzura, ternura, blandura cálida y fuerte, suavidad en el trato, talante abierto y comprensivo, lo cual se traduce en una inclinación a hacer el bien, a buscar el bien tanto propio como ajeno, a entusiasmarse por todo lo que es bueno, recto, justo, auténtico, noble y bello. Si la inteligencia se expresa como lucidez y sabiduría, la bondad se manifiesta como amor, caridad, compasión, empatía y simpatía, amabilidad y sensibilidad (capacidad de sentir con los demás y de ser impresionado por cualquier cosa valiosa o digna de atraer la atención de un alma noble), y también como moralidad, actitud ética, rectitud, virtud, decencia, probidad e integridad, conducta justa y cabal. Si la sabiduría viene a ser la forma suprema de la inteligencia, la luz superior que la ilumina y orienta, el amor es la base y esencia misma de la bondad, la fuerza que la hace posible, el resorte que sostiene y mueve el buen ánimo o ánimo bueno. La persona sabia y amorosa, que va derramando sabiduría y amor en torno suyo, será ciertamente una persona inteligente y buena. Y qué duda cabe que, con esas dos poderosas palancas vitales, será también una persona noble, feliz, moral y anímicamente sana, que sabrá disfrutar de su vida y sacarle el máximo provecho. Con respecto a la sabiduría conviene, antes de seguir adelante, hacer una importante precisión conceptual. Hay que distinguir la sabiduría como dato subjetivo, referido a la realidad interna de una persona, pues se trata de un profundo saber que se presenta como don o virtud del sujeto, y la sabiduría como hecho objetivo, como cosa externa, como riqueza o patrimonio sapiencial que está siempre ahí a nuestra disposición para ser conocido y asimilado, para que nos enriquezcamos con él. En el primer caso, al hablar de la sabiduría nos estamos refiriendo a una cualidad personal, algo que se posee o se ha conquistado, un atributo que distingue a una persona permitiendo calificarla de “sabia”. Atributo o cualidad que hace referencia al conocimiento hondo y elevado al mismo tiempo que la persona en cuestión ha llegado a conseguir a lo largo de su vida; un conocimiento que se manifiesta y hace patente en su comportamiento y su manera de actuar, en su forma de pensar, de hablar y hasta de gesticular. A este significado de la palabra “sabiduría” apuntan las dos primeras acepciones que de la misma nos da el DRAE: “conducta prudente en la vida o en los negocios”; “conocimiento profundo en ciencias, letras o artes”. En el segundo caso, tenemos la Sabiduría en su significación de doctrina sapiencial –así, por ejemplo, lo que suele llamarse “Sabiduría universal”, como sinónimo de “Doctrina tradicional”–, conjunto de enseñanzas de origen suprahumano y de naturaleza suprarracional que hablan de los más diversos aspectos, niveles y dimensiones de la realidad: desde la doctrina metafísica o el saber sobre la Divinidad a la cosmología, la antropología, la mitología, la simbología y el resto de las ciencias sagradas, incluyendo también las aplicaciones de estas últimas, como puedan ser el rito, las artes, la moral y las normas de vida. Se trata de una serie de enseñanzas, doctrinas y orientaciones que los seres humanos han de escuchar, aprender y hacer suyas para iluminar su inteligencia y llegar a poseer el don o virtud de la sabiduría. Sin la luz de la Sabiduría la inteligencia humana no podrá desarrollar al máximo todas sus posibilidades. Sin esa luz que es más que humana, que es trascendente e intemporal, las facultades intelectuales del ser humano no llegarán a la cima sublime en la que tocan el nivel suprarracional de la intuición o visión espiritual, donde resplandece la luz del Intelecto o Razón trascendente, reflejo directo en el ser humano de la Razón divina, de la Inteligencia o Intelecto de Dios, órgano por consiguiente de la más alta sabiduría. Facultad puramente espiritual, que está más allá de lo anímico o psíquico, para entrar en una dimensión suprahumana, y que dada su naturaleza espiritual es infalible en su funcionamiento. 3. El eje de coordenadas de la vida Si representamos cuando hemos dicho con la forma de un eje de coordenadas –o sea, dos líneas que se entrecruzan por su centro, una vertical y otra horizontal, para formar la figura geométrica de una cruz de brazos iguales–, la inteligencia y la sabiduría constituirían el eje vertical, mientras que la bondad y el amor podríamos verlas representadas por el eje horizontal. Tendríamos así ante nosotros la figuración simbólica de lo que podríamos llamar el eje de coordenadas de la vida, el sistema axial que da orden, paz, armonía y sentido a nuestra vida. Desde este punto de vista, el eje vertical es el polo lumínico, el rayo de luz que desciende desde lo alto y hace posible la visión, la línea uránica y solar que alumbra la vida, el faro luminoso que se yergue vertical sobre la horizontal de la tierra para orientar al navegante, la luz de la verdad, el criterio axial que equilibra y afianza las cosas, la voz jerárquica y normativa que, al tiempo que ayuda a ver, ordena, manda y prescribe, muestra por dónde hay que ir, dice lo que hay que hacer y aclara lo que está bien y lo que está mal (lo que es correcto o incorrecto). El eje horizontal, en cambio, es el polo ígneo y activo, la línea de la acción justa y recta, el impulso o movimiento realizador que va a derecha e izquierda para abarcar todas las posibilidades de lo real, la fuerza volitiva que ejecuta sobre el plano existencial lo indicado por el eje vertical luminoso; viene a simbolizar los brazos que se abren para actuar, emprender y luchar, pero también para acoger y abrazar. Tenemos pues, por un lado, la perpendicular que, cual rayo del Sol o flecha de Apolo (el dios solar helénico, personificación de la sabiduría), atraviesa la realidad haciéndola inteligible y poniendo orden en ella. Por otro lado, la línea horizontal que simboliza tanto el fuego, que se extiende con fuerza irresistible a lo largo y ancho de un terreno para incendiarlo todo (en este caso, se trataría del incendio amoroso y entusiasta), como la superficie de las aguas del mar, con sus olas acariciantes y siempre en movimiento. En este último símbolo, nos encontraríamos con las aguas y el oleaje, siempre activo, del Océano de Amor que es el Universo, Prem Sagar según la doctrina hindú (en sánscrito: Prema = Amor; Sagar = Océano), pues en él se manifiesta el Amor divino de su Creador. En este diagrama simbólico el verdadero eje, el que sostiene el equilibrio del conjunto, es la línea vertical, esa línea de luz y de claridad que se corresponde con la sabiduría, con la verdad y la iluminación intelectual. Es ella la que mantiene en su sitio a la línea horizontal, haciendo que se mantenga recta y bien centrada, que no se desvíe de su rectitud ni se incline indebidamente hacia un lado o hacia otro. La inteligencia y la bondad, la sabiduría y el amor, son los cimientos de la auténtica libertad. Sobre ellos, como sobre una base sólida y firme, se alza la vida libre, la vida noble, la vida aristocrática a la que todos estamos llamados. Así lo hacía notar Filón de Alejandría cuando afirmaba que “todo hombre bueno es libre”, mientras, por el contrario, “el hombre malo es siempre esclavo”. “Ningún necio e insensato es un hombre libre, aun cuando sea un Creso, un Midas o el mismísimo Gran Rey en persona”, proclama el gran sabio y místico judío. Sólo podremos vivir libremente si nos esforzamos por crecer en inteligencia y bondad, en sabiduría y amor. 4. Luz y calor del vivir humano Echando mano de una terminología muy común en todas las culturas y tradiciones espirituales, podemos los dos polos, el intelectual y el volitivo, el sapiencial y el afectivoamoroso, con los dos símbolos de la luz y del fuego, tan importantes en la simbología tradicional, lo que es tanto como decir en el lenguaje de la Sabiduría universal. La inteligencia y la sabiduría son la luz que nos muestra el camino que hemos de recorrer, la luz que guía nuestros pasos. Nos dicen cómo hemos de proceder en los distintos momentos, quehaceres y asuntos de la vida; nos indican la manera de hacer las cosas para que todo salga bien, para no equivocarnos, para no fallar ni errar, para no desviarnos de nuestra meta última. El amor y la bondad constituyen el fuego, la llama, la energía, la fuerza, el elemento cálido y fogoso que nos pone en marcha, que nos hace buscar con ahínco lo que necesitamos y debemos buscar, que nos lanza hacia adelante para lograr aquello que anhelamos, que nos da las armas para vencer en los combates de la vida, que nos permite no desfallecer ni rendirnos nunca, que nos impulsa a afrontar y superar con éxito todos los obstáculos, dificultades y contratiempos que vayamos encontrando a lo largo del camino. Siempre bajo la orientación y la directriz superior de la inteligencia sabia. En el fuego del amor y la bondad son forjadas las armas y la armadura con las cuales podremos vencer en el gran combate de la vida. Es en la lumbre del hogar u horno de fundición que mantiene encendida la fuerza amorosa donde se pondrá al rojo el hierro de nuestra naturaleza para ir adquiriendo más tarde forma, solidez y potencia en el yunque que los transformará en acero heroico bajo los golpes del martillo de la voluntad, de la tenacidad y el buen hacer. Siendo dirigida toda la operación por el saber artesanal que lleva consigo la Sabiduría, la Sophía, que se define justamente en las más diversas tradiciones, desde la griega a la hebrea y desde la hindú a la japonesa, como artesanía del vivir, como destreza en la forja de la vida. La luz y el calor son las dos fuerzas que hacen posible la vida en la Naturaleza. Las dos fuentes o formas de energía que sostienen el Cosmos. Una planta necesita luz y calor para poder vivir, para crecer y desarrollarse de forma saludable y vigorosa. En la vida anímica y espiritual de los seres humanos esas dos fuerzas dadoras de vida se presentan bajo dos formas más elevadas pero igualmente poderosas: la luz de la inteligencia y la sabiduría, por un lado, y el calor del amor y la bondad, por otro (esa calidez que hace a las cosas y las personas amables, entrañables, atractivas, llenas de encanto). El ser humano necesita de ambas cosas para poder vivir como tal ser humano y llegar a la plenitud de su ser. La planta interior de su alma y su espíritu no puede germinar ni crecer adecuadamente si le falta una de estas dos fuentes de energía, la cálida o la luminosa, la afectiva o la intelectiva. La vida humana no puede desenvolverse de forma justa, madura y saludable en la oscuridad y la frialdad. No podemos vivir en un ambiente tenebroso y gélido, en el que no hay luz ni calor. Un ambiente en el que, por no haber ni lo uno ni otro, el aire está enrarecido, lleno de impurezas y miasmas. No nos es posible crecer ni sentirnos a gusto en tal clima. Nuestra naturaleza lo rechaza, le repugna, y por eso nos quejamos al vernos encerrados en una atmósfera semejante. Cuando nos vemos obligados a vivir en un clima tan inhóspito sentimos que nos asfixiamos, que se apaga la vida en nosotros y vamos muriendo poco a poco. La salud se resiente, sufrimos indeciblemente, nos angustiamos y nos deprimimos, nos invade la ansiedad o nos volvemos irascibles y agresivos, El forjarse, como tantos seres humanos suelen hacer, una atmósfera vital oscura y fría, calinosa y glacial, en la que no entran ni la luz de la sabiduría, o al menos la luz de la inteligencia y la razón, ni tampoco la calidez del verdadero amor, del afecto y el respeto mutuo, de la amistad y la cordialidad, resulta inhumano. No hay nada más inhumano, más cruel y estúpido, que forzarse uno a sí mismo a vivir en semejante penumbra gélida, en la que uno queda aterido, triste, desorientado y confuso, forzando también a los demás que con uno conviven a sufrir las consecuencias de tan tóxica y deprimente atmósfera. 5. La norma: frialdad intelectual y calidez afectiva Es importante constatar que, por su misma naturaleza, y por su manera de operar o funcionar, la inteligencia es fría, como lo es la luz. Y como lo es también la sabiduría. Debe captar, observar, analizar y juzgar fríamente las ideas, los hechos, los sucesos y las situaciones que se le ofrecen. Debe tratar de ver la realidad sin apasionamiento. El amor, en cambio, es cálido, fogoso, ardiente, férvido, como lo es también la bondad. Bondad y amor sienten con pasión, ponen calor en lo que ven y en lo que hacen. Responden de forma calurosa, encendida y apasionada a lo que se les presenta o tienen ante sí. Estando animada por el fuego del afecto, por la inclinación hacia lo que es valioso y por la fuerza del deber, no pueden ni deben actuar de otro modo. Ambas fuerzas, ambas formas de actuar o de encarar la realidad, la intelectual y la amorosa o bondadosa, se complementan a la perfección. Ese es el orden natural, justo y normal: frialdad en el ver, en el conocer y reconocer, en el entender y comprender; calor en el amar, en el querer y el anhelar, en el obrar y actuar vital, cuando se decide y se lleva a la práctica lo que la inteligencia ha visto. Esa debería ser la norma en nuestro vivir cotidiano, el criterio normativo a seguir en todo momento, pues es el criterio de normalidad y racionalidad. El problema surge cuando se invierten los términos: cuando hay calor en el plano intelectual y frialdad en el plano emotivo, amoroso o volitivo. Cosa que tantas veces ocurre en la vida cotidiana. Se piensa y se juzga de manera acalorada, mientras que se reacciona con gélido desinterés ante cosas o situaciones en las que habría que poner amor, entusiasmo y pasión. Eso constituye un desorden que no puede sino acarrear muchos males. Si la inteligencia funciona de forma apasionada y la capacidad amorosa permanece apagada y fría, las cosas no podrán ir precisamente muy bien. Una inteligencia recalentada por el fanatismo, por la pasión desenfrenada o por un amor mal entendido, por los celos o por el miedo, por prejuicios o preferencias partidistas, no podrá funcionar bien, no podrá ver la realidad de manera clara y objetiva, juzgará y pensará mal, Y, por supuesto, no tendrá acceso jamás a la sabiduría. Una emotividad yerta, impávida, frígida, sin temperatura ni pálpito, no podrá llegar a sentir el verdadero amor ni a experimentar la auténtica bondad. Una voluntad congelada, débil, abúlica, indecisa, inestable o inconstante, sin fuego, sin garra y sin energía, no podrá sostener ni secundar a la inteligencia, para realizar lo que ésta haya visto o intuido. Jaime Balmes lo expresa con su habitual maestría: “La razón es fría, pero ve las cosas claras: démosle calor, pero no le quitemos la claridad. Las pasiones son ciegas, pero dan fuerza; démosles dirección sin quitarles fuerza”. Como advierte el filósofo catalán, cada cosa tiene que estar en su sitio, cada una de nuestras facultades tiene que ser fiel a su naturaleza específica y hacer bien su función. “Cuando el hombre descuida alguna de sus facultades, es un instrumento al cual le faltan cuerdas; cuando las usa mal, es un instrumento desafinado”. Si quieres que tu vida esté bien orientada, que se mueva en la libertad y se oriente hacia la plenitud, procura que tu mente funcione con la fría claridad exigible a un ser inteligente. Que no la nuble el fanatismo, el partidismo, la ofuscación, una irracionalidad desbordada, la obsesión egocéntrica ni ningún desorden afectivo. No pretendas tener siempre razón o que la razón y la verdad estén siempre de tu lado. Que te guíe siempre la lucidez de una inteligencia y una razón bien despiertas, bien cultivadas y adiestradas, que sepan juzgar con frialdad, serenidad y objetividad. Pon el mayor empeño en que tu manera de ver las cosas sea ecuánime, imparcial, limpia y clara, sin apasionamiento, sabia, penetrante y certera. Pero, al mismo tiempo, haz que se encienda en tu alma el calor del amor y la energía de la voluntad buena y fuerte. No permitas que se adueñen de ti, ni que se infiltren en tu ser anímico, la frialdad emotiva, el desamor, la insensibilidad, la flojedad de ánimo, la indiferencia, la desgana, la duda o la indecisión, la apatía o la abulia paralizante, el escepticismo incapaz de entregarse y comprometerse. Que dentro de ti, junto a la luminosidad de la inteligencia y la claridad de la razón, surja el vigoroso impulso que proporciona el entusiasmo. Da aliento en tu persona y en tu vida a la pasión sana que despierta y moviliza energías, que nos lleva a hacer cosas grandes y escalar altas cumbres. Fomenta en tu persona la fina sensibilidad, la amabilidad y la compasión que te hacen salir de ti mismo, la empatía y la simpatía que van ligadas a la alegría de vivir. 6. Conocer para amar y amar para conocer Nolens volens, querámoslo o no –nolente o volente, como dicen los italianos–, tenemos que hacer nuestra vida. Y hacerla con el mayor esmero, con todo cuidado, poniendo toda la carne en el asador. Estamos obligados a ello por imperativo vital, por ley de vida. No podemos evitarlo. Y para hacer nuestra vida no contamos con armas mejores ni más potentes que la inteligencia y la bondad, la sabiduría y el amor, la razón y la voluntad. Unidos, actuando en coordinación, ambos poderes, el intelectual con su luz y el amoroso o emotivo-volitivo con su calor, ímpetu y energía, son capaces de transformarlo todo. Tienen una potencia increíble. Todos, para poder vivir dignamente y hacernos personas, necesitamos tanto la luz intelectual, el resplandor que ilumina y despierta nuestra mente, como el calor del afecto, del cariño, de la amabilidad y la ternura. Necesitamos la luz que nos permite ver, conocer, entender y comprender el mundo en que vivimos. Pero necesitamos también amar y ser amados, querer y ser queridos, dar amor y recibirlo. Aunque muchos crean poder prescindir de tales cosas, nuestra más profunda naturaleza busca sentir el calor que vivifica, el fuego que despierta la pasión, el acicate cálido que entusiasma e incita a hacer grandes cosas. Necesitamos tanto la voluntad que quiere apasionadamente (queriendo con pasión a alguien con quien se siente vinculada o algo en lo que tiene puesto su ideal), la voluntad que quiere y se decide con fuerza, el Wille que se empeña y se compromete con valentía (que quiere comprometerse, que ama el compromiso y los retos), como la emotividad o sensibilidad capaz de amar todo lo que es digno de ser amado, capaz de emocionarse por lo que tiene verdadero valor, por todo aquello que vale la pena y es digno de atraer nuestra atención, por todo cuanto pueda dar sentido a la vida (desvelar, poner o crear sentido en ella). Para todo ser humano es fundamental ver con claridad y nitidez la realidad. Conocerla y comprenderla a fondo, de manera objetiva, sin ofuscación ni fanatismo, sin sombras ni engaño, sin deformaciones ni tergiversaciones. Es lo primero que necesita, pues sin ello no podrá aprender a vivir, tropezará sin cesar y fracasará en lo que más importa. La recta y justa visión de las cosas es la primera condición para acertar en cualquiera de las acciones o actividades que nos propongamos emprender. Necesitamos conocer y comprender la realidad para poder amarla. Pero al mismo tiempo necesitamos amarla para poder conocerla y comprenderla. Sólo se ama lo que se conoce, y sólo se conoce lo que se ama. Es el círculo virtuoso del amar-conocer. Tenemos que abrazar la realidad con una mirada a la vez inteligente y amorosa, sabia y tierna, para poder fundirnos con ella, conocerla a fondo y penetrar así en sus secretos y misterios. Una mirada penetrante, serena y relajada, que no deforme ni violente la realidad, como tantas veces ocurre, sino que la acaricie y respete. El amor afina y agudiza la visión. La fuerza emotiva, afectiva y volitiva, sobre todo cuando se manifiesta en forma de entusiasmo, ilusión y vibración creativa, hace que crezca sensiblemente nuestra capacidad visual. Vemos las cosas con más claridad y vemos más de lo que antes veíamos. Somos capaces de ver más allá del límite hasta donde llega la mirada ordinaria, viendo más de lo que los demás ven. Gracias a la calidez del amor que alumbra y enciende nuestra mente bondadosa nuestra visión se afina hasta tal punto que, unida a nuestra imaginación creativa, llega a hacernos visionarios. Una de las cualidades del líder: su capacidad visionaria. Emprendamos, pues, sin tardanza, con presteza, con decisión e incluso con entusiasmo, esta aventura cognoscitiva y afectiva, intelectiva y emotiva, pues nos va la vida en ello. Y hagámoslo empezando por nuestra propia realidad personal, que es lo que ante todo hemos de mirar de forma inteligente y amorosa, para proyectar después a la realidad que nos rodea esa misma mirada amorosa, inteligente, comprensiva y respetuosa, deseosa de conocer todo bien y a fondo, amándolo todo de forma sincera y generosa. Sólo así podremos llevar a cabo una acción creadora, renovadora y transformadora sobre esa realidad en la que estamos instalados y en la que se desenvuelve nuestra vida. Sólo así podremos cambiar el mundo en el que vivimos forjando un mundo mejor, más acorde con nuestros ideales, principios y convicciones. La tarea de limpiar, purificar y afinar la visión intelectual resulta prioritaria, pues de ella dependerá todo lo demás. Incluso para amar verdaderamente, para amar bien y como es debido, mi capacidad amorosa y afectiva ha de ser guiada por la luz y la visión de la inteligencia. Aun reconociendo la importancia capital que tiene el amor, como fuerza forjadora de vida y como pilar fundamental de la vida noble, se impone reconocer que sin la luz de la sabiduría, de la inteligencia y de la razón el amor se desvía llevado por el ímpetu mismo de los sentimientos, de la pasión y de la fuerza emotiva. El amor mal entendido suele degenerar en manifestaciones aberrantes, como son por ejemplo los celos, el amor posesivo que anula al otro, la violencia hacia la pareja o el suicidio ante una crisis sentimental (el llamado “suicidio por amor”, que fue tan extendido en la época del Romanticismo). Para amar en verdad, de manera correcta y sana, necesito ante todo saber lo que es realmente el amor, conocer las leyes o normas que rigen la vida amorosa y someter mi comportamiento a esas leyes y normas. Todo lo cual únicamente será posible si pongo en acción mi inteligencia y me abro humildemente a la luz de la Sabiduría, rectificando en consecuencia todo aquello que haya de ser rectificado en mi manera de ser, en mis actitudes y hábitos, en mi forma de ver las cosas y de comportarme. Y lógicamente, resulta indispensable que vea todo ello con claridad. Para vivir con plenitud, de forma digna, noble y feliz, tengo por tanto que cultivar con esmero y con el más exquisito cuidado esas dos columnas de mi ser personal que son la visión intelectual (la mirada clara de la inteligencia) y la capacidad de amar, esta última inseparablemente unida a la bondad. Únicamente tendré una vida satisfactoria si vivo de manera inteligente y bondadosa, sabia y amorosa. Para poder sacar fruto de la vida, para disfrutar realmente de ella, tengo que dejarme guiar por la luz de la inteligencia, escuchando la voz de la sabiduría y atendiendo también a lo que me dice mi conciencia, la voz de mi corazón; esto es, el susurro callado de mi bondad innata, la cual se halla en consonancia con mi inteligencia o, mejor aún, con mi más alto Intelecto. 7. La voz de la Sabiduría universal ¿Qué nos dice a este respecto la Tradición unánime de la Humanidad, la Sabiduría universal o Filosofía perenne? ¿Cómo enfoca esta importante cuestión el milenario legado sagrado y sapiencial de la Humanidad? Todas las doctrinas y tradiciones espirituales coinciden en resaltar la importancia de estos dos elementos –el intelectual y el afectivo o, según la otra perspectiva, el sapiencial y el amoroso y compasivo–, que suelen ser destacados como los constitutivos esenciales de la naturaleza humana. Ya la filosofía platónica nos presenta como dos ejes sobre los que ha de asentarse la vida humana, por un lado, la razón, la inteligencia, el Nous, que es “el ojo del alma”, cuya función y misión es la visión de las ideas, y, por otro lado, el amor, el Eros, que se perfila fundamentalmente como “amor al bien” y que constituye la fuerza que mueve al ser humano a hacer todo aquello que es realmente valioso, permitiéndole realizar lo que la visión de la razón le ha mostrado. Platón pondrá, por otra parte, buen cuidado en subrayar que los impulsos instintivos y emocionales deben estar en todo momento bajo el gobierno de la razón, que es el elemento dirigente dentro del alma humana. En una línea similar, aunque con un evidente descenso de nivel, Aristóteles pone especial énfasis en subrayar la necesidad de que dentro del alma humana la parte racional se halle en perfecto equilibrio y armonía con la parte irracional, afectiva, volitiva o desiderativa, aquella que quiere y desea, pues sólo así puede el hombre gobernarse y dirigirse a sí mismo, condición indispensable para lograr la felicidad. El querer, sostiene el filósofo ateniense, ha de estar siempre guiado por la razón, por el logos, que es el que nos muestra el fin al que debemos tender, así como el camino para alcanzarlo. No en vano, afirma Aristóteles, “el ser de cada hombre consiste en la razón”, y por eso el justo ama esta parte de sí mismo más que cualquier otra. Afectividad y racionalidad, deseo e inteligencia, han de marchar al unísono, pero bajo el mando del logos, que es el que permite al hombre alcanzar la sabiduría, la sophía. En la tradición budista se insiste en la necesidad de combinar las virtudes fundamentales de prajna, la sabiduría, y karuna, la compasión. Estos son los dos pilares básicos de la disciplina budista, en los cuales se manifiesta la verdadera naturaleza humana: el primero va referido a la parte intelectual, a la visión de la realidad, y el segundo nos remite a la dimensión emotiva y sentimental. Hay que hacer notar que, para la doctrina búdica, decir “compasión” es tanto como decir amor, bondad y generosidad capaz de abarcar a todos los seres, mientras que “sabiduría”, en la terminología budista, viene a ser equivalente de mente clara y lúcida capaz de ver las cosas tal como son, y no como una desearía que fueran (que es lo que hace la mente dominada por la ignorancia). Prajna y karuna, Sabiduría y Compasión –o Bodhi y Maitri, Despertar y Bondad, Conocimiento iluminado y Amor, un amor que es “voluntad de hacer felices y libres a todos los seres”–, son los dos atributos principales de Amitabha o Amidá, el Buddha de la Tierra Pura, que reina en el Paraíso del lejano Occidente, donde brilla el Sol de la Iluminación y donde todo resplandece como el oro. Amidá, a quien rinde culto la rama Shin o Yodó del Budismo Mahayana, es “el Señor”, el Padre-Madre, que libera con su luz y su bondad, cuyo simple nombre, al ser recitado con devoción, redime y salva al fiel que pone totalmente su fe en la misericordia y el poder redentor de este Buddha salvífico. Puesto que Amidá es el Señor y el Sol del Paraíso Occidental, una de las formas más usuales de meditar para los devotos de la rama Shin es colocarse en postura sedente mirando hacia el Oeste y contemplando el Sol que se pone en el horizonte, mientras se recita su bendito nombre. Con ello, el ser humano se llena de esa misma fuerza sabia y compasiva de Amidá. Prajna y karuna son dos “fuerzas universales”, los dos más grandes poderes con que cuenta el ser humano, afirma Christmas Humphreys en sus documentados y profundos estudios sobre la vía del Buddha. Pero prajna, “sabiduría trascendente” o “intuición divina”, no es tal, puntualiza el citado autor, hasta que no se traduce en una disposición de ayuda y auxilio compasivo hacia todo ser viviente. Y karuna, la compasión, no es en realidad sino “sabiduría en acción” (wisdom in action); sólo es real y efectiva compasión si se halla guiada por la correspondiente sabiduría, pues, de lo contrario, puede resultar peligrosa y perjudicial, de efectos muy negativos. Nuestra verdadera realidad, enseña el maestro zen coreano Seung Sahn, es “bondad espontánea”, “bondad innata”, una “naturaleza inmensamente compasiva dispuesta a ayudar a todos los seres”. Y añade que dicha bondad va unida a una “mente clara”, “la mente pura y limpia”, en la cual se refleja la verdad. De la unión de ambas fuerzas resulta la belleza, la belleza de la vida, la belleza interna y externa de la persona, la belleza que rebosa sabiduría. En estas tres palabras, con la honda realidad que encierran, está la clave de la vida libre, saludable y feliz: verdad (jin), bondad (song) y belleza (mi). En el Zoroastrismo, la religión de la antigua Persia, el Ser Supremo, Ahura Mazda, “el Señor de la Luz” (Ahura = Señor, Mazda = Luz o Sabiduría), que se halla simbolizado por el Sol, es descrito como el Creador de todo lo que es bueno. El Orden universal ha sido creado por Ahura Mazda, que le da vida, lo sostiene y mantiene con su Sabiduría y su Amor, personificados por dos de las potencias divinas que son, respectivamente, Vohu Manah (“la Buena Mente”) y Spenta Mainyu (“la Inspiración benefactora” o “la Bondad activa”), las cuales se hallan también presentes en el ser humano. Misión del fiel mazdeísta es luchar sin cesar para mantener ese Orden sagrado, sabio y bueno, combatiendo contra las fuerzas del mal, la oscuridad y la mentira. Para ello cuenta con las dos grandes fuerzas que le vienen de Dios, de Ahura Mazda: la inteligencia y la bondad, la mente lúcida y la inclinación a hacer el bien. La ética zoroástrica anima a cultivar ante todo esa Vohu Manah o “Buena Mente” que lleva dentro de sí como herencia divina y que se nutre de la Verdad. Como explica R. P. Masani, en un libro ya clásico sobre la religión de Zaratustra (o Zoroastro), Vohu Manah significa “el genio del buen pensamiento, la más alta pureza mental que es capaz de alcanzar un ser humano”. Pero, al mismo tiempo, la ética mazdea recomienda cultivar virtudes como la actividad combativa al servicio del bien, la generosidad, la compasión (definida como “atributo y gloria suprema de los fuertes”) y la caridad (existiendo el mandato de “ayudar al prójimo que vive rectamente y con mente buena”). Un texto sagrado lo afirma tajantemente: “El sufrimiento y la desgracia caerán sobre aquel que carece de sentimientos caritativos”. Y en otro lugar se aconseja con no menos énfasis: “Sed sumamente benéficos [o benefactores] como lo es el Señor Ahura Mazda con su Creación”. El Taoísmo chino nos habla insistentemente de la Sabiduría y el Amor con que el Tao cuida de todos los seres del Universo, surgidos de su seno materno y envueltos tan sabia como amorosamente en él, lo que hace posible la armonía universal. El sabio taoísta se nos presenta como la síntesis viviente de esa conjunción de Amor y Sabiduría, reflejándose así en su vida y su manera de ser el esplendor grandioso del Tao, todo ello plasmado en una actitud ante la vida llena de paz y armonía y sellado por una sonrisa que abraza tiernamente al Universo entero. Podemos ver concretado este aspecto de la cosmovisión taoísta en la doctrina del Yin y el Yang, que tanta importancia adquiere en la cultura china. El Yang, el polo masculino, viene a equivaler a la luz, la inteligencia, el resplandor de la Sabiduría, el Cielo que ilumina, todo lo cual se presenta como fuerza vertical, mientras que el Yin, el polo femenino, está más bien relacionado con el amor, el calor de la afectividad, la delicadeza y la ternura, cosas todas ellas ligadas simbólicamente a la oscuridad, ya sea la oscuridad de la noche o la del seno de la Madre Tierra (la cueva o gruta donde se refugia el sabio taoísta teniéndola como hogar), que se corresponde a su vez con el elemento horizontal. Es Yang la fuerza lógica y racional, el eje o principio viril que con su verticalidad y rectitud jerarquiza, pone orden y aclara las cosas. Es Yin el principio femenino que abraza con cariño materno, de forma tierna y compasiva, asumiendo perfiles curvos para acoger y abrazar con más autenticidad, de manera más plena. Yin y Yang, Amor y Sabiduría, son las dos mitades que deben volver a encontrarse dentro del ser humano para que éste recupere su unidad, su integridad, la plenitud de su ser. La unión del Yin y el Yang, representados dentro de un círculo, como dos mitades o dos fuerzas fraternas, una de color blanco y otra de color negro, que se interpenetran, se atraen, se abrazan y funden entre sí como en un continuo movimiento unitivo y envolvente, forma el símbolo del Tai-Chi (o Tai-Ki), el bello y potente emblema del Tao. Esta figura circular, en la que queda plasmada simbólicamente la unidad o totalidad perfectamente integrada, la “síntesis de los opuestos” o, más bien, la fusión de los polos complementarios, puede interpretarse, en la perspectiva que aquí nos interesa, como la armonía plenamente lograda de la Sabiduría y el Amor. Con respecto a los colores simbólicos de las dos mitades del Tai-Chi, blanco y negro (aunque también puede ser a veces rojo y azul oscuro, como en la bandera de Corea), cabe señalar que el color blanco representa la luminosidad, la claridad, el resplandor diurno que nos permite ver las cosas, la luz del amanecer que nos hace despertar (el despertar o nacer a la vida inteligente), mientras que en el color negro podemos ver figurado el manto maternal de la noche que nos envuelve amorosamente para que podamos dormir y descansar (tendidos en posición horizontal) y cuya brisa nos acaricia con ternura, sembrando el alma de sutiles e inspirados mensajes, para que así puedan luego brotar y salir a la luz con fuerza creativa las grandes ideas. En la tradición hindú la disciplina espiritual o sadhana, en cualquiera de los distintos caminos que se ofrecen al ser humano según su vocación y temperamento, se esfuerza por coordinar los dos elementos fundamentales que son Vidya, la visión intelectual, la visión sabia y certera, que tiene como fruto la cualidad llamada viveka, “conciencia discriminante” (o sea, la capacidad de distinguir o discriminar entre lo real y lo ilusorio, entre lo verdadero y lo falso, entre lo valioso y lo carente de valor, entre lo esencial y lo accesorio o superfluo) y que culmina en el Jnana, la Gnosis o supremo Conocimiento, y Prema, el amor, el cariño y el afecto, que tiende a asumir la forma de devoción, de entrega total, de sacrificio y ofrenda, culminando así en la Bhakti, el camino del amor místico y la entrega plena a la Divinidad. La presencia de estos dos valores tan esenciales se considera una condición indispensable para cualificar a un guru o maestro espiritual. Como certeramente indica Richard Freeman, en un excelente libro sobre los fundamentos del Yoga, los auténticos gurus poseen una aguda intuición o penetración intelectual (insight) que va unida a un gran amor hacia todo ser humano, “un amplio y firmemente arraigado sentido de la compasión”. Swami Muktananda, en uno de sus bellos poemas, exclama: “Cuando tu intelecto se vaya afinando [se torne sutil], / se fundirá con el Testigo interno. / Te unirás con amor, / y beberás el néctar de la devoción”. Sin amor, enseña el mismo Muktananda, todo se reduce a cero, incluso un sabio o un yogui sin amor no es nada, es igual a cero; pero con el amor uno puede llegar a quedar establecido en la experiencia del “Yo soy Eso” (So’ham), que es la cima y la esencia de la Sabiduría, teniendo una consciencia continua de esa identidad profunda con el Ser, con Eso, con lo Absoluto, “después de alcanzar el entendimiento correcto de ello”. La misma visión de la unidad entre la Sabiduría y el Amor, o entre la Inteligencia y la Bondad, encontramos entre los pieles rojas de Norteamérica, que ven en la bondad y sabiduría de Wakan Tanka, “el Gran Espíritu”, “el Padre que está en los Cielos”, con su amorosa atención hacia todas las creaturas, el modelo a seguir por el hombre en su peregrinar terreno. El guerrero sioux, comanche, cheyenne, crow, arapaho, pawnee, creek, piesnegros, dakota o apache sabe que, para poder cumplir su destino y misión en esta Tierra, ha de comportarse con la misma solicitud sabia y amorosa hacia la Creación entera, con la misma ternura y el mismo respeto hacia todos los seres. A los “rostropálidos” con los que se vieron enfrentados en condiciones tan trágicas, los indios echarán en cara –además de mentir, no respetar su palabra y no cumplir con lo prometido (tener una lengua bífida)– y que no aman a los seres con los que conviven en la Naturaleza, que no aman ni respetan a la Madre Tierra, lo cual, a su juicio, constituye un comportamiento poco inteligente, siendo un síntoma de impiedad, de estupidez y de ignorancia. Conviene no olvidar, a este respecto, que en la teología cristiana, Sabiduría y Amor, aparecen como los dos atributos o aspectos principales de Dios. Son las dos cualidades esenciales de la Realidad divina, del Sol eterno: la Luz y el Fuego, la luz de la Sabiduría y el fuego del Amor. Al igual que el Sol, el Astro rey, está formado por la unión de luz y fuego haciendo posible la vida sobre la Tierra con la luminosidad y el calor que irradia, Dios, el Sol divino y eterno, crea y mantiene también el Orden universal mediante la Luz y el Fuego que emanan de su ser. Como Sol sobrenatural, ilumina el Universo con la Luz de su Inteligencia y Sabiduría, al tiempo que lo mantiene en vida y en orden con el Fuego de su Amor y su Bondad. De ahí que el Sagrado Corazón, símbolo del Centro del Cosmos, sea representado rodeado de rayos luminosos y de llamas, los rayos de la Sabiduría divina que iluminan la inteligencia humana y las llamas del Amor que confortan y purifican el alma del hombre. Y puesto que el ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios, en él han de estar también presentes esas dos cualidades, configurando su misma esencia, su ser más íntimo. Comentando la doctrina de Santo Tomás de Aquino y resumiendo su hondo contenido filosófico y teológico, el teólogo Réginald Garrigou-Lagrange escribe: “Dios es como el Sol que debe esclarecer nuestras inteligencias y nuestras voluntades en su ascensión hacia la vida eterna, hacia la visión inmediata de la Esencia divina”. Sin la presencia y la acción de ese Sol superno no podrían funcionar como es debido ni nuestra inteligencia ni nuestra voluntad. De Él viene toda la fuerza, la energía y la inspiración que nos permiten no sólo conocer, entender, comprender, pensar y razonar, ver y aprender, sino también querer, amar, desear, decidir, actuar y movernos dentro del orden. Sin abrirnos a su influencia sabia y amorosa nos será imposible iluminar y calentar nuestras vidas, dando luz y calor a cuanto nos rodea. Santo Tomás de Aquino ha mostrado que el intelecto y la voluntad se necesitan entre sí. No sólo se necesitan, sino que se condicionan y se ayudan para llevar a cabo sus funciones respectivas. “Estas dos facultades se envuelven recíprocamente”, afirma en el tratado De Virtutibus. Señala que unas veces es el intelecto el que precede a la voluntad y la mueve, pero otras veces es el intelecto el que sigue a la voluntad, siendo movido por ella para conseguir la perfección en su ejercicio. El Aquinate subraya cómo las virtudes del intelecto (inteligencia, ciencia, sabiduría, arte y prudencia), no pueden existir sin el apoyo de la voluntad. Para que la inteligencia se desarrolle y actúe como es debido, no basta estar en condiciones de conocer la verdad, poder captar o ser capaz de conocer esa verdad que es el bien del intelecto, hay que querer además conocerla, hay que estar decidido a abrirse a ella y a aceptarla, hay que amar la verdad. Es necesaria la intervención de la voluntad. Hay que tener voluntad de verdad. De la misma forma que para obrar bien hay que tener la voluntad de hacerlo; no basta con conocer los principios de la acción buena, justa y correcta. El benedictino Augustine Baker, místico inglés del siglo XVII, recomendaba tener muy en cuenta, a la hora de emprender el camino espiritual, los dos factores que intervienen en la vida de todo ser humano: el conocimiento y el sentimiento, el entendimiento y la voluntad, los pensamientos y los afectos (knowing and affecting). Por un lado, “las afecciones de la voluntad” y, por otro, “la razón y la imaginación”. Baker subraya que para lograr “un alma con buena mente” (a well-minded soul), la sensualidad ha de estar sometida a “nuestra razón superior” y “nuestra superior voluntad”, las cuales deben poner orden en el caos provocado tanto por los deseos sensuales como por la inestabilidad y obstinación de la imaginación. Tenemos que guiarnos por “la luz de la razón”, pero sobre todo hemos de abrirnos a “la clara y superior región de la luz”, donde resplandece “la luz divina” (divine light) y arde “el amor divino” (divine love). Sólo así será posible que brote en nuestra mente esa “luz interior” (internal light) que es consustancial a la vida espiritual, y que va inseparablemente unida al amor, pues “la medida de la luz” depende de “la medida de la caridad”. También Benjamin Whichcote, eminente filósofo inglés, integrante de los llamados Platónicos de Cambridge, grupo intelectual de gran altura que enarboló la bandera de la sabiduría y la tradición espiritual frente al ambiente de agnosticismo y racionalismo que comenzaba a apoderarse del alma de la nación inglesa en el siglo XVIII, insiste en el imperativo de unir “la perfección de la bondad” a “la perfección de la sabiduría”, y como resultado de ambas “la perfección del poder”, para llegar a la unión con Dios, que es tanto como decir conseguir “el bien más principal” y lograr la vida plena y feliz. 8. No hay inteligencia sin bondad He aquí, pues, los dos resortes que nos han de permitir enfocar nuestra vida con acierto y vencer todas las dificultades que encontremos en el camino: sabiduría y amor o, lo que viene a ser lo mismo, inteligencia y bondad. Si nos alejamos de cualquiera de estos dos polos o ejes, si no los desarrollamos o dejamos que se apaguen, nuestra vida se volverá inhumana, triste y deplorable. Gracias a la sabiduría y la inteligencia podemos comprender la estructura y sentido del mundo real, entender el funcionamiento de la Vida y del Universo, descubrir la relación o conexión entre sus diversos aspectos, niveles y dimensiones, así como las leyes y normas a las que están sujetos los distintos planos de la realidad, pudiendo así adecuar nuestro comportamiento a dicha realidad y conseguir por tanto la mayor eficacia en todas nuestras acciones e iniciativas. Gracias al amor y la bondad nos esforzaremos por conseguir todo lo bueno, lo verdadero y lo bello que nos sea posible y nos entregaremos sin titubeos a la realización de los más altos valores, aquellos que hacen la vida digna de ser vivida. Amor y bondad nos impulsarán a la búsqueda del bien en todo instante, tanto para los demás como para nosotros mismos, sin lo cual nuestra vida quedaría sin sentido. Conviene precisar que, ya nos fijemos en uno u otro de estos dos binomios positivos y vivificantes, se trata de dos fuerzas que, como antes decíamos, se complementan, necesitan y apoyan mutuamente, no pudiendo darse la una sin la otra. La inteligencia necesita de la bondad para ser realmente tal, para funcionar bien y ser una buena inteligencia, al igual que la bondad requiere de la inteligencia para estar realmente centrada en el bien, para no desviarse y convertirse en una falsa bondad. Sabemos hoy con toda claridad que, como dice Julián Marías, la inteligencia tiene raíces morales; es decir, que se alimenta del bien: una manera correcta de actuar y de vivir despierta, estimula y aviva la inteligencia. Una conducta incorrecta, inmoral, desconsiderada, irresponsable o arbitraria, que no se atiene a lo que debería ser normativo para ella, hará que la inteligencia se eclipse, se ofusque o se entenebrezca no pudiendo funcionar con toda la claridad, la agudeza y el acierto que son propios de su naturaleza. De la misma manera la sabiduría no puede existir separada del amor y de la bondad, que son su caldo de cultivo, su raíz o savia vivificante. No es concebible un sabio lleno de odio o de maldad. Su misma actitud odiosa, malvada o perversa, demostraría que es muy poco sabio. El amor y la bondad son el terreno en el que germina, crece y florece la vida sabia. El amor, a su vez, necesita de la sabiduría para ser verdadero amor, para crecer y encauzarse como es debido, para no descarriarse en posturas desviadas y dañinas que, como tantas veces hemos podido comprobar en la vida, constituyen formas equivocadas de amar, las cuales en vez de crear bien y bondad causan malestar, daño y dolor, tanto en uno mismo como en el prójimo al que uno dice amar. No hay inteligencia verdadera que no esté animada, encendida y avivada por el calor del amor, por la llama viva de la buena voluntad, por el fuego de la pasión positiva y benigna, por la temperatura afable de la benevolencia y la bienquerencia. Y no hay verdadera bondad que no esté iluminada por la luz de la inteligencia, por el resplandor de la Sabiduría. La mía sólo será una buena inteligencia, si es una inteligencia buena, llena de bien y de bondad. Y no tendré verdadera bondad en mi persona, en mi comportamiento y en mi vida, si no soy inteligentemente bueno, si adopto ideas o actitudes necias, estrafalarias o caprichosas, irracionales o poco sensatas. Sin el fuego del amor, la inteligencia se volvería no sólo fría, egoísta y estéril, sino también obtusa y cerril; poco o nada inteligente, en suma. Y resultaría, sin lugar a dudas, problemática, peligrosa y temible, quedando en simple astucia o listeza egoísta, capacidad mental para manejar datos, para engullir saberes, para ganar dinero, para escalar puestos o acumular poder. Algo quizá muy valioso para medrar y salir adelante en la dura lucha existencial, que me puede ayudar a quedar por encima de los demás en la refriega cotidiana, pero que resultará más bien nocivo para mi propia vida personal, para mi integridad y mis propios intereses íntimos, juzgados desde una alta perspectiva. Por su parte, la bondad, sin la luz intelectual, degeneraría en otras cosas que de bondad sólo tienen la apariencia: estúpida y ñoña sensiblería, blandengue sentimentalismo, simpleza atolondrada, moralismo superficial o hipócrita. Carente de la orientación que proporciona la sabiduría, la bondad corre el peligro de devenir en simple buenismo, el cual a su vez suele servir de máscara o disfraz para la maldad, para la mala conciencia o las malas intenciones. Privada del necesario apoyo de la inteligencia y la sabiduría, las buenas intenciones y los buenos propósitos pueden dar lugar a muchos males, que después habrá que lamentar y será difícil corregir. Una buena inteligencia sabe ver la importancia de la bondad y del amor, para los que descubre continuas posibilidades nuevas y nuevos caminos. De la misma forma que la auténtica bondad se entusiasma por lo que la inteligencia le muestra, por lo que la inteligencia ve y tiene que ver, por aquello que esta última está llamada a descubrir o desvelar, sirviéndole así de acicate y estímulo. Procuremos, pues, cultivar al máximo, con todos nuestros medios, esos dos pilares tan decisivos, desarrollándolos de manera inteligente y amorosa. No descuidemos ni un solo instante para afianzarlos bien en nuestra persona, en nuestra manera de ser y de vivir, pues de ello dependerá el logro o malogro de nuestra existencia, la felicidad o la desgracia que nos esté reservada. [NOTA: Seguiremos con este tema en una próxima entrega.]

http://www.antoniomedrano.net/doc/Medrano%20Antonio%20-%20Dos%20pilares.pdf

SANTA LITURGIA EN JERUSALÉN-

5 mayo, 2015

martes, 5 de mayo de 2015

SANTA LITURGIA EN JERUSALÉN- LA MONJA EGERIA- NUEVO CANTO A TERESA DE JESÚS

SANTA LITURGIA EN JERUSALÉN- LA MONJA EGERIA- NUEVO CANTO A TERESA DE JESÚS

LITURGIA EN JERUSALÉN

 

De lo que debió de ser la vida en Jerusalén en las primeras centurias dan cuenta las relaciones de una monja peregrina de origen español llamada Egeria. En la iglesia de la Resurrección o Anastasía los fieles se reunían toda la noche hasta el canto de los pollos (pullorum cantum) para asistir a las celebraciones presididas por el patriarca y toda su corte episcopal de presbíteros, diáconos y coros.

 

Era una divina liturgia cantada a varias voces con la intervención solemne de las vírgenes o “parthenae” y los monjes de vida consagrada. Se observa que el nacimiento de la liturgia, que en griego significa servicio público, va aparejado con el monacato. La castidad era un aditamento para los pueblos de origen sincretista, un adorno de la perfección personal. No ocurre lo mismo a este respecto con los judíos quienes a diferencia de los griegos y los romanos veían la esterilidad como una maldición de Dios. Estamos abocados al círculo místico y sin una explicación preternatural nadie podrá salir del laberinto. La fe nos conduce siempre al símbolo en un intento por conciliarse con la razón.

 

Para explicar nuestras creencias hemos de acudir a lo inefable. Por eso la religión, que nos ata a lo desconocido, tiene que ver con las fuerzas misteriosas de la vida. Una de ellas será la música y el arte del canto. Para que estas reuniones del ágape durasen desde la salida de la luna hasta la aurora algún acicate debería de haber para sostener el fervor y el interés de los congregantes. La magia vendía dada por algo que ha sido privativo de la iglesia primitiva instituida por Jesús, adorno del que adolecen sus hermanas, la mezquita y la sinagoga, el Christos músicos, el sueño de la belleza eterna que baja a la tierra y permite al hombre participar de la dicha perenne.

 

Desde los primeros siglos los ojos cristianos tornaron a oriente de donde toda luz nace. Así la salmodia cristiana tiene que ver en su simplicidad con los versos áureos que repetían mecánicamente los pitagóricos y los vedas hindúes, sin comprender su significación. Los monjes se sabían de memoria y repetían como papagayos las palabras pero esta simplicidad hacía más efectiva la plegaria porque obraba maravillas en los que practicaban este tipo de oración: la vuelta al centro, sentirse en presencia de Dios, comunicarse con ese testigo que todos llevamos inscrito en algún repliegue de nuestra psique. Es en Jerusalén donde se origina toda esperanza. Hacia allí el alma del orante revierte.  El nihilismo se ha encargado mediante las guerras que todos conocemos de echar a pique esa esperanza utópica en un mundo mejor mediante el amor y la caridad, desplazando a los cristianos de sus sedes y haciendo que la Ciudad Santa sea una cuestión sangrienta entre árabes y judíos, entre Mahoma y Moisés. Nunca del Hijo de Dios que padeció allí muerte de cruz. La cruzada lanzada por los jerarcas de Absterburgo, muy bien preparada y orquestada de antemano con múltiples mentiras, no tiene por objetivo el islam sino más bien apunta a la  supresión del cristianismo. Está claro que quieren borrar la memoria de alguien que les estorba. Pero por mucho que se empeñen y estén tratando de dar vuelta a los libros santos, borrando aquellos pasajes bíblicos que les sean impropicios, se cumplirán los dictámenes de Isaías que advierten a los secuaces del Gran Cofrade: “Dominus ex ligno regnabit”(el Señor imperará desde el leño). No se frustrarán a pesar de todo nuestras esperanzas porque lo que está pasando en la Jerusalén de 2015, ocurría  ya durante el mandato del Tetrarca que mandó degollar a los inocentes, y su comportamiento ratifica la profecía cristiana de “no vine a traer la paz sino la guerra”. Las matanzas y demoliciones que observamos de palestinos y de sus propiedades a cargo de tanques y excavadoras israelíes son un corolario al comportamiento de Herodes. El odio a Jesús sigue vivo. Se está estrechando el círculo. Se acaba el tiempo. Estaba escrito. Convendría, por tanto, enfrascarse en la lectura de aquel primer reportaje de lo que acontecía en Palestina en el siglo IV narrado por esta peregrina española, una sosias de monja andariega e inquieta al estilo de Teresa de Cepeda y Ahumada con diez siglos de antelación que acude a los pies del Santo Sepulcro atraída por esa cruz de Constantino que había aparecido con engastes de piedras preciosas y que pudo conocer también santa Teresa en una de sus visiones en los terraplenes del Calvario.

 

El emblema del dolor y de la ignominia se convierte así en presea de salvación. El Señor reinará desde el leño, símbolo de nuestra fe. Cristo sacerdote se alza en triunfo sobre las colinas y sus discípulos a lo largo de los siglos irán buscando sus huellas.

 

Sabemos que triunfó sobre el mundo, el dolor y la muerte y que  ese triunfo y esa presencia se materializan todos los días en la eucaristía. No convendría, por tanto, perder de vista esta preeminencia. La liturgia es símbolo en el cual convergen la tradición y el dogma así como los tres niveles del Cuerpo Místico que desde la aurora hasta el ocaso y de forma ininterrumpida a lo largo de las cinco partes del orbe se concelebra con los ojos puestos en el lugar de la tumba vacía. La iglesia de la Resurrección jerosolimitana sea nuestra quibla. El punto de orientación referencial de los que siguen esta creencia.

 

Existe una interacción entre este iglesia peregrina y la Jerusalén celeste.  Todas las manos se juntan en la misa el rito de iniciación de los elegidos. En contra de los supuestos que se manejan ahora mismo por el diablismo que nos envuelve quizás la oración litúrgica debe de ser mucho más agradable a los oídos del todopoderoso que la que nace del fervor individual y subjetivo porque se hace confesión pública, es testimonio de adoración general y posee un carácter colectivo que une a los habitantes de este mundo con los vecinos de esa Ciudad de Dios a la cual aspiran los devotos. Allá se dirá una misa que nunca se acaba. Ya estarán de más los testimonios y martirios. El recuerdo de esta presencia físicas de los primeros fieles que vio santa Egeria hace revivir las enseñas de la Panagia o asambleas de todas la noche a lo largo de los cuatro cuadrantes  en que dividían el tiempo los romanos desde la puesta del sol hasta los clarores del alba matutina: vísperas, prima vigilia, media noche, alectorias (canto del gallo).

 

Cuando escuchaban el grito rompedor del primer masto, los bautizados se apresuraban hacia el ara de la confesión, en reminiscencia de la apostasía del pueblo judío que por boca de san Pedro en el pretorio negó al Mesías prometido.

 

No le conozco a ese galileo. El eco de semejante traición seguirá esparciendo sus vibraciones sonoras a lo largo de las profundidades de la noche de la historia. Es el síndrome de la casa vacía. Cuando canta el gallo, el primer discípulo por miedo a los del sanedrín, llevado de miras interesadas o tratando de salvar el pellejo, volvió sus espaldas al maestro.

 

Ese pecado se rememora cada madrugada. Durante muchos siglos los monjes que han sido y serán abandonan el lecho y se alzan para honrar a Dios y rogarle se apiade de aquel primer pecado.

 

He aquí el sentido de la primera de las horas canónicas: maitines. Lavar la culpa de aquella primera negación, reconociendo que con san Pedro todos hemos cometido falta. La Iglesia durante dos milenios ha estado rindiendo culto de alabanza, impetración y expiación al Verbo Encarnado. Sus voces han santificado la media noche, que es la hora bruja, la de los grandes fantasmas. Vigilad y orad. De esa forma nos hemos sacudido el yugo del tentador.

 

En algunos ritos como el sirio caldeo a este primer canto de los pollos se le reconoce como el “galinycion”, pero en la tradición occidental se le puso otro nombre: el lucernario, un oficio que se divide en siete nocturnos o lecciones a su vez. Pero la tarde de Viernes Santo se denomina “tenebrario”. Es la única vez en que se apagaban todas las luces, lucernas, del templo, para recordar la hora en que el Ungido expiró en el palo.

 

La jornada se establecía conforme a la clepsidra griega en cuatro etapas: prima o con la fresca, tercia con el sol en sus comedios, sexta o luminosa, nona al empezar la tarde. Con lo que se suman ocho partes entre diurnas y nocturnas. Así separaban los romanos sus días. El origen de este vocablo viene de Διες (dios) y el Dios eminente para la concepción olímpica grecolatina era Júpiter tonante, Zeus, el autor de la luz y el que separaba la claridad de la sombra. El cristianismo hereda esta disposición heliocéntrica y el heliotropismo del Breviario Romano es cosa notable. Sus más hermosas composiciones son aquellas que cantan a la luminaria triunfante (Iam lucis orto sidere Deum deprecemur supplices ut in diurnis actibus, etc.) y se compara a Cristo con Zeus y a su símbolo, la cruz, con sus rayos que esparcen calor y vida al género humano. Estamos pues ante una religión estaurocéntrica o solar- el judaísmo y el mahometismo son lunares- que nos recuerda a las divinidades zoroástricas para diferenciarlas de las selenitas. La gran diferencia entre el judaísmo y el cristianismo es que la primera computa el tiempo por la luna y la segunda tiene un carácter febeo. Tal matiz las diferencia en todo. Los sarracenos copian de los judíos esta inclinación por la libración sicigia. Fascinados por la erección del disco plateado que han convertido en enseña de su credo han hecho bandera del engaño, la equivocación y el error. El islam camina bajo el halo de la luz refleja de la casta Selene.

 

Volviendo a la raíz de las palabras no olvidemos que selenosis vale en castellano tanto como mancha, mentira y falsos testimonio. Talmúdicos y sarracenos son pueblos, pues, selenógrafos. No miran a la luz cara a cara sino a través del espejo. Éste es otro de los grandes dramas de la historia universal pero no nos vamos a detener a meditarlo nuevamente pues doctores tiene la Iglesia y esto así nos parece caiga quien caiga: la verdad no puede hacer buenas migas con la falsía ni se pueden uncir los antípodas sin contratiempo. Aunque hay quienes se empeñan en dar coces al aguijón e ir contra lo que resplandece bajo el meridiano de Greenwich.

 

Teresa por su parte hace su reforma pensando en Jerusalén, la ciudad de la que vinieron sus padres y a la que ella desea volver enarbolando la bandera de las vírgenes prudentes tras las huellas del Esposo. Quiere regresar a una tradición eremítica que se remontaba al Antiguo Testamento al pie del Sinaí cerca de la fuente donde fueron arrebatados en carne mortal Elías y su discípulo Enoj.

 

Eran las veras esencias del yermo donde las dos tradiciones, la mosaica y la cristiana, se ayuntan. Proponía un regreso a las veras esencias para proclamar la fe en asamblea con cítolas y péñolas, en concento de voces bien acordadas, de la que salgan alabanzas día y noche.

 

Conserva la regla de coro de los primeros solitarios de estos cenobios de Cesárea y la Tebaida y promulga que el oficio divino sea celebrado en comunidad pero “sin mucho regalo” y que la salmodia fuese sencilla y “por entonación, no por puntos”, pues pretendía que sus discípulas suprimieran todo lo externo y superfluo para ganar profundidad y simplicidad. La liturgia que se cantaba en Jerusalén debió de ser un regalo de los sentidos hasta el punto de que pudo caber la sospecha entre los rigoristas que su gran belleza corría convertirse en el fin no en el medio de  entonar las preces. No era del todo cierto esa suposición pero Teresa la adopta. De todo aquello queda todavía algo en los largos oficios de Pascua del rito eslavónico bizantino.

 

Hoy por ejemplo nos sigue extasiando a los que hemos percibido alguna vez ese aroma y esplendor del Ungido los “troparios” y acordes del ceremonial griego. Sin embargo no nos dice nada por ejemplo un Mozart, con ser sus partituras insuperables o cualquier concierto de esos que ahora utilizan a las iglesias por teatro. Se trata de composiciones perfectas pero les falta eso que anima lo que estaba dentro y que era la emanación del Cristo mismo.

 

Abundando en esto, diremos que nos parece que hay melodía más sublime, a pesar de su sencillez melódica, que la narración cantada que se hacía de la Pasión según san Mateo en las iglesias medievales a tres voces.  Los puericantores de Viena, muy bien, pero sin sacramento, sin celebración eucarística, el mensaje queda tronzado y a medio gas.

 

La Santa, insistimos, guarda la norma del coro en comunidad, algo que otras ordenes que surgen en la contrarreforma, como los jesuitas, suprimen, pero manda que el oficio sea rezado y cantado pocas veces para no dar puerta a la tentación de la vanidad.

 

Quiso que se salmodiara pero sin demasiados requilorios ni el entusiasmo del querubín del que hablan los padre griegos y prohibió de sus conventos las antífonas y los estribillos. La mayor parte de las profesas desconocía el latín. Se aprendían de memoria el salterio y repetían sus dípticos una y otra vez. Pero la mística doctora lo hablaba y escribía perfecta como demuestran sus escritos.

 

Antífona en gr significa oposición de dos voces. Cuando san Basilio en el 317 funda su primer eremitorio introduce en su regla el oficio en común de las horas canónicas (prima, tercia, sexta, nona, vísperas, completas, maitines y laudes) y establece un canon litúrgico que había de repetirse en las asambleas de la comunicad a lo largo de los doce meses del año. Fue este santo varón, gran artista, el autor de la mayor parte de las partituras de las misas de medianoche, herederas del ágape romano y de los banquetes funerarios. Este culto público, con algunas variantes, puesto que cada monasterio tenía motu propio, irradia de Antioquia, Bitinia, Siria la Siria de san Efrén hoy tan castigada y mártir, Cilicia y Cesarea donde estaba la provincia de Jerusalén particularmente.  De este epicentro se esparcen ondas de circunvolución eucológica ex solis orto usque ad occassum (del naciente al ocaso) a todo el orbe cristiano. Es la fe viva, llama perenne como la de aquellos fanales de mecha incombustible que iluminaban como si fuera de día las paredes del templo del Santo Sepulcro. Es la antorcha que por mucho que azote el viento jamás se apaga, candela incandescente. Es el resplandor que imparte el pregón pascual al grito del diácono que encabeza la procesión en la noche de Sábado Santo repitiendo bajo el hachero la eterna consigna del Resucitado: “Lumen Christi”. “Ad lucem per crucem”.  Hasta la luz a través de la cruz.

 

No hay devoción más grande ni oficio divino mejor cantado, apto para estos tiempos de tinieblas que nos embargan que el que se imparte en esa noche santa. El diácono que lleva el cirio en la procesión es también el que porta las claves. Potestas clavium.  El cielo y la tierra pasarán pero mi palabra no pasará.

 

Consigna mayor no puede haber ya. La vida cristiana consiste en una vigilia perenne. Hay que estar preparado porque la segunda venida puede acontecer en cualquier instante.  Que nunca se extinga el pábilo de esa palmatoria que aunque tenue encandila la noche de la fe. Como si la noria de la historia hubiese perdido el compás o nos deslizáramos a lomos de un trineo sin riendas por el tobogán loco todo parece sujeto a la gravitación de un vértigo misterioso. ¿Sonará la trompeta? No sopléis sobre contra candela.  Que seáis faro que guía. Confortables candelabros que envíen rayos y no fauces lóbregas del precipicio. Los centinelas no han de bajar la guardia. Vigilate et orate ut not intretis in tentationem.

 

Estas recomendaciones del Salvador marcan el origen del monacato en lo que tiene de rigor y de parsimonia, de renuncia a la voluntad propia para acatar la común.

 

Las Horas eran las diosas del Olimpo, hijas de Temis y de Júpiter rectoras de los cuatro elementos secantes de la divisoria del cómputo del tiempo.  Algo inasible, inaprensible que sólo se puede comprender parcelándolo. El tiempo no existe porque es el eco del movimiento perpetuo y de la fuga perpetua. Sólo se entiende dentro del convencionalismo. En un hablar por hablar. En un decir amen.

 

Las hijas de Zeus imperaban sobre las agujas monacales del horologium, administraban cada una de las partículas y gotas de la clepsidra y del reloj de arena y señoras del Olimpo administraban la economía de las cuatro estaciones. Hay en todo esto algo agrario, telúrico, ancestral. Ellas presidían los ciclos de la fecundidad o llevaban a Eolo del ronzal airado permitiéndole soplar cuando  haga falta.

 

Hic apellant lykinion quod nos dicimus lucernas”, nos informa la monja viajera. Las Horas son también emperatrices del dietario eclesial. A cada una de ellas corresponde un himno, una antífona, un salmo y el conjunto de rezos que corresponde a un día lo llaman reato. Al que estaban obligados todos los miembros del iglesia desde el último subdiácono hasta el papa bajo pena grave. Es como una rueda. La oración constante de la que habla san Pablo y que propugnaban los monologios.

 

El Breviario al igual que el reloj y las inclinaciones del equinoccio consta de cuatro mitades: Berna, estivo, autumnales y hiemales. (Primavera, estío, otoño, invierno) Es un ciclo con cuatro secantes. Movimiento binario estricto en sus intercadencias de rotación y traslación. No hay aguas pandas en el lago místico; antes bien, evolución sin tasa, agitación constante, lucha y guerra perpetua. Un curso o periplo que asume el alma cristiana en el camino de perfección.

 

El iniciado o adepto trata de imitar evoluciones y revoluciones de la misma naturaleza. El carro nunca para aunque lo parezca y esto es señal de bienaventuranza. Las Horas eran doce diosas mitológicas. Cada una de ellas tenía una misión cumplir en el orden cronológico. Pero las horas canónicas se reducen a ocho. Aquí otra vez el número áureo de cabalística intención y a cada una de ellas le corresponde una plegaria diferente para cada uno de los instantes de las 24 horas del día dentro de los 365 del año.

 

Estamos ante un curso de instrucción y de crecimiento cara al sol pero sin perder tampoco las lunaciones de cuyo computo se calibra la fecha de la pascua. Es todo un programa de lectura bíblica, de adoctrinamiento parenético sin que falten los esponjamientos líricos. La Iglesia ha querido abrir su alma a Dios a través de David o de Job. Presta la voz del pueblo de Israel para elevar su plegaria.

 

En su peregrinación por los valles y los oteros del tiempo irá, peregrina, percibiendo en su caminar los ecos de estas antífonas que tanto impresionaron a la monja Egeria en su visita a los Santos Lugares que preludia la de la monja inquieta y andariega por los caminos de castilla y Andalucía. Se escucha el rumor de las olas de un océano que ataca el concento y el concierto de un pueblo entero que se expresa en latín pero tomando sus pericopas del hebreo con un solo corazón y una sola boca a los pies de la cancela del Santo Sepulcro, el primer sagrario, la verja del primer iconostasio. La melodía resuena alegre, o grave y profunda, a través de las bóvedas de las catedrales góticas empinándose por las columnas flamígeras entre nubes de incienso a la hora de alzar o coincidiendo con la fracción del pan.

 

Unas veces rugirá como un estampido y otras tendrá la dulzura de un motete. Sin el hervor de los coros que se perciben ahora a tiempo parcial y serán un anticipo de la sonoridad que viene, la entonación de la vida perdurable, nada se hubiera hecho en la cultura occidental. Los maestros de capilla, chantres, precentores y sochantres, apóstoles del buen gusto y que tanto contribuyeron a la difusión de la fe como los mismos misioneros y a la hegemonía y preeminencia de nuestra religión, con sus sinfonías y motetes, regalo de los sentidos, son un acicate para seguir viviendo. He aquí una demostración que el cristianismo rindió desde siempre pleitesía a la belleza.

 

No es una filosofía de carácter utilitario. El David de Miguel  Ángel no vale para nada y la Capilla Sixtina a muchas generaciones habrá aterrorizado y confundido pero está ahí como emblema supremo de que el artista cristiano tiene a gala ser émulo del Primer Gran Artífice.

 

La arquitectura y la estatuaria están cargadas de tantos símbolos que constituyen de por sí una segunda lectura de la biblia con versiones casi inimaginables y capaces de diseñar casi nuestro destino de manera profética, un designio de nuestra trayectoria vital esculpido a fuerza de machacar con la gubia y el buril.

 

Esta existencia que Dios nos da es única pero a veces no sabemos entenderla del todo. Por eso no la vivimos bien. Hay que buscar esa verdad noemática y poética siguiendo los pasos de los primeros pitagóricos sin perderse jamás en este laberinto de estímulos y de símbolos. Claro que el noema implica un doble lenguaje pero es la jerga en la cual se expresa la misma vida llena de contradicciones y de contraindicaciones. Una supererogación total. Por eso nos sentimos ahora mismo muchos sobrantes y perplejos.

 

Volvamos al supuesto cero que es el que se comprime dentro del misterio de la redención. Al contrario que en la sabiduría mundanal la sapiencia de lo imperecedero nos remite a las esencias más que a los accidentes y las esencias se esconden detrás de esos símbolos. Iconos los llama el nuevo lenguaje cibernético. Cuya claves habían sido ya divulgadas por la biblia. Es un lenguaje que apenas se percibe pero que circunda el ámbito sonoro. Que con su sutilidad refracta e infringe las normas de la perspectiva. Todo el arte romano es una enciclopedia encaminada a ilustrar a una población mayoritariamente analfabeta.

 

Sin embargo, esto no es del todo cabal. Muchos sí que sabían leer y escribir y estaban familiares con la gnosis que utiliza siempre vehículos de expresión críptica que únicamente sabían interpretar y captar los iniciados. Para los gnósticos de Cesárea la escala de Jacob constaban de 24 escalones correspondientes a las franjas del horario diurno y nocturno. Mediante el rezo de las Horas la pléyade de escogido al levantarse a medianoche se contra el poder de las tinieblas dominantes en súplica impetratoria y rinde una oblada de expiación. Oración sustitutoria. Este fue el sentido que quiso dar Teresa a la descalcez como movimiento de plegaria ininterrumpida reivindicando de esta forma la vuelta a los orígenes de la primera observancia carmelita. Le espantan las profanaciones que realizan en Alemania los herejes. Quiere pedir por los sacerdotes y por los misioneros. Previene un ejército muy poderoso de humildes que ganan la batalla sin disparar un solo tiro o descalzar un mandoble, sólo pasando los dedos por las cuentas de su rosario.

 

Es la fuerza de la fe que mueve montañas y esto es muy grande. Entrar en el alma de Teresa es ir a la búsqueda y el descubrimiento que sendas ocultas e inefables que guarda la vida del espíritu y todas nos remiten a esa potencia formidable de la contemplación en sus tres vías purgativa, iluminativa y unitiva o matrimonio espiritual. A todos los grandes santos de la Iglesia los encontramos prosternados o de rodillas la cara vuelta hacia Jerusalén. Así san Jerónimo recomienda a su disípula Leta que ore hasta la madrugada para mantenerse vigilante como buena guerrera de Xto.

 

Hay que estar preparados ante el primer dilúculo y al postrero, subir a la atalaya para catalogar todo lo que nos viene de arriba. De esta forma el monacato se concibe como un servicio público, un cuerpo de elite, un grupo de choque dentro del ejército en que militan los combatientes de la Cruz.

 

El verdadero monje reza sin interrupción. Nunca se quiebra el nudo que le ata a la fuerza emanante de arriba y nada le perturba ni le hace perder la presencia de Dios. Así nos lo enseñan los monologuistas del desierto que practican el hesicasmo, con un antiquísimo feed backque nos acerca a la sencillez, cordón umbilical que une al cielo con la tierra. Incluso cuando se duerme no hay que parar de rezar. La vida consagrada es oración perenne. Se abandonan al huso del sueño que da vueltas. Teresa de Lisieux una de las mayores almas contemplativas que hayan existido lo definía como “la escalera”; era un infancia espiritual, un volver al estado alfa. Acontece en ese trance una suerte del crepúsculo del pensamiento. La verdadera noesis. Este abandono espiritual causa en los que lo padecen verdadero deleite. Es el huso del ensueño. El ascensor. La escalera. Un saberse dependiente y abstraído en otro ser más poderoso y fuerte y con semejante inmersión en el centro místico se alcanza la totalidad. La rueda que no cesa. La rueca que pega tumbos por los canales del éxtasis. Entramos en los principios del mándala. O círculo blanco que irradia el poderoso saber de la gnosis. Todo esto claro está resulta algarabía para los que no hayan experimentado este gozo hacia adentro que no puede ser tasada con instrumentos de medir materiales ni verse con ojos de la carne. La inteligencia del usuario se desciñe de todo lo temporal, se desconecta y atraviesa algo muy parecido a un tonel, el que describen algunos agonizantes que estuvieron a un paso de la muerte física. Se han hecho experiencia con el bulbo raquídeo de los encausados y notan que las pupilas se agrandan, los músculos se distienden y el organismo ingresa en  estado de languidez y de sopor semejante al de la embriaguez. Hay un acendramiento de la capacidad de concentración. La mente se vuelve selectiva y se bloquea para todo aquello que no tiene que ver con aquello que está ocasionando el arrobo. En ese estado se alcanza la anestesia. No sienten el dolor ni reaccionan al hielo, al fuego o a la aguja que taladra la planta de los pies. Todo ello depara un estado de euforia que no deja resquicios a intrusos corporales. Hay una disminución de las pulsaciones, perdida de la noción del tiempo y del espacio que rompen la barrera de las leyes de la gravitación universal. Son excepcionen pero se han dado circunstancias en el que el cuerpo extático se alza, levita o se escinde pudiendo ocupar dos sitios físicos a la vez (levitaciones). Es un desapego o desasimiento de todo, una dejadez infinita (dexados). Se nota una indiferencia al dolor semejante a la padecida por los esquizoides ante el propio destino o apatía de novísimos porque se ve el alma rodeada y protegida por el abrazo de Dios que se hace omnipresente tanto fuera como dentro. El alma del rotario  consagrado sabe ver la mano divina en todo. El mundo le da vueltas como a los derviches muslímicos pero no se marea y es feliz en él. Flota en la nube del no saber, del no querer, del no existir.  Es un rezo que no se acaba nunca. Se ha alcanzado el matrimonio espiritual. Esto es la vía unitiva conclusión inmediata del proceso purgatorio e iluminativo. No deshacen este nexo ni la vigilia ni el sueño ni el trabajo de manos. El afortunado que recaba semejantes mercedes espirituales ha tocado techo.

 

Este es el sentido de la sentencia teresiana “Entre los pucheros también anda el Señor” en su infatigable defensa del trabajo de manos como vínculo de acercamiento a la presencia divina. Que no se acaba la noche, que no paren los cantos. ¡Eya velar! Vigilia perpetúa. La estrofa principal del nuevo canto a Teresa

 

La entrega del consagrado semeja a una batería cuyas pilas están puestas en serie y jamás se desconectan. Sin orantes no habrá Iglesia. Así lo entendieron los antiguos. Por tanto dieron tanta importancia al monacato. Todas las grandes ciudades cristianas estaban rodeadas como si se tratase de adarves de defensa o de pararrayos de un aro de monasterios dispuestos en círculos. En Moscú era el “anillo de oro” y Roma presenta toda una hilera de templos o “fana” que iban desde el Aventino y el Aquilino al Monte Celio. Felipe II establece su corte en el Escorial que es un enorme cenobio para así granjearse el favor de Dios para su gobierno. Los Borbones en Paris contaban con el Port Royal y en ningún otro lugar de la cristiandad hubo tantos conventos abiertos y en erección para pedir por la prosperidad de la monarquía inglesa como en las riberas del Támesis hasta la venida cismática de Enrique VIII. Fue precisamente en Cantorbery donde se entroniza el Oficio Romano que ya había sido aprobado en el Concilio de Whitby.

 

Así mismo, York aparecía rodeado de cenobios cistercienses en la línea de ballesta que traza el río Ouse al bañar a la ciudad. En dicha ciudad dichosamente cristiana en otro tiempo yo viví y fui vecino y puedo dar testimonio. Allí encontramos como una raya de fuerza que activa la energía positiva y que seguramente se debe al gran voltaje de las muchas plegarias que se desgranaron por aquellos rincones de la Inglaterra Feliz.

 

De Nueva York no se podría decir lo mismo y allí también moré tres años pero ésta es una ciudad judía donde me pasaron cosas terribles como he tratado de explicar en alguno de mis tomos, pues carece de esa vibración positiva. Antes bien, se pueden detectar bajando de las nubes de sus rascacielos hacia las calles que son como simas subyacentes del desfiladero cascadas de malevolencia. Un ángel negro batía las alas y allí no te podías sentir a gusto. Ni estar con aplomo. Era la capital del mundo ajeno. Un verdadero cristiano lo notará nada más llegar allí. Ese mismo proceso lo está viviendo ahora mismo Jerusalén a la que se pretende descristianizar a marchas forzadas. A la luz de estas consideraciones se podría inferir que el enemigo de los hombres nos ha ganado la partida. Habría que pensar que la nueva era acaba de empezar bajo el signo de un cambio que anuncia la fatalidad del fin del tiempo. Todas aquellas ideas por las cuales luchó, vivió y padeció Teresa se baten en retirada. Aparentemente.  Sólo aparentemente. La realidad hoy es capciosa. No debemos caer en el pesimismo. El Amado de esta santa virgen no podrá dejarnos solos.

FUENTE:
http://www.antonioparragalindo.blogspot.com.es/2015/05/santa-liturgia-en-jerusalen-la-monja.html

“La manipulación de los indignados”.

16 enero, 2013

 

Stéphane Hessel y la decadencia

del movimiento 15 de mayo”.

No necesitamos una mitología prefabricada sobre la resistencia francesa para enfrentar los poderes oligárquicos del momento: aquello que urge hoy es una racionalidad que nos permita analizar y comperender cómo se ha pasado en occidente de los discursos humanitarios de la posguerra a la realidad brutal de los mercados financieros, a la impunitat del genocidio perpetrado en nombre de idearios progresistas, al escándalo permanente del Tercer Mundo, a las agresiones imperialistas por el dominio de las reservas del petróleo y a los delirantes designios expansionistas bíblicos del Estado de Israel.

Jaume Farrerons, licenciado en filosofía por la Universidad de Barcelona, intentará explicar las causas del fracaso del movimiento indignado analizando la influencia nefasta que, a su entender, ha ejercido la figura de Hessel, un diplomático profesional que se descolgó en un momento crucial de crispación social para entregar a la ciudadanía la pólvora doctrinal con que, supuestamente, se haría saltar por los aires el sistema oligárquico en crisis. Pero, ¿y si era en realidad una pólvora ya mojada donde se preservaban los valores esenciales de ese mismo sistema?

El autor pretende demostrar, basándose en fuentes absolutamente fiables, que el estamento político actual, a escala mundial, no es sólo corrupto e incluso criminal, sino responsable de auténticos genocidios -los peores de la historia-, los cuales han quedado olvidados e impunes gracias a los dispositivos de manipulación que son la prensa, la televisión, el denominado “mundo de la cultura” y la propaganda política. Todo ello haciendo referencia a obras de personajes como Illan Pappé, Israel Shahak, Zygmut Bauman, Norman Finkelstein, Lenni Brenner, Alfred de Zayas, Gilles Macdonough, Stéphane Courtois, Jörg Friedrich, James Petras, James Bacque, John Sack, Daniel Goldhagen y Noam Chomsky, entre otros.

Así, se propone que el movimiento indignado haga autocrítica, que se libere de la influencia ideológica de Hessel y enfoque el ataque al estamento político corrupto no como un intento de reconstruir la obsoleta sociedad de consumo socialdemócrata, sino como un proyecto de creación ex novo de una democracia popular participativa basada, en primer lugar, en la verdad racional y en el rechazo de todas las utopías que el sistema neoliberal utiliza para fomentar la constante reinversión del capital, la fabricación de nuevos productos que supuestamente han de traernos la felicidad, cuando sólo nos traen una creciente miseria moral. Quizá los valores hedonistas y eudemonistas defendidos actualmente por los indignados no serían, en definitiva, revolucionarios, antes bien los auténticos pilares ideológicos de la sociedad burguesa en la que todavía vivimos. Serían, en suma, la fuente doctrinal de justificación no sólo de la opresión económica, sino de todas las masacres que han acompañado el desarrollo de la oligarquía financiera desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

Martes, 15 de enero, a las 19:00 h., en la Sala de Graus de la Facultat de Lletres (Universitat de Girona).

Organiza: ASSOFIA – Associació d’Estudiants i Professors de Filosofia.

assofia.mail@gmail.com

La Marca Hispànica, 25 de desembre de 2013

http://www.nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2012/12/conferencia-de-jaume-farrerons-en-la_25.html

Día de difuntos: El morir sólo es el billete de vuelta

4 noviembre, 2012

Somos religiosos, antes que por otras cosas formidables por la perogrullada de que la vida no nos la hemos dado nosotros y que es una gran suerte haberla recibido para gustarla y aprovecharla. Como un escultor en su taller y con las piedras que recibió. En ambos casos siempre agradecidos a Quien nos amó desde el principio del tiempo. (Ef 1, 4) Y, por descontado, somos cristianos en virtud de la promesa de que los que creamos en Jesús de Nazaret, Dios mismo hecho hombre, viviremos después del tránsito de la muerte.

Muchas maravillas guarda nuestra religión, pero el habernos asegurado la vida eterna es lo que hace de Cristo santo y seña de nuestro ser y estar; luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, dice San Juan. Es el saber de quién nos hemos fiado (2 Tim 1, 12) lo que arraiga todas nuestras esperanzas, invencibles ante el misterio de la muerte, que a todos disturba, pero que resulta insignificante ante el misterio del haber nacido, en el que pocos reparan.

Desvíos hacia el barranco.

¿Se dan cuenta? Ningún católico muere por un misal, ni por un fundador, ni por este o aquél Papa; eso es propio de secta. Sólo lo haremos por el Dios encarnado. Es por Él, por lo que Él nos dijo y por lo que con Él y su enseñanza se relaciona, que estamos dispuestos a pelear y arriesgar la vida. Por Él y sólo por Él se ama al prójimo. Por Él se rechazan los falsos magisterios que quieren borrarle de nuestro corazón y de la historia. Es por Cristo que se denuncia al jerarca usurpador, al clérigo vividor, al teólogo vendido, al párroco que deserta del cuidado de almas.

Es por amor a Cristo que se elige la misa de Trento, la que ya San Pedro decía con el mismo significado sacrificial, la que muestra y obliga con simbolismos sagrados y enseña lecciones de adoración y ofrenda. Y es por respeto a Dios, Uno y Trino, que rechazamos la misa enmaridada de protestantismo: “banquete de hermanos”, demagogia agazapada, remedo de alimento sin sal y sin sabor de Dios, asamblea del pueblo capaz de sentar por mayoría que el sol sale del fondo del mar. Y pensar que hay tradicionalistas que aceptan y pagan misas heréticas jamás prescritas por el CVII. Misas de duelo dichas sin respeto al difunto ni al dolor de los parientes; ramplonas, frías, sin fe…

¿Talibanes? ¿Fundamentalistas?

En nada nos debilitan los que a sí mismos se engañan y, con ese fruto, nos echan toda la tinta de calamar que pueden. Pero en esto de las misas no queremos transigir. No queremos porque si la misa es “el culmen de la religión católica”, la nueva expresa con toda justicia la rebaja que desde el Concilio Vaticano II se le ha infligido a la religión católica. Que más parece que un evento consultivo, que no se definió dogmático, haya de ser superior a la fe de nuestros antepasados y a la misma Iglesia cuya nueva presencia en el mundo rompe la memoria que de ella guardábamos. Por cierto, muchos se preguntan – muchos más ni eso, se van y basta – qué fuerzas habrá en la sombra que determinen estos dislates, ambigüedades y vagabundeos teológicos. Esta religión nueva que se adapta como guante al refrán: “Decidme de qué presumís y os diré de lo que carecéis.” Así, a: de la falsa nueva confesionalidad; b: de la falsa revolución humanitarista; c: de la falsa caridad con el prójimo; d: del falso ecumenismo. Porque ha sido en los últimos 40 años que a), naciones enteras se han impulsado por los papas conciliares a desgajarse de Dios en sus constituciones; b) las sociedades quedaron huérfanas de una moral cristiana protectora; c) una extrañísima caridad deja al prójimo en su ignorancia del amor de Dios, y d), el fracaso de la vuelta de los mal llamados hermanos a la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia romana.

La obra de Annibale Bugnini, el Novus Ordo aprobado por Pablo VI, se corresponde perfectamente con este objetivo, con los frutos evidentes de una religión nueva que perfectamente se expresa en la Nueva Misa comparada con la antigua que tenían que ser unos franceses, quizás por caridad divina, los que nos la preservaran de su aniquilación.

Pero los católicos queremos ser tan “anticuados” como nuestro Credo. Y es que, miradas las cosas con sencillez, si nuestras verdades son “eternas” ¿por qué hay que reconvertirlas a un volátil presente? Si nuestra fe es religión enseñada por el mismo Dios ¿qué cambio se justificarfá en su predicación? Existe hoy un adjetivo de calidad: “Lo clásico”. Esta tarde en el hipermercado me han dado una papeleta promocional para llevarme gratis séis litros de leche “clásica”, si el sábado hago compra de no recuerdo cuánto. Existe gran variedad de cosas clásicas inimaginables: el cine clásico, la música clásica, los historiadores clásicos, el matrimonio clásico, la educación clásica… Es evidente que el gusto por “lo clásico” entraña la búsqueda de valores invariables, como el oro, que sube de precio cuando el dinero lo pierde.

En nada queremos ser originales, ni epatar a nadie. Nuestro pensar no es nuestro, es el recibido de la Tradición (1 Co 11, 12), a nuestros argumentos los refuerzan los hechos. En estas cosas preferimos sentirnos coetáneos de San Vicente de Lerins, o de los que se unieron a San Atanasio de Alejandría el doctor solitario frente al grueso de obispos abrigados por el poder de los emperadores y la debilidad del Papa… No nos queda otra que rechazar el atropello llamado “puesta al día” con el que se nos impuso, un-dos, un-dos, una temeraria adaptación a los tiempos. No reparando en que pretender educar al mundo con la adopción de sus defectos atrae la fatal compañia de sus primos: el demonio y la carne. (cfr Catecismo, Los enemigos del alma.)

Mañana, dos de noviembre, es el día de los cementerios. Día oportuno para pensar estas cosas y descubrir hasta qué punto la Iglesia es o no congruente con su fe divina y católica. Esos paseos entre monumentos y epitafios nos preguntan a cada cual en cuánto estamos abandonando nuestra formación en la fe de católicos por un simple temor a no destacar. Falsa humildad donde las haya.

Sí, con razón el mundo sin fe suele objetarnos: “— Pero, oigan, ¿no es la muerte el argumento definitivo de la nada? ¿Podemos creer en la inmortalidad después de ver una incineración?” Es cierto que ante el ser querido al que vemos descenderle a una fosa, la certeza de su descomposición nos sacude hasta parecernos que con él enterramos toda esperanza. Mas, también, en ese momento la fe se hace el único asidero que nos sostiene más allá de lo que vemos… Con acierto diremos que esa contemplación es “la hora de la verdad” en la que descubrimos si nuestras creencias no son mero convencionalismo, clavo ardiendo de fantasías consoladoras.

Nuestra fe se fortalece en que nuestra naturaleza, supuestamente efímera, está sustentada en algo indestructible, el alma. ¿Dónde está la incineradora capaz de aniquilar el alma? No se esfuercen en buscarla porque no hay nada que pueda enfrentarse al aliento de vida que sale de la boca de Dios. Dios dio vida inmortal a nuestro barro y por eso un cristiano, un bautizado, no teme a la muerte. (Ge 2, 7) Y si la teme es con mezcla de curiosidad, tal que Simón el Pescador cuando, como niño curioso, anduvo sobre las aguas y, asombrado del prodigio, dudó y temió hundirse.

Con la fe cristiana vislumbramos, pues, que la muerte no es el final de nuestra existencia, que aun con todas las tinieblas que se quiera este túnel tiene una salida espléndida de luz. Fue prometido que cuando nos llegue la muerte, una vez cumplida esta gravidez en la placenta de la fe, Dios nos parirá de nuevo, rescatados para la Vida que no acaba… Así se aprecia en la bellísima metáfora propuesta por Jesús: «La mujer, cuando está de parto, tiene congoja, pues llegó su hora; mas cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que nació un hombre al mundo.» (Jn 16, 21)

¿Es que hay un Más Allá?

Agujeros negros, supernovas con la energía de un millón de soles, enjambres de galaxias… y, ahora, la Física Quántica en cuyas subpartículas se pierden los descreidos. ¿Y ha de ser esto para desperdicio? ¿Para que los ocasos se quemen en inútil derroche ante un campo sin nadie que sustituya al sol…? (J.M. Valverde) No,rotundamente no.

Seguros podemos estar de que lo que sabemos hoy  se empequeñecerá con lo que sabremos mañana. Por ejemplo, casi ayer nada conocíamos de los neutrinos que parecen espectros, o de esa masa oscura que sostiene astros y sistemas… Esto solo ya me parece más increíble que la idea de inmortalidad. Ahora, último regalo, la “Teoría de las Cuerdas” que nos propone varios universos, intercomunicados o estancos…

Si la Física y las ciencias exactas apuntan a que todo lo creado pudiera no radicar en la inmensidad material visible poco nos importará ya un Big-Bang, o el Gran Atractor, pues antes y detrás siempre estará ese Dios que nos hizo casi iguales a los ángeles. (Ap 22, 9) Porque es de elemental conclusión que debe haber una Causa Primera, que el orden de lo hecho supone, exige la existencia de un Ordenador, y que entre la creación visible y la invisible hay muchas energías desconocidas. La mayor de todas, la que meteríamos en un arca de oro con una etiqueta que dijera: “Amor”. La creación máxima de Dios (1 Jn 4, 8) ante la que nada importa que “se quede el infinito sin estrellas”, como decía una canción.

Inmortales

En las escrituras Dios nos promete abrir nuestros sepulcros…: «Y os haré salir de ellos. […] os infundiré mi espíritu y viviréis […] y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago.» (Ez 37, 12b -14)

Sospecho que los que no creen en la inmortalidad no lo es tanto por objeción racional sino por lo mucho que la desean. Y es que tenemos miedo de que no sea verdad. ¡Vivir para siempre y, además, recuperados los dones perdidos…! Lógico es que nuestra nimiedad nos haga recelar. No obstante, que somos criaturas hechas por Dios y para Dios lo prueba sentir dentro de nosotros la atracción “genética” hacia Él, como bien dijo San Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.» Realidad que le da título a este post.

Al gustar de la esperanza cristiana y sentir la natural e inmedible gratitud que provoca, surge preguntarnos lo que perderemos si seguimos la apostasía hoy tan fuerte. Lo seguro es que nada más nos quedemos con el nihilismo de la indiferencia y la orfandad del materialismo. Una pregunta a la que sin pretenderlo contestó con otra un patrón de pescadores de Galilea: «¿Adónde iremos, Señor? Sólo tú tienes palabras de vida eterna.» (Jn 6, 68) No, señores irenistas, “progrez” y bazofia de la “Nueva Cristiandad” mariteniano-montiniana, y de la fenomenología juanpablista, nada sois ante la definitiva promesa para este día. «Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mí aunque haya muerto vivirá.» (Jn 3, 36; 6, 51; 11,25)

Las visitas a los cementerios nos impulsan a dar un salto sin red a la fe. En nuestra cultura, a la fe cristiana. Creer en la vida sin final, prometida por quien puede prometerlo, Dios, es condición fundamental para bañar de fe nuestras visitas del Día de Difuntos. Sepulturas que nos recuerdan el misterio de vivir para morir, de llegar para marcharnos; que nos siembran el alma con sentimientos que merecen ser escudriñados. Porque llevan a Dios. De los que los vivos, muertos de miedo y de insolencia, huimos de su reclamo. Sin embargo, ¿no es cierto que sin Dios esas lápidas son muy poca cosa? Apenas una evocación de aquellos a los que hemos amado y nos amaron.

Que vivan en paz.

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Nota de HURANIA: Este post es original de Pedro Rizo, quien lo ha publicado en su blog  ubicado en PeriodistaDigital

Una gesta que España y Europa deberían conmemorar

11 julio, 2012

16 JULIO 1212 – 16 JULIO 2012 : BATALLA DE  LAS NAVAS DE TOLOSA

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El Ayuntamiento de La Carolina (Jaén) se queda casi solo en la celebración de la victoria militar de las tropas cristianas sobre las musulmanas en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212.

…en las Navas de Tolosa, cuatro reyes (Alfonso VIII de Castilla, Sancho VII de Navarra, Pedro II de Aragón y Alfonso II de Portugal) se jugaron la vida en la lucha contra el invasor islámico.

Solamente la Comunidad Foral de Navarra colabora en la celebración de los actos programados para conmemorar la victoria que supuso el principio del fin de la Reconquista. Y es que ni la Junta de Andalucía, ni la Diputación Provincial de Jaén, ni el Gobierno central se han preocupado de la celebración sobre el terreno de la trascendental batalla.

(LA GACETA)

A diferencia de muchos  políticos de hoy que se dicen progresistas, Claudio Sánchez  Albornoz, Presidente del Consejo de Ministros de la República en el  exilio durante el franquismo, definía nuestra reconquista tal y como la  entienden de manera natural las gentes y alcaldes de nuestras comarcas manchegas  y jienenses.
Les dejo con las palabras  escritas por el viejo historiador por si algunos aprendan un poco más de la  realidad histórica de España y se dejan de fomentar chorradas varias:
“Aquellos ocho siglos  España luchó, en el nombre de Dios, para recuperarse a sí misma, es decir, para  reafirmar su propia identidad cristiana. La causa de Cristo y la de España,  empujando hacia el sur espada en mano, con la cruz alzada, se habían hecho una  sola.
Y «siempre en  permanente actividad colonizadora, siempre llevando hacia el Sur el romance  nacido en los valles septentrionales de Castilla, siempre propagando las  doctrinas de Cristo en las tierras ganadas con la espada, siempre empujando  hacia el Sur la civilización que alboreaba en los claustros románicos y góticos  de catedrales y cenobios, siempre extendiendo hacia el mediodía las libertades  municipales, surgidas en el valle del Duero, y siempre incorporando nuevos  reinos al Estado europeo, heredero de la antigüedad clásica y de los pueblos  bárbaros, pero tallado poco a poco, por obra de las peculiaridades de nuestra  vida medieval, en pugna secular con el Islam» .
La divisa hispana en  estos siglos fue lógicamente Plus ultra, más allá, más allá siempre…  “
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Nota de Hurania:  Es muy archisabida la idea de que las naciones o pueblos que olvidan su historia pierden su razón de ser , su identidad y su destino.
El sagaz George Orwell escribió acertadamente en su obra “1984” que el gobierno del “Big Brother” sistemáticamente reescribia cada dia la historia y borraba el recuerdo de efemérides históricas según las conveniencias políticas de cada momento.  Así, hoy en Europa, mientras cada dia la propaganda recuerda hechos a veces falsos o exagerados, oculta otros acontecimientos de importancia y de relevancia manifiestas.  Así por ejemplo, se minimizan los crímenes cometidos durante la Revolución francesa, como las 50.000  personas guillotinadas por el Terror, o los hechos sangrientos llevados a cabo por las fuerzas llamadas “aliadas” en las dos guerras mundiales del siglo XX, mientras por otra parte se oculta a la opinión pública el hecho evidente de que, como acaba de señalar el excanciller alemán Helmut Schmitt, Europa en demografia ha pasado de representar el 30% de la población mundial en 1950 al 10% en la actualidad. Y ese hecho se silencia para facilitar la política genocida de promoción del aborto y de las políticas antifamiliares y antinatalistas. 
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San Pelagio, víctima de un emir (sodomita) de Córdoba

27 junio, 2012

Sería interesante averiguar por qué  el Día del “Gay Pride”   u “Orgullo” (?) de ser homosexual se celebra exactamente, cada año, alrededor del dia 26 de junio, dia en  que la Iglesia Católica conmemora el martirio del niño Pelayo, asesinado en el “Al-Andalus” musulmán en el año 925, por negarse  a satisfacer los apetitos libidinosos del emir Abderramán III.

Hoy todavía, en Oviedo (Asturias, España) se conservan las reliquias del niño San Pelayo, precisamente en el convento de las monjas llamadas “pelayas”.

En el blog asturiano “Las libertades” se publica un post titulado “San Pelayo, contra los abderramanes democráticos” el cual reproducimos a continuación:

Hoy 26 de junio celebra la Iglesia la festividad de San Pelayo, mártir (911-925). Santo del Reino de Asturias, pariente de San Rosendo y de la realeza asturiana. Mártir no sólo por no renegar de su Fe frente a los mahometanos, sino sobre todo por defender su pureza frente a los aberrosexualistas (esos pervertidos que son ridículamente llamados «homosexuales» o «gays»). Santo patrón de los niños y jóvenes carlistas. Desde Oviedo, esta antigua corte de la Monarquía asturiana que custodia sus reliquias, lo recordamos reproduciendo una antigua entrada de la desaparecida web Atrévete a pensar, y con unas apostillas de actualidad a continuación.

El joven murió martirizado por negarse a ser sodomizado por el sultán de Córdoba. Como afrenta, el «Orgullo Gay» se celebra siempre el siguiente fin de semana a su festividad: 26 de junio. Adalides de la tolerancia…

Su biógrafo dice que era tardo para la sonrisa; sin razón ninguna para no creerlo, aceptamos su testimonio y hasta puede ser que al final de la hagiografía terminemos por darle la razón. Nacido en la actual Galicia, a orillas del Miño; solía jugar con los otros chicos en el pórtico de la episcopal de Tuy. Era sobrino del obispo Hermogio; por eso estudiaba gramática en la escuela junto a la catedral, donde se iba aprendiendo el salterio día a día; también en los días más solemnes se unía al canto mozárabe y actuaba como monaguillo en las funciones litúrgicas.

Pero aquello quedaba lejos. Ahora lo habían metido en la cárcel de Córdoba, donde los cuerpos de sus compañeros estaban sujetos con cadenas y grilletes; aquellos esclavos daban un hedor nauseabundo, pero a todo se acostumbra uno; un guardia con látigo iba a por ellos para llevarlos a sus tareas de arreglar jardines, limpiar mezquitas, atender los baños, arrimar tierra y amontonar ladrillos para las construcciones. Al regreso contaban que era inabarcable el trabajo que había en aquella ciudad enorme.

A Pelayo le habían dicho que le llevaban a ver al tío, y no le mintieron del todo, porque vio a Hermogio que estaba en la prisión, ya enfermo y hecho un viejo. Lo habían apresado el año anterior en la batalla de Val de Junquera (920) y desde allí lo llevaron a Córdoba. Pelayo era su rescate porque, al no llegar el oro, más valía un joven que un viejo.

El niño pensó que aquella situación acabaría pronto; así se lo aseguró su tío, pero con lo enfermo que iba al pasar el Duero, nada más llegó a saberse del obispo. Es verdad que de vez en cuando venían oleadas de prisioneros nuevos; pero en los cuatro años que pasó en la prisión, cada día repetía al anterior y fijaba al de mañana. Pelayo tenía permitido estar en otras estancias mientras sacaban a los mayores para el trabajo diario; como no había alborotado, ni dado un problema, ni se había unido a ninguna insurrección, hasta se había ganado la confianza de sus guardianes; pasaba bastante tiempo leyendo códices a escondidas y por la noche preguntaba lo que no entendía a los clérigos presos. Aprendió a discutir con carceleros y con los dueños de las casas ricas donde lo pusieron a trabajar de día; supo atraer su simpatía y respeto. Aquel chico valía la promesa de dinero.

Comprendió la corrupción generalizada de Córdoba, que a la vez era fortaleza, poder, arte, libros, bullicio, mercado con una gran cantidad de gente que compraba y vendía, reía, vociferaba más que hablaba, estaba contenta, y con frecuencia escuchaba a poetas que solían cantar las gracias de los mancebos. Tuvo tiempo de ver la confusión moral generalizada del lugar donde vivían hacinados los trabajadores esclavos y los presos sometidos a condena, y allí mismo necesitó energía heroica para guardar su pureza. Por eso decía «Dios quiera que no me vea en apuros más terribles». Porque allí se enteró de que los altos cargos se compraban con la prostitución de las conciencias; sí, al renegar de la religión venían sin mucho esfuerzo las casas, los palacios con esclavos del mediterráneo o judíos comerciantes de Alemania o de Francia, oro y tierras. Era la política de Abderramán III, que los hacía instrumentos útiles y manejables al cambiar de religión y prestarle infames servicios.

El joven Pelayo no cedió cuando lo llamaron a prestarlos aunque lo llevaran con protocolo al fastuoso ambiente cortesano, donde había alfombras y tapices, vasos de plata, aromas exóticos y guardianes sudaneses. Iba todo bañado, limpio, elegantemente vestido y perfumado; así lo presentaron ante el emir Abderramán III, el Victorioso, hombre dominado por la sensualidad, aunque los historiadores lo alaben por su corazón bondadoso. Las promesas de honor, riqueza y poder si se hacía musulmán se quedaron pequeñas. Sus palabras: «Soy cristiano y lo seré. Tus riquezas no valen nada. No voy a renegar de Cristo que es mi Señor y el tuyo, aunque tú no lo quieras». Y «Atrás, perro» (echándose para atrás, cuando intentaba tocar su ropa aquel soberano) «¿crees que soy como esos jóvenes infames que te acompañan?». Y rezó: «Señor, líbrame de las manos de mis enemigos».

Una catapulta de guerra lo lanzó desde un patio del alcázar hasta la otra orilla del Guadalquivir; como aún vivía, un guardia negro le cortó la cabeza con la espada. Era el primer cuarto del siglo X.

Su cuerpo fue trasladado a León, y más tarde a Oviedo, donde se veneran actualmente sus reliquias en el monasterio de benedictinas que lleva su nombre.

Los «gays» no se inventaron en el siglo XXI. Ni los mártires. Ya ves, Pelayo, cuando tanto invertido de uno y otro sexo campea hoy gritando por sus derechos, tú te quedas en la Historia como ejemplo de los que mueren por no querer serlo.

Según otras fuentes, San Pelayo fue mutilado y descuartizado antes de decapitado. Los sodomitas y los mahometanos (en verdad esto es a menudo redundante) se han distinguido siempre por lo satánico de su crueldad y de su odio.

El monasterio que custodia sus reliquias es el que lleva su nombre, el de las populares Pelayas. A ellas pertenecen (en derecho, lo que de hecho y contra derecho perdieron con la inicua Desamortización, obra de los sucesores de Abderramán) los terrenos de la Fábrica de Armas de la Vega.

Inicua fue también la venta de nuestras fábricas de armas a esos otros aliados de Abderramán, la industria armamentista estadounidense. Pero ya se sabe que los políticos de la democracia gobiernan contra Asturias y contra España, igual que los apóstatas que a partir del siglo VIII colaboraban con los invasores mahometanos.

Ahora, con periódicas exhibiciones de hipocresía y contradicción, los mismos abderramanes y tropas auxiliares (los partidos y sindicatos del sistema) se aprestan a cerrar la fábrica de armas y utilizar sus terrenos para la especulación urbanística (la misma que ha destrozado Oviedo y Asturias y que tanto ha contribuido a la recesión económica en que nos encontramos).

Que San Pelayo nos asista en la expulsión de los sucesores de Abderramán. Empezando por el que ocupa el Palacio de la Zarzuela y por sus aduladores y cómplices de aquí.

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Fuente: blog Las Libertades, Juventudes Tradicionalistas Asturianas

La Verdad se manifiesta!

1 mayo, 2012

MONS. WILLIAMSON: LA OSCURIDAD DE LA ILUSTRACIÓN – ELEISON 250 – 28 ABR 2012 Comentario Eleison 250, 28 de abril de 2012 LA OSCURIDAD DE LA ILUSTRACIÓN

Decida o no la Fraternidad San Pío X pasar finalmente por alto el desacuerdo doctrinal y entrar en un acuerdo puramente práctico con las autoridades de la Iglesia Conciliar en Roma, las almas preocupadas por su eterno bienestar deben comprender tanto como sea posible lo que está en riesgo. A este respecto, un amigo mío me acaba de enviar una síntesis admirable del corazón de la cuestión: “Entre 2009 y 2011 tuvieron lugar las llamadas “discusiones doctrinales” entre los expertos del Vaticano y los cuatro teólogos de la FSSPX. Estas pláticas o discusiones dejaron en claro cuán firmemente unidas están las autoridades romanas al concilio Vaticano II. Ese Concilio ha tratado de reconciliar la doctrina católica con el concepto del hombre tal como fue elaborado por la “Ilustración” del siglo XVIII. Este concilio declara que en razón de la dignidad humana, las personas tienen el derecho de practicar la religión que escojan; y que, por lo tanto, la sociedad debe proteger la libertad religiosa y organizar la coexistencia pacífica entras las diversas religiones. Estas son invitadas a participar en el diálogo ecuménico, ya que todas ellas poseen su propia parte de la verdad. Tales principios niegan así que Cristo es verdaderamente Dios y que su Revelación, el depósito guardado por la Iglesia, debe ser aceptada por todos los hombres y por la sociedad en general. De este modo, la doctrina de la libertad religiosa, tal como se expresa en el documento conciliar Dignitatis humanæ § 2, evidentemente está en plena contradicción con las enseñanzas de Gregorio XVI en Mirari Vos, de Pío IX en Quanta Cura, de León XIII en Immortale Dei y de Pío XI en Quas Primas. La doctrina expresada en la Constitución dogmática Lumen Gentium nº 8, que dice que la divina Providencia utiliza sectas no católicas como medios de salvación, está en contradicción con las enseñanzas de Pío IX en el Syllabus, de León XIII en Satis Cognitum y de Pío XI en Mortalium Animos. Estas nuevas doctrinas, que con muchas otras contradicen las enseñanzas formales y unánimes de los Papas anteriores al concilio Vaticano II, sólo pueden calificarse a la luz del dogma católico como heréticas. Por lo anterior y dado que la unidad de la Iglesia se fundamenta en la integridad de la fe, es claro que la FSSPX no puede llegar a ningún acuerdo, ni aun siendo únicamente un acuerdo “práctico”, con aquellos que sostienen tales doctrinas.” Cuando mi amigo acusa al movimiento del siglo XVIII de la emancipación intelectual, conocida como la “Ilustración”, de estar en la raíz del colapso de los eclesiásticos del siglo XX, él está diciendo esencialmente lo mismo que el análisis del Arzobispo Lefebvre cuando dijo a sus sacerdotes, a mediados del año 1990, antes de su muerte: “Cuanto más se analizan los documentos del Vaticano II … estamos más conscientes de lo que está en juego … es una perversión mayor de la mente, toda una nueva filosofía basada en la filosofía moderna, en el subjetivismo … Es una versión totalmente diferente de la Revelación, de la fe, la filosofía … Es realmente aterrador.” Entonces, ¿cómo puede uno pensar otra vez en la sujeción o sometimiento a la realidad de Dios? Una forma podría ser obtener las encíclicas papales mencionadas antes por mi amigo y estudiarlas. Ellas fueron escritas para los obispos, pero los obispos conciliares no son confiables. En la actualidad, los seglares deben tomar en sus manos su propia formación y su propio Rosario. Kyrie eleison.

http://radiocristiandad.wordpress.com/2012/04/28/mons-williamson-la-oscuridad-de-la-ilustracion-eleison-250-28-abr-2012/

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Nota de HURANIA: Para acceder a los Eleison Comments de Monseñor Williamson hay que subscribirse aquí:

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