Posts Tagged ‘Antropología’

TAUROMAQUIA

19 septiembre, 2017

https://www.youtube.com/watch?v=hbhwdnA5D8g

https://youtu.be/hbhwdnA5D8g

 

https://www.youtube.com/watch?v=adrJTdI5-jY

TOMÁS SALVADOR, ESCRITOR FALANGISTA, que estuvo en la Blau Division…

12 septiembre, 2017

TOMAS SALVADOR ESCRITOR ,DE LA BLAU,  QUE CONOCIÓ Y AMÓ A RUSIA.

A LA VISTA DE LAS CÚPULAS DE LA CATEDRAL DE SAN ISAAC ,DE PETROGRADO ,DIJO:

UN DIA RESUCITAREIS…  

Y LA PROFECIA CUMPLIOSE

 

TOMÁS SALVADOR VALCANALILLO (1)

 

Tomás Salvador murió a 23 de junio de 1984 casi en la miseria nadie lo recuerda yo sí. España es mal pagador con sus genios. Castilla desprecia lo que ignora y teme al talento y a los que dicen la verdad pero su obra está ahí: Cuerda de Presos, División 250 (una de las mejores novelas escritas en Europa sobre la segunda guerra mundial narra la caída de Novgorod frente a Petrogrado el Día de la Resurrección, y un día resucitarán las cúpulas de la catedral de san Isaac y así ha sido; porque a lo último de la novela en medio del fragor del cerco de unos cuantos soldados españoles de infantería copados en el Lago Ilmen se formula la profecía de la resurrección de la ortodoxia con Putin,) “El atentado”, donde se avisa a los españoles de la peste terrorista en Vascongadas y en Cataluña “Les presento a Manolo”, “Las compañías blancas”, “el arzobispo pirata”, los atracadores”, la “nave”.

Seguramente hay en este palentino sin madera de héroe el mejor novelista de la generación de posguerra, el más cualificado narrador muy por encima de Cela pero tuvo un defecto: ser un falangista de izquierdas. Manuel de Agustí, Zunzunegui y Foxá el gran Foxá del Madrid de Corte a Checa se le acercan aunque no le igualan.

Agustín de Foxá se cansó pronto de la novela, se dio a la bebida. Agustí la ceniza fue árbol pondera la Cataluña industrial a la que admiraba Franco, y Zunzunegui componía unas novelas demasiado largas con Bilbao como escenario y eso cansa. En efecto, Salvador era el más completo luego vinieron Delibes, la Matute, la Quiroga y todo un tropel de féminas cuya abanderada sería la ovetense Dolores Medio a la que habría que calificar como la Jane Austen española.

Era don Salvador ▬ le conocí en carne mortal cuando fuimos Lalo Azcona y yo a entrevistarlo a Barcelona para el suplemento de Arriba y en honor a nosotros se puso una camisa azul vieja que le estaba prieta pues había engordado, regentaba un quiosco en la Diagonal ▬ muy sordo  a causa del estampido de un cañonazo en la batalla de Krasnii Bor cuando un disparo del 105 le trepanó los tímpanos.

Los organillos de Stalin zurraban a discreción y la artillería alemana disparaba contra el palacio deCatalina la Grande.

Era gordo. Era falangista sindicalista y bonachón y además de Palencia de Villada cerca de Fromista cuna del románico. Tales vicisitudes acaso le marcaron; también fue policía de Franco. Leía novelas de Agalla Christie, y eso  por lo visto no se perdona.

Quadecausa,  sus obras yacen en el olvido y sólo unos pocos escogidos tenemos la fortuna de releer a Tomás Salvador, que resucitarán algún día como resucitaron las cúpulas doradas de la catedral de Novgorod.

Tampoco se  le perdona que vistiera camisa azul, que tuviera un genio endiablado mandase a los machacas  a tomar polculo con un gran sentido del humor y que en su gran novela “Cuerda de Presos” hiciera un canto a la Guardia Civil.

Se trata de un escritor versátil, todo terreno; escribía con tal facilidad una novela de espionaje como otra de contexto histórico y al cabo acabó escribiendo cuentos para niños. Fue un pionero y un dechado de la Literatura Infantil en España. Redactaba muy bien quizá demasiado bien y con harta  humildad.

Tan pronto abordaba una narración de ciencia-ficción como retrataba el tiempo de la edad media estudiando a un personaje tan inabordable como fue Pedro I el Cruel en sus Compañías Blancas. En “Historias de Valcanillo” novela en la cual revive los tiempos palentinos de su infancia y estudia la psicología del tonto del pueblo realiza un verdadero tour de force psicológico.

A través de Jacintón disminuido psíquico el lector se va a adentrar en el complejo mundo de una villa castellana con sus esplendores y miserias a mediados del pasado siglo. la agnición  o pasapalabra que se repite a lo largo del libro es la siguiente:

▬ ¿Por qué lloras, Jacintón?

▬ Porque me da la gana.

Es menester ser un poeta de recursos para desenvolverse en un asunto tan difícil como es el del retraso mental pero este novelista lo aborda con solercia y ternura sin caer en los tópicos al uso. El temblor de un cierto lirismo lleno de piedad cervantina envuelve toda la narración. Hay siempre un ángel de la guarda que protege a los inocentes de los peligros el tonto de Valcanillo va por ahí repitiendo su estribillo de no quiero, no me da la gana, y si le dicen algo se planta a llorar. Ahí está la real gana de los españoles  una idea que no se encuentra en ninguna otra lengua indoeuropea. Da rienda a lo fantástico y hay pasajes  como cuando el protagonista conversa con los ángeles que recuerdan por su fuerza impetuosa a Gogol.

A Jacintón le echan también del infierno y en el cielo no lo quieren tal vez tenga una plaza en el limbo pero el limbo ya no lo existe lo dijo uno de los últimos papas. Así que menudo panorama.

¿Por qué lloras, Jacintón? Porque me da la gana.

 

12/09/2017

FUENTE:

https://antonioparragalindo.blogspot.com.es/

Guerra y Paz en “Don Quijote de la Mancha”

24 julio, 2017

 

https://www.youtube.com/watch?v=5riPBrJIzwA

https://youtu.be/5riPBrJIzwA

lecturas fundamentales del MF

10 junio, 2017

 

 

Bombardeos sobre Alemania en 1939 a 1945: Todavia hay bombas sin desactivar

5 mayo, 2017

Casi 50.000 personas serán evacuadas en Hannover para desactivar 13 bombas de la Segunda Guerra Mundial

Ya se han comenzado a disponer cientos de hospitales de campo y decenas de miles de porciones de alimentos para el tiempo que dure la operación.

LD/Agencias

2017-05-05

 

 

El Ayuntamiento antiguo de Hannover, en 1943 | Wikipedia

Cerca de 50.000 personas tendrán que ser evacuadas este domingo en la ciudad alemana de Hannover para llevar a cabo el proceso de desactivación de 13 bombas de la Segunda Guerra Mundial en lo que será la segunda mayor movilización de fuerzas de seguridad desde la propia guerra.

Los artefactos fueron descubiertos durante la exploración de un edificio en el distrito de Vahrenwald. Debido a la magnitud de la evacuación, ya se han comenzado a disponer cientos de hospitales de campo y decenas de miles de porciones de alimentos para el tiempo que dure la operación, según informa el diario Augsburger Allgemeine y recoge Europa Press.

Hannover fue, durante la Segunda Guerra Mundial, blanco habitual de los bombarderos aliados. Sólo en la noche del 9 de octubre de 1943 se lanzaron sobre la ciudad un total de 261.000 artefactos. Más de 1.200 personas murieron y cerca de 250.000 perdieron sus viviendas.

Precedente en Augsburgo

Esta será la segunda mayor operación que tiene lugar desde el conflicto. La más grande llevada a cabo hasta el momento tuvo lugar el pasado mes de diciembre, cuando un total de 54.000 personas fueron evacuadas de la localidad alemana de Augsburgo para proceder a la desactivación de una bomba de casi dos toneladas.

El alcalde de Augsburgo, Kurt Gribi, pidió a los residentes que “abandonaran la zona, a ser posible por su propio pie”, a través de un vídeo publicado en la cuenta de la Alcaldía en la red social Twitter.

La bomba fue desactivada tras cinco horas de trabajos por parte de los artificieros, tras lo cual los evacuados pudieron comenzar a regresar a sus viviendas.

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FUENTE:

http://www.libertaddigital.com/internacional/europa/2017-05-05/casi-50000-personas-seran-evacuadas-en-hannover-para-desactivar-13-bombas-de-la-segunda-guerra-mundial-1276598310/

 

varios temas

12 abril, 2017

La Parábola Taoista Que Te Hará Saber Que Toda Tu Vida Es Una Ilusión

1 abril, 2017

La Parábola Taoista Que Te Hará Saber Que Toda Tu Vida Es Una Ilusión

 

 

 

 

JOHANN CHAPOUTOT: “El nacionalsocialismo y la Antigüedad”

18 marzo, 2017

JOHANN CHAPOUTOT

https://www.casadellibro.com/libro-el-nacionalsocialismo-y-la-antiguedad/9788415289876/2235680

EL NACIONALSOCIALISMO Y LA ANTIGÜEDAD: Johann Chapoutot

EL NACIONALSOCIALISMO Y LA ANTIGÜEDAD
Johann Chapoutot

Editorial: Abada Editores, España (2013)

ISBN 10: 8415289871 ISBN 13: 9788415289876

Nuevos Encuadernación de tapa blanda

Remitente: KALAMO LIBROS, S.L. (Madrid, MADRID, España)

Valoración librería: Valoración 5 estrellas

Precio: EUR 33,00
Descripción: Abada Editores, España, 2013. Encuadernación de tapa blanda. Estado de conservación: Nuevo. . 592 pp. “Carecemos de pasado», afirma Hitler, lamentándose de que los arqueólogos de las SS se empeñen en excavar en los bosques de Germania para exhumar tan sólo unas pobres vasijas., pues el pasado de la raza, el que debe llenar de orgullo a los alemanes, se encuentra en Grecia y Roma.”

Nº de ref. de la librería ABA047MAC(P)

Gandalf está vivo y lucha con nosotros

3 enero, 2017
 tolkien

Tolkien no concibe la fantasía como una simple evasión. Para él, el mito es una vía de descubrimiento siempre en relación con la verdad, que es insoslayable, y la fantasía literaria no es una ficción, sino una “segunda creación”.

Tolkien es uno de los autores más sugestivos del siglo XX. Hoy, gracias al cine, se ha convertido en uno de los más influyentes del siglo XXI. Su trilogía El Señor de los Anillos ha entrado en la cultura popular. Con ella, el mundo ha encontrado una voz que nos recuerda el valor del sacrificio y del heroísmo, y la importancia de salvar las cosas que dan un sentido profundo a la vida.

John Ronald Reuel Tolkien tuvo una infancia difícil. Vale la pena contarla, porque en ella aparecen muchos rasgos que después serán determinantes en su obra. Había nacido en Bloemfontein, Sudáfrica, en 1892, en una familia inglesa. Su padre se dedicaba a vender diamantes para el Banco de Inglaterra. En aquel país desgajado entre bóers y británicos creció Tolkien hasta que una serpiente le mordió; los sucesivos problemas de salud del pequeño Ronald (así le llamaban) llevaron a la familia a volver a Inglaterra. Su padre permaneció en Sudáfrica con la idea de reunirse después con ellos, pero murió al año siguiente. Y así la familia Tolkien, madre y dos hijos, se encontró en el más absoluto desamparo.

Un maravilloso mundo interior

Este niño Tolkien descubre dos cosas muy importantes. Una: la fe católica de su madre, Mabel, una auténtica heroína que se mata a trabajar para sacar a sus hijos adelante. Dos: los idiomas, que el pequeño Ronald estudia con pasión de coleccionista. Ronald es un buen estudiante. Su madre le ha enseñado el valor del esfuerzo. También le ha enseñado latín. Con cinco años lee y escribe fluidamente. El sacrificio de su madre y la aplicación del propio Ronald le permiten estudiar en buenos colegios. Pero Mabel muere a su vez en 1904, víctima de una diabetes. Los dos niños, Ronald y Hillary, quedan al cuidado de un sacerdote católico amigo de la familia, Francis Xavier Morgan. El padre Morgan, que era jerezano, enseñó a Tolkien unas nociones de español. Gracias a este cura encuentran los dos huérfanos un lugar donde vivir y un colegio donde estudiar. Ronald escoge la carrera de Filología Inglesa en Oxford.

¿Cuándo empieza Tolkien a concebir su obra? Desde muy pronto. Quizá porque no la concibe como una obra propiamente dicha, sino cómo un auténtico mundo interior. Tolkien está fascinado por lo medieval: lee las sagas escandinavas y el Kalevala finés, estudia las lenguas nórdicas y célticas, la filología griega y el anglosajón, frecuenta la compañía de hadas y caballeros. Con sus compañeros de Oxford crea un club (el “Tea Club of the Barrovian Society”) que reivindica la belleza medieval frente a la fealdad moderna.

Todas esas referencias eruditas, de tipo histórico y literario, se mezclan en el interior de Tolkien, como en un proceso alquímico, con los materiales de su vida cotidiana. Paisajes, edificios y personas adquieren un valor legendario. La granja de su tía es Bag End, Bolsón Cerrado. Las torres del orfanato de su infancia serán las torres oscuras de sus relatos. Viaja a Suiza en 1911 y descubre las montañas nevadas por donde viajará Bilbo Bolsón. Pasea por Cornualles y adivina acantilados poblados por elfos. Cuando su novia baile para él, surgirá la escena de amor entre Beren y Luthien. Todas y cada una de sus experiencias vitales se transforman en elementos de un relato que aún no tiene forma, pero que pronto la encontrará; Tolkien lo llamaba su “legendarium”. De momento, ese mundo imaginario de Tolkien está naciendo. Años más tarde, el propio Tolkien describirá así ese comienzo del mundo, entre la música aérea de los Ainur:

“Entonces les dijo Ilúvatar:
-Del tema que os he comunicado, quiero ahora que hagáis, juntos y en armonía, una Gran Música. Y como os he inflamado con la Llama Imperecedera, mostraréis vuestros poderes en el adorno de este tema mismo, cada cual con sus propios pensamientos y recursos, si así le place. Pero yo me sentaré y escucharé, y será de mi agrado que por medio de vosotros una gran belleza despierte en canción.
Entonces las voces de los Ainur, como de arpas y laúdes, pífanos y trompetas, violas y órganos, y como de coros incontables que cantan con palabras, empezaron a convertir el tema de Ilúvatar en una gran música; y un sonido se elevó de innumerables melodías alternadas, entretejidas en una armonía que iba más allá del oído hasta las profundidades y las alturas, rebosando los espacios de la morada de Ilúvatar; y al fin la música y el eco de la música desbordaron volcándose en el Vacío, y ya no hubo vacío.
Nunca desde entonces hicieron los Ainur una música como ésta, aunque se ha dicho que los coros de los Ainur y los Hijos de Ilúvatar harán ante él una música todavía más grande, después del fin de los días. Entonces los temas de Ilúvatar se tocarán correctamente y tendrán Ser en el momento en que aparezcan, pues todos entenderán entonces plenamente la intención del Único para cada una de las partes, y conocerán la comprensión de los demás, e Ilúvatar pondrá en los pensamientos de ellos el fuego secreto”.

Mencionábamos antes a la novia de Tolkien. Hay que contar la historia, porque es muy reveladora sobre el carácter de nuestro autor. Era 1908 cuando Tolkien, dieciséis años, pupilo del orfanato, se enamoró de Edith Mari Bratt, tres años mayor que ella. ¡Y ella le correspondía! Pero el padre Morgan, el cura jerezano, temiendo que Ronald abandonara sus estudios, le prohibió tener ningún tipo de relación con ella, ni siquiera epistolar, hasta que cumpliera la mayoría de edad. Tolkien obedeció al pie de la letra: el mismo día que cumplió 21 años, escribió a Edith declarándole su amor y proponiéndole matrimonio. Ella ya estaba comprometida –creía que Tolkien la había olvidado-, pero devolvió su anillo. Se casarán tres años más tarde, en 1916, en plena guerra mundial, después de que Edith, por insistencia de Tolkien, se convirtiera al catolicismo. Tendrán cuatro hijos; el mayor se ordenará sacerdote.

Tolkien era un hombre leal, tanto a Edith como al padre Morgan… y a Inglaterra. Se graduó, en efecto, en Filología Inglesa, y con honores, tal y como el buen cura pretendía. Era 1915. Acto seguido, Ronald ha de atender sus deberes militares: Europa está en guerra y él se enrola como alférez en los fusileros de Lancashire. Antes de partir para Francia, al frente, se casa con Edith. Estará en la batalla del Somme, donde contrae la fiebre de las trincheras. Durante su convalecencia, de nuevo en Inglaterra, comienza a trabajar en El libro de los cuentos perdidos, la base de El Silmarillion, que es la guía, el plano general del “legendarium” de Tolkien. También termina de elaborar los alfabetos imaginarios de los elfos y los gnomos. El mundo de Tolkien empieza a tomar forma.

El valor eterno del mito

Con la guerra concluida, la vida de nuestro autor pasa a ser la de un típico profesor universitario: trabaja en Oxford, enseña en Leeds, vuelve a Oxford… Aquí constituye otro grupo de aficionados a la literatura, los Inklings, en el que traba amistad con C.S. Lewis, el autor de Crónicas de Narnia. Tolkien comienza a escribir El hobbit: es sólo un libro para sus hijos, pero empieza a circular entre sus alumnos, de mano en mano. Lewis le insiste en que debe publicarlo. El hobbit aparece en 1937; será un best-seller inmediato. La editorial, Allen & Unwin, quiere más. Tolkien envía El Silmarillion, pero los editores lo consideran demasiado complicado. Comienza entonces a escribir la fantasía épica El Señor de los Anillos, a partir del mismo mundo retratado en El Hobbit. Le llevará diez años.

Tolkien no concibe la fantasía como una simple evasión. Para él, el mito es una vía de descubrimiento siempre en relación con la verdad, que es insoslayable, y la fantasía literaria no es una ficción, sino una “segunda creación”. Tampoco se trata de una alegoría, sino que hay que verla como un camino para encontrar los arquetipos de la existencia, también y sobre todo en lo moral. Eso es lo que Tolkien llama mythopoeia.

Mientras tanto, el tiempo pasa y la guerra vuelve. Las ideas políticas de Tolkien son claras: católico, conservador, anticomunista. Ama la tradición, la tierra, la naturaleza. Como muchos ingleses de su tiempo, temía más a Stalin que a Hitler. Los acontecimientos, sin embargo, se desatarán por sí solos. Estalla la segunda guerra mundial y uno de los hijos de Tolkien, Christopher, parte como piloto al frente de batalla. A la mente de Tolkien vuelven los años de la Gran Guerra, los compañeros muertos. Así escribía el padre al hijo:

“A veces me siento aterrado al pensar en la suma total de miseria humana que hay en este momento en el mundo entero: los millones separados los unos de los otros, estremecidos, prodigándose en días sin provecho… aparte de la tortura, el dolor, la muerte, la desgracia, la injusticia. Si la angustia fuera visible, casi la totalidad de este planeta anochecido estaría envuelto en una oscura nube de vapor, oculto de la mirada asombrada de los cielos. (…) Todo lo que sabemos, y en gran medida por experiencia directa, es que el mal se afana con amplio poder y perpetuo éxito… en vano: siempre preparando tan sólo el terreno para que el bien brote de él. Así es en general, y así es también en nuestras propias vidas. Pero aún hay alguna esperanza de que las cosas mejoren para nosotros, incluso en el plano temporal, por la clemencia de Dios. Y aunque necesitamos todo nuestro coraje y nuestras agallas (la vastedad del coraje y la resistencia humanos es estupenda, ¿no te parece?) y toda nuestra fe religiosa para enfrentar el mal que pueda acontecernos (como les acaece a otros si Dios lo quiere), aún podemos rezar y tener esperanzas. Yo lo hago.”

Tolkien escribe constantemente a su hijo y, en la distancia, le implica en la creación de El Señor de los Anillos. Es impresionante leer esta correspondencia porque, una vez más, el mundo interior de Tolkien y el mundo exterior se anudan y entrelazan hasta constituir una sola realidad. ¿Cuál es esa realidad? La del triunfo del mal y el ocultamiento del bien. En el bien entendido de que, aquí, bien y mal no son conceptos políticos, que uno pueda atribuir a ninguno de los bandos en liza, sino que se trata de conceptos interiores, de carácter espiritual. En plata: los aliados no serán mejores que Alemania. Esto escribe Tolkien a su hijo:

“Estamos intentando conquistar a Sauron con el Anillo. Y (según parece) lo lograremos. Pero el precio es criar nuevos Sauron y lentamente ir convirtiendo a Hombres y Elfos en Orcos. Esto no quiere decir que en la vida real las cosas resulten tan claras como en una historia, y empezamos con un vasto número de Orcos de nuestro lado (…) No se puede luchar con el Enemigo con su propio Anillo, sin convertirse uno a su vez en Enemigo; pero desdichadamente la sabiduría de Gandalf parece haber desaparecido con él hace mucho en el Verdadero Oeste”.

El Señor de los Anillos apareció en tres volúmenes entre 1954 y 1955. Fue un éxito mundial inmediato. El tranquilo profesor de Oxford se vio convertido en una celebridad. Era demasiado oropel para un hobbit de gustos sencillos, como Tolkien: nuestro autor se mudó a una casa de campo, dejó su trabajo como profesor y se dedicó a cuidar de su mujer, Edith, aquejada de una parálisis progresiva. Mientras tanto, los personajes del mundo tolkieniano pasaban aceleradamente a la cultura popular, también al activismo político. Una célebre pintada en una calle italiana, en los años setenta, proclamaba: “Gandalf está vivo y lucha con nosotros”.

A Tolkien siguieron lloviéndole los reconocimientos: fue nombrado doctor honoris causa en Cambridge y Edimburgo, la reina le hizo comandante del imperio británico… Pero nada de esto tenía ya demasiada importancia para el hobbit, entregado a su mujer hasta el último suspiro. Edith Mary murió en 1971, con 82 años. Tolkien sólo le sobrevivió dos años: murió en 1973. Sus hijos escribieron en sus tumbas los nombres de Luthien y Beren, los dos amantes del “legendarium” tolkieniano.

El anciano profesor de Oxford, el niño huérfano acogido a la caridad de un cura jerezano, legaba al mundo otro mundo: la Tierra Media. El Silmarillion es la guía que permite entrar en ella. Mil avatares, desgracias y venturas se suceden en la Tierra Media, hoy destruida, mañana reconstruida. En esa historia de destrucción y resurrección se insertan las dos obras mayores de Tolkien: El Hobbit y El Señor de los Anillos. Y en esa fantasía épica que es toda la obra de Tolkien, el lector encuentra una clara imagen de la vida: sacrificio frente a hedonismo, familia y comunidad frente a individualismo, fidelidad e integridad frente al vértigo moderno, tradición y respeto frente a maquinismo, ecología y ley natural frente a la explotación de la Tierra… todo un programa.

¿Por qué, hoy, Tolkien? Porque nos ha devuelto la fe en nosotros mismos. Porque nos ha enseñado que podemos volver a ser héroes. Porque nos ha enseñado de nuevo el camino del bien, la verdad y la belleza, en un mundo que quería reducir todo eso a la nada. Lo que Tolkien viene a decirnos específicamente a nosotros, europeos y cristianos –queramos o no-, atribulados por el peso desconcertante de la Historia, es que el heroísmo siempre es posible, porque siempre será necesario conquistar anillos para ponerlos a buen recaudo. Por eso hay que leer a Tolkien.

 

JOSE JAVIER ESPARZA,  3 enero 2017

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FUENTE:

http://gaceta.es/noticias/gandalf-vivo-lucha-03012017-2025

 

“EN TORNO A LA OBRA DE ERNST NOLTE”

30 octubre, 2016

domingo, 30 de octubre de 2016

ESCUELA DE FILOSOFIA DE OVIEDO:

7 NOVIEMBRE 2016 y “EN TORNO A LA OBRA DE ERNST NOLTE”

  a las 17 horas:

Elena Ronzón, Alonso de Cartagena desde el Humanismo histórico-filológico

Arriba se anuncia que  una conferencia que se celebrará el próximo dia 7 de noviembre, en la sede de la Fundación Gustavo Bueno,

Avenida de Galicia 33, Oviedo.

Escuela de Filosofía de Oviedo

Sesiones y lecciones públicas

Curso 2016-2017

Tomás García López, Repercusiones de la muerte de Bueno (17/oct/15)
David Alvargonzález, Las ciencias como sistemas y los sistemas filosóficos (24/oct/15)

Próximas intervenciones previstas
todas las sesiones a las cinco de la tarde

Lunes, 7 noviembre 2016
Elena Ronzón, Alonso de Cartagena desde el Humanismo histórico-filológico
Lunes, 14 noviembre 2016
Jesús Laínz, El mito del vascocantabrismo
Lunes, 21 noviembre 2016
Gustavo Bueno Sánchez, Cien años de Trotski en España
Lunes, 28 noviembre 2016
Marcelino Suárez Ardura, Fundamentalismo y educación, a propósito de Cultura Científica
Lunes, 12 diciembre 2016
Miguel Ángel Navarro Crego, La tradición armera del Imperio español, siglos XVI-XVIII
Lunes, 19 diciembre 2016
Ernesto Castro Córdoba, La estética en el materialismo filosófico
Avenida de Galicia 31, Oviedo, España
entrada libre hasta completar aforo

Por otra parte, seguidamente  se reproduce  el siguiente artículo, publicado en la edición de Octubre de la revista digital EL CATOBLEPAS, número 176:

En torno a la obra de Ernst Nolte

Pedro Carlos González Cuevas

Apuntes sobre el historiador fallecido en el mes de agosto

¿Quién era Nolte?. Nacido en Witten el 11 de enero de 1923, Ernst Nolte era miembro de una familia católica. Como diría en su correspondencia con el historiador François Furet: «En mi familia no éramos deutsch-national, y cuando yo era niño mi primer amor fue para la reina oprimida María Teresa, y mi primera aversión para el agresivo rey de Prusia, su enemigo. Hicieron falta muchos acontecimientos para que yo pudiera verme llevado a tomar partido por Federico II»{3}. Sus recuerdos infantiles son los del «asombro atemorizado de un niño de la comarca del Ruhr ante el desarrollo de los movimientos del comunismo y del nacional-socialismo durante los años inmediatamente anteriores a 1933». No obstante, su memoria se centra igualmente en la figura de Martín Heidegger, de quien fue discípulo, señalando su fascinación «por el gran pensador que pareció ser el último metafísico y fue capaz de poner en duda la metafísica con mayor profundidad de lo que lo habían hecho los escépticos y pragmatistas»{4}. La influencia del autor de Ser y tiempo en Nolte es manifiesta, incluso en el estilo literario. La prosa de Nolte resulta, con frecuencia, oscura, confusa, conceptista y zinzagueante. Su historiografía es conceptual, filosófica.
En 1964, Nolte pasó a ocupar la cátedra de Historia Contemporánea en la Universidad de Marburgo. Su labor investigadora sobre los movimientos fascistas comenzó aproximadamente a finales de los años cincuenta. En 1963, publicó su obra más célebre, El fascismo en su época, al que luego siguieron La crisis del sistema liberal y los movimientos fascistas, El fascismo. De Mussolini a Hitler, etc. El conjunto de estos libros constituye la primera parte de la producción noltiana, centrada en la interpretación genérica del fenómeno fascista. Según Nolte, considerado en su aspecto más profundo, como fenómeno transpolítico, el fascismo sería una disposición de «resistencia a la trascendencia», expresión en la que no hay que entender la trascendencia religiosa, sino lo que podríamos denominar la trascendencia horizontal, es decir, el progreso histórico o espíritu de la modernidad. El enemigo para el fascismo, en todas sus formas, debería ser visto en la «libertad hacia lo infinito». Este enemigo, se identifica con las dos corrientes que, en el ámbito del pensamiento filosófico y la acción política, han ejercido mayor influencia en la historia europea: el liberalismo y el marxismo. Para el historiador alemán, el fascismo, rechaza la esperanza en un «más allá» redentor con la misma fuerza que combate la idea de una emancipación inmanente que aspira a la liberación terrena del hombre. Así, Nolte define al fascismo como una «tercera vía» radicalmente antitradicional y antimoderna, por la que discurrirá una «época» de la historia europea; o, dicho con mayor precisión, el fascismo cuestiona tanto la existencia de la sociedad burguesa como la sociedad sin clases marxista. En ese sentido, Nolte cree que debería hablarse de una esencia común que tendría diferentes formas en los países europeos según las diversas situaciones políticas, sociales, económicas y culturales. Nolte describe, en ese sentido, una línea unitaria de desarrollo, donde el primer peldaño estaría representado por Charles Maurras y su Acción Francesa; el segundo por el fascismo italiano; y el tercero por el nacional-socialismo. A su entender, el fenómeno fascista podría ser caracterizado sobre la base de algunos elementos fijos: el terreno de origen, representado por el sistema liberal; su autoritarismo; la combinación de elementos ideológicos nacionalistas y socialistas; el antisemitismo; el sustrato social mesocrático. Además, los diferentes fascismos tenían en común el principio jerárquico, la voluntad de crear un «nuevo mundo», la violencia y el pathos de la juventud, conciencia de elite y capacidad de dirección de masas, ardor revolucionario y veneración por la tradición. Por último, el fascismo es un antimarxismo, que intenta destruir al enemigo mediante la elaboración de una ideología contrapuesta, aunque limítrofe, porque utilizaba medios casi idénticos, Era, en fin, un fenómeno de difícil clasificación, «a un tiempo progresivo y reaccionario, minoritario y encandilador de las masas, favorable a los empresarios y al capitalismo de Estado, piadoso y blasfemo»{5}.
A partir de los años ochenta del pasado siglo, Nolte abandonó, al menos en parte, su interpretación del fascismo genérico para adopta la teoría del «totalitarismo» como una alternativa a la hora de explicar los paralelismos entre las formas de actuación de la Alemania nacional-socialista y la de la Unión Soviética. En ese sentido, fue muy significativa su participación en el célebre «Debate de los Historiadores». En junio de 1986, Nolte publicó en el Frankfurter Allgemeine Zeitung [FAZ] un artículo titulado «El pasado que se niega a pasar», en el que analizaba la situación existencial de los alemanes con respecto al legado nacional-socialista. «El tema implica -señalaba Nolte- la tesis de que este no puede pasar supone algo totalmente excepcional», ya que era un pasado que se establecía como presente, «a modo de espada justiciera». Frente a esa situación, el historiador alemán abogó por la contextualización histórica del fenómeno nacional-socialista, destacando la amenaza que suscitaba el comunismo soviético para la estabilidad de las sociedades europeas: «¿No fue el Archipiélago Gulag más <originario> que Auschwitz? No fue el <genocidio de clase> de los bolcheviques el predecesor lógico y fáctico del <genocidio racial> de los nacional-socialistas?». Por ello, Nolte demandaba «una amplia discusión del asunto, que consistiría sobre todo en una reflexión sobre la historia de los últimos siglos», lo que «haría <pasar> el pasado de que hablamos, como le corresponde a cualquier pasado, pero justamente por lo mismo lo haría suyo»{6}.
De inmediato, el artículo fue contestado por el filósofo Jurgen Habermas, uno de los pensadores oficiales de la izquierda alemana y europea. Su pensamiento viene marcado por la situación política e intelectual de la Alemania de posguerra{7}. En sus obras, Habermas abominaba de aquellas tradiciones intelectuales que juzgaba antidemocráticas y antioocidentales, como las representadas por Novalis, Schelling, Nietzsche, Schmitt, Jünger o Heidegger, a las que oponía autores como Heine, Marx, Freud, Adorno, Heller o Benjamin{8}. Como si algunos de estos intelectuales no hubieran sido representantes del totalitarismo de izquierdas. Además, Freud fue admirador de Mussolini. Para Habermas, 1945 había sido un «nuevo comienzo», en definitiva, una liberación, cuyo fundamento era el «peso histórico de Auschwitz». Por todo ello, no resulta extraño que el filósofo interpretara los planteamientos históricos de Nolte como «una operación revisionista de la <conciencia histórica> alemana», la «restauración de la conciencia nacional, pero al mismo tiempo tiene que desterrar la imagen de naciones enemigas en el ámbito de la OTAN». «La teoría de Nolte ofrece muchas ventajas a esta manipulación. Mata dos pájaros de un tiro: los crímenes de los nazis `pierden su singularidad al hacer cuando menos comprensibles como respuesta a las (aún existentes) amenazas de aniquilación por parte de los bolcheviques. Auschwitz se encoge a las dimensiones de una innovación técnica y se explica a partir de la amenaza <asiática> de un enemigo que sigue estando a las puertas». En sus conclusiones, Habermas defendía que Alemania continuara su apertura «sin cortapisas» a la «cultura política de Occidente», algo que hacía que el «patriotismo constitucional» fuese el «único patriotismo que no nos aleja de Occidente»{9}.
En su contestación, Nolte denunciaba el hecho de que cualquier intento de «desentrañar el pasado nacional-socialista en toda su complejidad y con aspiraciones de <objetividad> recibe enseguida el estigma de que se trata de una <apología>». De ahí que el nacional-socialista siguiera siendo «el mito negativo del mal absoluto, que impide cualquier revisión relevante». A ese respecto, criticaba la frialdad de su contradictor ante los crímenes comunistas, como la expulsión y exterminio de clases enteras. Y concluía: «Existen enfoques esperanzadores entre los disidentes soviéticos, aquí y allá, incluso en la bibliografía oficial. Jurgen Habermas podría ser una voz importante en estos discursos, pero antes tendría que aprender a escuchar, también cuando siente sus prejuicios estimulados»{10}.
Por su parte, Habermas alegó que la vida del conjunto de los alemanes se encontraba «estrechamente relacionada con el contexto vital que hizo posible Auschwitz. Y no por circunstancias contingentes, sino de la forma más íntima». «Ninguno de nosotros puede sustraerse a este medio, porque nuestra identidad como personas, o como alemanes, está insalvablemente enredada en él». Por todo ello, era una obligación «mantener vivo, sin disimulo y no sólo en mente, el recuerdo de quienes fueron muertos por manos alemanas». Las tendencias normalizadoras era, además, igualmente ineficaz a la hora de garantizar las relaciones entre Alemania y el Estado de Israel. Y, por últimos, negaba que los crímenes nazis fuesen equiparables a los comunistas, ya que no era lo mismo «expulsión» que «exterminio». A ese respecto, no se podían establecer «comparaciones niveladoras»{11}.
Por lo visto, Habermas considera irredimible y no contextualizable la historia alemana más reciente. Y suele mostrarse muy solícito a la hora de apoyar cualquier estudio que demuestre y/o defienda la culpabilidad de los alemanes en las guerras europeas del siglo XX. Así ha ocurrido, por ejemplo, con el libro de Daniel GoldhagenLos verdugos voluntarios de Hitler, una obra calificada de «infame» por el filósofo Chris Lorenz; y cuyo contenido fue rechazado por la mayoría de los historiadores{12}. El filósofo alemán no ha logrado, por otra parte, erradicar la vigencia y difusión de los autores que considera responsables, al menos en parte, de la catástrofe alemana del siglo XX. Por poner tan sólo tres ejemplos, Jünger, Schmitt o Heidegger están hoy más vigentes que nunca y en la vanguardia del pensamiento europeo y mundial actual. El propio Habermas así lo reconoció cuando considera que Carl Schmitt era «un competente constitucionalista», cuyos planteamientos «aún hoy se muestran capaces de poner algo en movimiento»{13}. Tampoco ha sido muy fructífera su defensa del concepto de «patriotismo constitucional», que no ha impedido la emergencia de nacionalismos identitarios en diversos países europeos, entre ellos la propia Alemania. Y es que sin la nación no puede haber constitución. Es decir, los valores que dan cuerpo al «patriotismo constitucional» o son valores expresados por la historia nacional, por las tradiciones, o no son nada. Los esperantos iluministas suelen tener malas traducciones políticas.
En la controversia, participaron otros historiadores, como Andreas Hillgruber y Klaus Hildebrand, Hans Rosemberg y Eberhard Jäckel{14}. Sin embargo, el más criticado fue Nolte. En opinión de algunos, se trataba de una apología inteligente del nacional-socialismo. En realidad, no lo era. Porque Nolte nunca negó el terror nacional-socialista; lo situó en la misma línea que el soviético. Tampoco cuestionó el exterminio planificado de una raza; buscó su genealogía. Y se preguntó si el concepto de «raza» en Hitler fue una reacción al concepto marxista de «clase». Quien llevó más lejos esa acusación fue Víctor Farías, conocido por su discutible libro Heidegger y el nazismo [15]. Farías es incpaz de distinguir entre «revisionismo» y «negacionismo»{16} Sin embargo, los auténticos «negacionistas» como Robert Faurisson o David Irving nunca han considerado a Nolte como uno de los suyos{17}. Historiadores prestigiosos como François Furet o Pierre Vidal Naquet no consideran a Nolte un «negacionista»{18}. Sin embargo, algunos grupos de extrema izquierda pasaron a la acción. Nolte fue atacado con un líquido corrosivo durante una conferencia en el antiguo Berlín Este; gracias a sus gafas, no perdió la vistay en 1988 elementos de izquierda calcinaron su coche. Se le dejó de invitar a congresos académicos. En 1994, la fundación Clásicos de Weimar suspendió un congreso sobre Judaísmo y Nietzsche porque cinco profesores se negaron a sentarse en la misma mesa que el autor de El fascismo en su época. En junio del 2000, Nolte recibió el Premio Konrad Adenauer de literatura, lo que causó escándalo en ciertos sectores de la intelectualidad alemana y europea. El historiador Charles Maier consideraba la concesión del premio como «un claro manifiesto político para apoyar la idea de que, en comparación con lo que se hizo en la Unión Soviética, no es correcto demonizar al nazismo». «En el contexto de Alemania, es exculpatorio, y también absolutamente escandaloso». El escándalo aumentó cuando el historiador Horst Moller, director del Instituto de Historia Contemporánea, en el discurso de presentación de Nolte, alabó «toda una vida de trabajo de alto nivel» y criticó los intentos «demagógicos y llenos de odio» de acabar en Alemania con el debate sobre la significación del régimen nacional-socialista. El contenido del discurso provocó una riada de cartas en los periódicos, en las que se pedía la dimisión de Moller. Hienrich Winkler, profesor de Historia en la Universidad Humboldt de Berlín, acusó al historiador de «tomar partido en una corriente intelectual que trata de integrar las posiciones revisionistas y de ultraderecha en el discurso conservador»{19}. Igualmente, Nolte recibió una «desinvitación» a una conferencia que tenía programada en Oxford, aunque luego el comité presidido por el historiador y filósofo judío Isaiah Berlin volvió a invitarle{20}.
Sin embargo, a lo largo de la polémica y posteriormente, el historiador alemán continuó defendiendo sus tesis. Y es que siguió pensando que, frente a la doctrina del «mal absoluto», era preciso dejar claro que «todos los fenómenos humanos guardan una relación con otros fenómenos, que deben comprenderse a partir de esas relaciones, que todas las reacciones espontáneas y emocionales -por muy poderosas que sean- no deben distanciarnos del pensamiento científico objetivo y que en ningún caso deben adoptarse simplemente»{21} . La caída de los sistemas comunistas sirvió al historiador alemán para profundizar en su interpretación del siglo XX. A juicio de Nolte, los acontecimientos de 1989 ponían en cuestión, no ya al comunismo como sistema social y político, sino algunas convicciones tan viejas en la cultura europea como «el sentido de la historia», con el cual el marxismo había intentado legitimarse, e incluso el concepto de modernización, característicos de la ciencia social norteamericana. Por ello, el historiador alemán se mostraba partidario de una visión «trágica» de la historia, tal y como la habían defendido Hegel y Weber, es decir, una historia que ilustre sobre la perpetua dialéctica entre valores. A partir de tal concepción, el fenómeno nacional-socialista adquiría una nueva dimensión explicativa. Perdida la dimensión trascendente de la idea de «progreso» en que se encontraba instalada la alternativa política plasmada en el marxismo-leninismo, Nolte afirmó que el nacional-socialismo no estuvo privado totalmente de «racionalidad». En su ideología, existía un «núcleo de racionalidad». El nacional-socialismo fue «una forma extrema del nacionalismo alemán» e igualmente, y sobre todo, «una forma extrema de antibolchevismo»; una reacción contra el marxismo-leninismo y la amenaza de exterminio que éste suponía para un importante sector de las poblaciones de la Europa occidental{22}. Así, el período comprendido entre 1917 y 1945 fue, en su opinión, el de la llamada «guerra civil europea», en el cual el bolchevismo y el nacional-socialismo estarían ligados por un doble filo; el segundo por ser un reverso del primero, la reacción sigue a la acción, la contrarrevolución; la catástrofe después de la catástrofe. Para Nolte, la idea de exterminio de la burguesía como clase por los comunistas señaló el camino al genocidio de los judíos por Hitler y sus partidarios. El Gulag fue anterior a Auschwitz. Nolte se esfuerza, en esa línea, en intentar comprender el antisemitismo de los nacional-socialistas. Para Hitler y sus partidarios, el judaísmo era sinónimo de bolchevismo; y ello en razón de que veía la génesis intelectual del marxismo en el mesianismo propio del pensamiento judío{23}. Por otra parte, el historiador alemán niega el carácter antimoderno del nacional-socialismo. Su concepto de planificación biológica era, en el fondo, «un desarrollo coherente de la idea de planificación social»; un adelanto de la idea de planificación genética y de sus técnicas. La condición «previa inevitable» de su triunfo en Alemania fue la humillación sufrida en 1918 y el desastroso «dictado» de Versalles, unido, claro está, a la amenaza bolchevique. A ese respecto, el nacional-socialismo pudo tener parte de razón en su antibolchevismo y en su rebeldía frente al Tratado de Versalles. Sin embargo, no fue un «antibolchevismo limpio» e internacional, capaz, por lo tanto, de encabezar la lucha mundial contra la Rusia soviética. La raíz de esa incapacidad se encontraba en su racismo y en su consiguiente antiuniversalismo. Por otra parte, su análisis del momento histórico partía de un error capital, como era el de la incapacidad de la democracia liberal para contrarrestar la ofensiva ideológica, política y social del marxismo. Profecía que, finalmente, se mostró errónea{24}. Nolte veía, ahora, en Nietzsche el precursor intelectual del nacional-socialismo y de la reacción antibolchevique desatada por éste. El filósofo alemán «previó la época de las grandes guerras» y se convirtió, aunque no sin contradicciones, en el precursor del «partido de la vida» frente al «partido de la guerra civil» encarnado en Karl Marx. Nietzsche y Marx fueron «los ideólogos más importantes de aquella guerra civil que cuajó en una decisión bélica»{25}.
Con respecto a la problemática española, Nolte niega el carácter fascista del régimen de Franco, «puesto que la unificación forzada de la Falange con los tradicionalistas carlistas, los requetés, decretada por Franco el 19 de abril de 1937, fue más allá de lo que un partido fascista puede soportar en síntesis; por la misma razón, el partido estatal de la España franquista no puede contarse entre los partidos fascistas». Además, la España de Franco se inscribía, a juicio de Nolte, en un contexto social y político distinto al que dio vida a los movimientos fascistas. Se trataba de una sociedad en la que se daba una especie de equilibrio inestable entre los tradicionalistas y los revolucionarios, y donde la democracia liberal carecía de fuertes raíces sociales. En ese sentido, Nolte estimaba que el régimen de Franco hubiese sido, en aquellas circunstancias, «el mejor para todas esas zonas de Europa todavía (relativamente) deseuropeizadas»{26}.
¿Cuál es el balance de su obra?. Resulta innegable que Ernst Nolte ha contribuido no sólo a una ingente y necesaria labor de revisión histórica, sino al cambio de nuestra percepción de toda la época contemporánea europea. Entre otras cosas, ha ofrecido nuevas interpretaciones sobre el turbulento siglo XX europeo. Muy pocos se habían atrevido hasta hace poco a someter a crítica muchos de los prejuicios que sustentan aún la opinión pública de sociedades que se autodefinen como democráticas y liberales. Las falacias de sus enemigos son hoy más vulnerables que antes. Uno de los grandes críticos de Habermas, Peter Sloterdijk denunció hace ya tiempo las trampas inherentes al concepto habermasiano de «situaciones de habla ideales», en cuyo interior quedan excluidos todos aquellos que no comulguen con sus fundamentos políticos, filosóficos y culturales{27}. Y es que los consensos no pueden escamotear la necesaria libertad de opinión y de interpretación. Como dice Timothy Garton Ash: «Nadie puede legislar la verdad histórica. En la medida en que ésta pueda ser establecida debe ser hallada por una investigación histórica sin trabas, por la discusión de los historiadores sobre las pruebas y los hechos, por su verificación y su disputa sobre sus respectivas afirmaciones sin miedo al procesamiento o la persecución (…) Los hechos históricos se establecen precisamente mediante la discusión y verificación frente a la prueba. Sin ese proceso de discusión -incluido el extremo revisionista de la negación completa- nunca descubriríamos qué hechos son verdaderamente sólidos»{28}.
Por otra parte, desde el punto de vista de los historiadores, está claro que declarar «único» el fenómeno nazi no es algo que permita su comprensión e incluso prohíbe su análisis, identificando de antemano con su banalización. En efecto, un acontecimiento que no pueda ser puesto en relación con otros acontecimientos se convierte en algo incomprensible. Deja de ser un acontecimiento histórico, necesariamente situado en su contexto, para convertirse en una idea pura. Además, tal declaración de unicidad presupone una contradicción, puesto que sólo se puede rechazar la comparación entre dos sistemas si antes se ha buscado entre ellos diferencias absolutas que sólo se pueden encontrar precisamente comparándolos. La idea de que los crímenes nazis se banalizarían si nos negamos a ver en ellos un acontecimiento único es igualmente, a nuestro modo de ver, insostenible. Presupone que los crímenes se anulan unos a otros, o que los asesinatos, al ser situados en su contexto, son menos execrables. La verdad es que ningún crimen sirve para excusar a otro. De esa idea se deduce la posibilidad de darle la vuelta: hacer de un sistema el «mal absoluto», es tanto como hacer relativas las acciones de todos los demás. Si recordar los crímenes del comunismo equivaliera a banalizar el nazismo, el recuerdo de los crímenes nazis banalizaría necesariamente todos los demás crímenes. De la misma forma, el Sloterdijk denunció de nuevo las falacias de lo políticamente correcto, en este caso del antifascismo. Y es que el mismo concepto de «clase social» defendido por los socialistas revolucionarios y por los comunistas era un concepto polémico que establecía «a quien y bajo que pretexto está justificado eliminar». «Todavía el público -continúa Sloterdijk- no ha tomado conocimiento de que el <clasismo> prevalece sobre el <racismo> en lo que se refiere a las energías genocidas del siglo XX». En ese sentido, el «antifascismo» suponía «la salvación de la conciencia» para los herederos y simpatizantes actuales de la izquierda revolucionaria, pasando por alto la profunda monstruosidad del experimento soviético en particular y de los proyectos constructivistas en general{29}. Incluso puede someterse a crítica la interpretación «universalista» que del comunismo. Como ha señalado el antropólogo Tzvetan Todorov: «El comunismo pretende la felicidad de la humanidad, aunque a condición de que los <malos> hayan sido previamente apartados; algo que a fin de cuentas, sucede también con los nazis. ¿Cómo puede creerse aún en el universalismo de la doctrina cuando ésta afirma que se apoya en la lucha, la violencia, la revolución permanente, el odio, la doctrina , la guerra? Se da la justificación de que el proletariado es la mayoría, y la burguesía una minoría, lo que nos lleva ya lejos del universalismo; pero cuando, además, se sabe que la otra gran contribución de Lenin a la teoría comunista se refiere al papel dirigente del Partido, destinado a someter a las masas proletarias, vemos que ni tan siquiera el argumento de la mayoría se sostiene (…) Y es que <internacional> no quiere decir <universal>. En realidad, el comunismo es tan <particularista> como el nazismo, pues afirma, de modo explícito, que no toda la humanidad se ve concernida por este ideal: <transnacional> no significa <transclases>, se exige siempre la eliminación de una parte de la humanidad (…) Sencillamente, la división no es ya territorial u <horizontal>, sino <vertical>, entre estratos de una misma sociedad. Donde en unos aparece la guerra de las naciones o de las razas en los otros se sitúa la lucha de clases»{30}.
A este reto respondió Nolte, a la postre con éxito. Como pensador e historiador, Nolte ha sido uno de los más hondos intérpretes del fenómeno fascista, aunque algunos de los aspectos de su exégesis nos puedan parecer muy discutibles. Sin embargo, lo más destacado de su obra es, en nuestra opinión, su capacidad y valentía a la hora de someter a crítica y desafiar no pocos de los lugares comunes en que descansa la opinión pública de nuestras sociedades. Por ello, su ejemplo, siempre será un reto.
Notas

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